CAPÍTULO VEINTISIETE
A rrastro los pies en dirección a recepción y el crujido de la madera me suena hoy más destemplado que nunca.
La pantalla de tubo del ordenador sigue encendida, emitiendo ese maldito zumbido asmático que parece el único habitante con vida en todo el vestíbulo.
Miro el espacio vacío sobre la madera de roble.
Ni rastro de carpetas grises, ni de tarjetas de visita, ni de Roi dándome réplicas con esa parsimonia que me encendía la sangre.
Echo un vistazo rápido a través del cristal de la entrada hacia el local de enfrente.
La acera está desierta. Nadie avanza a zancadas midiendo los muros con la tableta digital.
Me doy la vuelta y me quedo mirando la butaca de tapicería vieja que ocupa el centro del vestíbulo.
El trasto sigue aquí abajo, enorme y descolocado, justo en el punto del terrazo donde Roi la soltó.
Me recuerda sus quejas sobre el peligro público, la butaca balanceándose peligrosamente y la forma en que se recolocó el pelo con la mano al recuperar el aire tras colocarla en el suelo.
Cada costura del mueble me trae de vuelta el eco de su voz y la certeza de que lo he perdido por completo.
Loki está plantado en mitad de la madera del mostrador, mirándome fijo con sus ojos redondos, encima de la alfombrilla del ratón. Me apoyo en el mostrador y le doy un toque con el dedo en el lomo.
—Hemos salido del agujero, Loki, pero el bajón no me lo quita nadie —le digo, rompiendo el silencio—. Se ha ido y esta vez no sé cómo arreglar el desastre.
El gato suelta un soplido corto, se lame una pata delantera con total indiferencia y se enrosca dándome la espalda. Fin de la conversación. Su desdén es la única constante en una casa donde la tía Puri camina de puntillas por los pasillos, asustada al ver que he perdido por completo el colmillo.
Me quedo quieta detrás del mostrador durante un buen rato, escuchando el vacío de los pasillos.
No hay reservas confirmadas y el silencio del edificio se siente como una losa de cemento.
Vuelvo a mirar la butaca vieja de la entrada.
Es un armatoste que no encaja con nada, un residuo del pasado que lleva estancado en la familia desde la época del abuelo.
Alrededor de la recepción hay espejos con marcos desconchados, sillas desparejadas arrinconadas y ceniceros de cerámica guardados en los cajones que ya no sirven para nada.
Nos hemos pasado años almacenando quincalla por pura costumbre, disculpándonos ante los huéspedes por el mobiliario antiguo como si la pensión fuera un defecto estructural.
Me acerco a la butaca y paso la mano por el reposabrazos desgastado, notando el tacto rugoso de la tela bajo los dedos. Un armatoste inútil que ocupa espacio y no sirve para nada, exactamente igual que el resto de trastos que llevamos arrastrando en esta casa desde que tengo memoria.
Y entonces caigo en algo que no había considerado hasta ahora.
Roi, el primer día que puso un pie aquí, no vio una pensión desfasada llena de basura vieja. Vio un edificio con historia, con personalidad, con potencial. Vio lo mismo que yo llevo viendo toda mi vida como una carga, pero desde otro ángulo completamente distinto.
—Loki —digo, dándome la vuelta hacia el gato, que sigue enroscado sin ninguna intención de participar en mi momento de epifanía—. ¿Y si dejo de esconder todo esto?
El gato no responde, claro, pero por primera vez en días siento algo parecido a una idea que merece la pena perseguir.
Recorro al día siguiente las habitaciones que llevamos años sin poder alquilar por el mal estado de las cañerías, armada con un cuaderno y dispuesta a hacer inventario de todo lo que llevamos acumulando sin mirar.
Espejos con marcos desconchados, sillas desparejadas, un par de lámparas de latón que ya nadie usa, cajas enteras de vajilla antigua que Puri guarda «por si acaso» desde antes de que yo naciera.
—¿Qué se supone que estás haciendo? —pregunta Puri, asomándose por la puerta con las manos en las caderas, mirando el desastre de objetos que he ido sacando y colocando en el pasillo.
—Vamos a montar un mercadillo, Puri —le digo, sin dejar de sacar cosas de las cajas—. Todo esto que llevamos años escondiendo como si nos diera vergüenza, lo vamos a vender.
—¿Vender los muebles de mi padre? —pregunta ella, con la voz a medio camino entre el escándalo y la curiosidad.
—No los importantes. Los que llevan cogiendo polvo desde que tengo memoria —aclaro, sosteniendo en alto un cenicero de cerámica con forma de gallina que ni recuerdo de dónde salió—.
La gente paga fortunas por este tipo de cosas ahora.
Le llaman vintage, Puri. A nosotras nos parece basura porque la vemos todos los días, pero para cualquiera de fuera esto tiene encanto.
Puri se queda mirando el cenicero de la gallina con una expresión que no sé interpretar del todo, hasta que finalmente suelta un suspiro y se arremanga la rebeca.
