¡Muere, Cabrón! EPÍLOGO
100%

EPÍLOGO

L a Pensión Garrido huele distinto por las mañanas.

Ya no es solo el desinfectante de pino de toda la vida; ahora se mezcla con el café recién hecho que Puri prepara para los huéspedes que se sientan a desayunar en el comedor, comentando entre ellos lo mucho que les gusta el mobiliario original y la personalidad del sitio.

Roi ha empezado a dejar cosas suyas por la casa, poco a poco.

El otro día encontré su cargador de móvil enchufado junto al ordenador de la recepción, como si llevara ahí toda la vida.

Puri le riñó la semana pasada por dejar la chaqueta colgada en el perchero de la entrada en vez de subirla a la habitación, «que esto no es tu armario, criatura», y él se limitó a reírse sin mover la chaqueta ni un centímetro.

No hemos hablado de mudarnos juntos oficialmente, pero la línea entre su vida y la mía se ha ido difuminando sin que ninguno de los dos lo planeara.

Estoy detrás del mostrador repasando las reservas de la semana, con Loki enroscado sobre la alfombrilla del ratón como de costumbre, cuando me sorprendo pensando en lo absurda que fue toda la cadena de decisiones que me trajo hasta aquí.

—¿Sabes qué he aprendido con todo esto, Loki?

—le digo, rascándole detrás de las orejas—.

Que el dinero fácil sale carísimo. Acepté aquel encargo para salvar la pensión, y estuve a punto de perder algo mucho más importante por el camino: a la persona de la que me enamoré, y probablemente también la vida.

Y ahora, con la pensión funcionando mejor de lo que nunca imaginé gracias a hacer las cosas bien, sé que jamás volveré a arriesgarme a un atajo así, por muy tentador que parezca en el peor de los momentos.

Roi entra desde la calle en ese momento y se queda apoyado en el borde del mostrador, viéndome trabajar con esa sonrisita suya que ya no me saca de quicio como al principio.

—¿Sabes a qué llevo un tiempo dándole vueltas? —dice, al cabo de un rato de silencio cómodo.

—¿A qué?

—Esa web —dice, con la voz entre curiosa y aprensiva—. La de los encargos. ¿Sigue existiendo?

—Ni idea —respondo, encogiéndome de hombros—. No he vuelto a entrar desde aquello.

—¿Y si entraras ahora? —pregunta—. Solo para comprobar que sigue ahí.

Me quedo mirándolo un segundo, notando cómo el corazón me da un vuelco absurdo solo de pensar en abrir esa página otra vez.

Me río de mí misma por la reacción exagerada y, tras un instante de duda, empiezo a teclear la secuencia de entrada en el mismo ordenador de siempre, medio en broma, esperando encontrar el fondo negro vacío de toda la vida.

En vez de eso, un mensaje me espera parpadeando en la pantalla.

Me quedo mirándolo un segundo, y Roi, a mi lado, se pone tenso de inmediato.

—No —digo, cerrando la ventana sin ni siquiera terminar de leerlo.

Roi suelta el aire que llevaba conteniendo, visiblemente aliviado.

—Ni siquiera sabes qué quieren —dice, aunque la mezcla de alivio y desconcierto en su cara delata que él tampoco está del todo tranquilo.

—Me da igual —respondo, cerrando también la tapa del ordenador—. Con una vez tuve más que suficiente para toda la vida.

Se hace un silencio breve, casi de vuelta a la normalidad, hasta que la curiosidad me puede.

—¿Cuánto pagarán, por cierto? —pregunto, sin poder evitarlo del todo.

Roi me mira con una mezcla de horror y resignación que ya empiezo a reconocer como su expresión habitual cuando se trata de mí.

Sonrío, sin decir nada más.

FIN