—Pues si vamos a hacerlo, lo hacemos bien —dice, agachándose para coger una de las sillas desparejadas—. Que yo sé dónde está guardada la mantelería buena para poner en las mesas, que no vamos a vender chatarra sobre el terrazo desnudo como si fuéramos gitanillas de saldo.
Pasamos los días siguientes limpiando, ordenando y poniendo precio a cada objeto, con Loki supervisando la operación desde lo alto de una pila de cajas sin ninguna intención de ayudar.
Descubrimos, entre el polvo acumulado, un juego de té completo que ni sabíamos que teníamos, una máquina de escribir que todavía funciona, y la propia butaca del vestíbulo, que decido incluir en el lote pese al nudo que se me forma en el estómago cada vez que la miro.
El día del mercadillo amanece con el cielo despejado sobre Barcelona.
Montamos las mesas en el vestíbulo y en el comedor de la pensión, con la puerta de la calle abierta de par en par para que se vea desde fuera, y colocamos los objetos con el mismo cuidado con el que Roi organizaba sus carpetas de negocio, aunque esta vez el resultado sea mucho menos elegante y bastante más ecléctico.
Colgamos el aviso en la web de la pensión y en las redes sociales que llevamos meses descuidando, junto con un par de fotos de los objetos más llamativos —el cenicero de la gallina, la máquina de escribir, la propia butaca—, y Puri se encarga de correr la voz también entre los vecinos de toda la vida, parando a cada conocido que se cruza por la calle con más entusiasmo del que yo esperaba.
Los primeros en aparecer, atraídos por el anuncio en redes, son sobre todo curiosos del barrio que nunca habían puesto un pie en la pensión.
Una pareja joven se enamora de los espejos con marco desconchado, discutiendo entre ellos sobre dónde colgarlos en su piso reformado.
Un hombre de mediana edad se lleva la máquina de escribir sin apenas regatear, diciendo que la quiere de pieza decorativa para su estudio.
Poco a poco, el vestíbulo se va llenando de gente que nunca imaginé que pudiera interesarse por nuestros trastos viejos: estudiantes buscando decoración barata con carácter, una mujer que compra el juego de té completo para regalárselo a su suegra, un chico que se enamora del cenicero de la gallina y lo compra sin dudar ni un segundo, exactamente como predije.
A media tarde, cuando ya casi no queda nada sobre las mesas, me quedo mirando la butaca, todavía sin vender, plantada en un extremo del vestíbulo como si se negara a marcharse.
Una mujer que ha entrado atraída por el cartel de la entrada se detiene, la observa con atención, pasa la mano por la tapicería gastada y me pregunta el precio.
Se la vendo por menos de lo que debería. No por necesidad. Simplemente porque, en el momento de verla salir por la puerta cargada entre dos personas, siento que por fin puedo dejar ir algo que llevaba demasiado tiempo pesándome sin motivo.
Al final del día, cuando ya hemos cerrado la puerta y recogido las últimas mesas, me siento en el mostrador con Puri a contar el dinero recaudado, separando los billetes en montoncitos sobre la madera de roble.
—No está mal —dice Puri, sumando la última cifra en un papel—. No es una fortuna, pero da para arreglar el grifo del baño de la 104 y todavía queda un colchón decente.
No es una fortuna, tiene razón. Pero mientras cuento los billetes, algo termina de encajar en mi cabeza que llevaba días rondándome sin forma clara.
La gente que ha venido hoy no ha comprado trastos viejos, sino historia y autenticidad, algo que no se encuentra en ninguna tienda de muebles nórdicos.
Y ha pagado por lo mismo que yo llevo toda la vida intentando esconder de los huéspedes, disculpándome por la web anticuada y las habitaciones sin reformar.
Esa misma noche me siento frente al ordenador de la recepción, con el dinero del mercadillo todavía sobre la mesa, y empiezo a reescribir la descripción de la pensión en la plataforma de reservas.
Dejo de disculparme por el mobiliario antiguo.
El wifi ya no es un chiste amargo con el que anticiparme a la queja; ahora es «vintage», y lo digo en serio.
Escribo sobre una pensión que ha conservado su alma de los años setenta, con habitaciones y muebles originales, pensada para quien busca huir del turismo genérico y quiere dormir en un pedazo real de la historia de Barcelona.
No sé si va a funcionar. No tengo ninguna garantía de que un cambio de texto y unas fotos hechas con el móvil vayan a convertir la Pensión Garrido en un destino de moda. Pero por primera vez en mucho tiempo, no estoy improvisando por desesperación. Estoy apostando por algo en lo que de verdad creo.
Pienso en Roi, inevitablemente. En cómo lo miró todo aquel primer día, viendo potencial donde yo solo veía problemas. En que, sin saberlo, me enseñó a ver mi propia casa de otra manera, aunque el precio de aprenderlo haya sido perderlo a él.
Loki salta al mostrador y se sienta justo encima del teclado, como reclamando su parte de la operación.
—Lo hemos conseguido, Loki —le digo, rascándole detrás de las orejas—. Ojalá pudiera contárselo…
El gato ronronea, indiferente a mi momento de introspección, y por primera vez en días, la sensación que me sube por el pecho no es solo tristeza.
Es, contra todo pronóstico, algo parecido a la esperanza.