¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO VEINTISÉIS
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CAPÍTULO VEINTISÉIS

C ruzo la garita del vigilante y, en cuanto piso las baldosas de la acera, me quito el pañuelo de la cabeza de un tirón seco.

Todavía tengo el corazón en la boca y las gafas de sol gigantes en la mano cuando una sombra se planta justo delante de mí, cortándome el paso de golpe.

Levanto la cabeza dispuesta a esquivarla, pero me quedo sin aliento al encontrarme de frente con los ojos de Roi.

Se ha quedado parado a un metro, con el ceño fruncido, mirándome con una mezcla de sorpresa absoluta y sospecha mientras se fija en el pañuelo arrugado que tengo entre los dedos.

—¿Melisa? —pregunta, entornando los ojos mientras mira el pañuelo que aún tengo arrugado en la mano y el bolso—. ¿Qué demonios haces aquí a estas horas? ¿Y qué haces saliendo del aparcamiento de MacroGrup?

—Yo... bueno, es una tontería —consigo decir, forzando una sonrisa—. He venido a traerle un café al vigilante de seguridad de la garita, que resulta que es primo del novio de una amiga mía.

Roi no parpadea. Sigue estático, cruzando los brazos sobre el pecho y ladeando un poco la cabeza, esperando a que continúe con una paciencia que me pone los pelos de punta.

—¿Un café? —repite, con una voz totalmente plana—. ¿A las ocho y media de la mañana en la otra punta de la ciudad?

—Sí, claro —asiento, atropellándome con las palabras mientras intento darle cuerpo a la milonga—.

Es que resulta que es primo del novio de...

de Vero. Me dijo que le tocaba el turno de noche y que estaba cansadísimo, y como yo pasaba por aquí cerca para hacer unos recados de la pensión, pensé que no me costaba nada acercarme a dejarle un termo. Por hacer el favor, ya ves.

Roi suspira despacio, soltando el aire por la nariz. Su mirada se vuelve mucho más dura, perdiendo cualquier rastro de la calidez habitual, y da un paso corto hacia mí, obligándome a sostenerle la mirada.

—¿El primo del novio de Vero? —pregunta, con un tono irónico que me hace daño—.

Melisa, el vigilante de la garita principal de MacroGrup se llama Andrés, tiene casi sesenta años, está calvo y lleva trabajando en esta empresa desde antes de que tú y yo naciéramos.

Lo sé porque hablo con él tres veces por semana.

Así que dime la verdad. ¿Eres tú quien les está vendiendo información?

—¿Qué? ¡No! —le corto de golpe, y la indignación me hace levantar la cabeza—. Te juro por mi vida que yo no les estoy vendiendo nada, Roi. No soy ninguna traidora.

—¿Y entonces qué hacías ahí? —insiste él, dándose la vuelta para cerrarme el paso, con una rigidez en los hombros que delata que está conteniendo la rabia—. No me vengas con mentiras, Melisa. Dime qué hacías ahí dentro, porque no tiene ningún sentido que aparezcas aquí de repente.

—No es lo que crees —le digo, dando un paso hacia atrás, sintiendo que la acera se me queda pequeña—. No tengo nada que ver con ellos, de verdad.

—¿Y qué quieres que piense? —me corta él, levantando la voz—. ¿Te encuentro saliendo del edificio de MacroGrup con una excusa que no se sostiene y pretendes que me crea que no estás filtrando información? Si no es así, ¿qué has venido a hacer aquí?

—¡No puedo decírtelo! —le suelto, con la voz a punto de quebrarse por la pura impotencia—. No tiene nada que ver con tu trabajo, te lo prometo.

—Dame una sola razón lógica para que salgas del edificio de MacroGrup ahora mismo. Una sola prueba de que no me estás engañando —me reta, clavándome la mirada con una decepción que me hiela la sangre.

Me quedo mirándolo, con el pañuelo todavía apretado entre los dedos, sintiendo cómo el silencio se estira entre los dos como un hilo a punto de romperse.

Podría seguir mintiendo. Podría inventarme otra excusa, otra milonga, otro nombre.

Pero llevo demasiado tiempo construyendo mentiras sobre mentiras, y en este momento, con la mirada de Roi clavada en mí como si ya me hubiera perdido, no me quedan fuerzas para inventar ni una más.

—No estoy filtrando nada, Roi —digo, y la voz me sale rota, mucho más pequeña de lo que pretendía—. Pero tienes razón en que te he estado mintiendo. Y es mucho peor de lo que crees.

Él frunce el ceño, sin bajar la guardia.

—Explícate.

—El banco me dio un ultimátum —empiezo, intentando que las palabras no se me atropellen—.

Treinta días para pagar toda la deuda acumulada de la pensión o nos ejecutaban el desahucio.

Estaba desesperada, Roi. No encontraba ninguna manera legal de conseguir tanto dinero tan rápido, así que empecé a buscar en sitios donde nunca debería haber mirado.

Encontré una web que ofrecía dinero a cambio de trabajos complicados.

Cien mil euros por un encargo. No supe de qué se trataba exactamente hasta que ya había aceptado.

—¿Qué clase de trabajo? —pregunta, con la voz ya más baja, casi con miedo a la respuesta.

Trago saliva. No hay ninguna forma bonita de decir esto.

—Un asesinato —suelto, y veo cómo el color desaparece de su cara—. Me contrataron para matar a alguien en Barcelona. Y cuando me dieron la identidad del objetivo...

No consigo terminar la frase. No hace falta.

—Era yo —dice él, en un susurro, como si acabara de entender algo que llevaba toda la conversación intentando negar—. Aceptaste un encargo para matarme.

—Sí —confirmo, sintiendo cómo cada palabra me cuesta un pedazo de aire—. Lo acepté. Cobré el adelanto. Pagué la deuda del banco con ese dinero. Y después intenté encontrar la manera de hacerlo.

Roi da un paso atrás, como si mis palabras le hubieran empujado físicamente.

—¿Intentaste matarme? —pregunta, y la incredulidad en su voz me duele más que cualquier grito—. ¿Cuándo? ¿Cómo?

—Seis veces —admito, sin poder mirarlo a los ojos—.

Las tres primeras de verdad lo intenté: con un cuchillo, en el comedor de la pensión; con champú en las escaleras, para que resbalaras; y con un coche de alquiler, en la calle, un día que te vi ayudar a un niño a sacar una pelota de debajo del coche sin dudarlo ni un segundo.

Fue esa última vez cuando comprendí que no era capaz de hacerlo.

—Después de aquello, debería haberlo dejado —continúo, con la voz cada vez más pequeña—. Pero no me atreví a reconocer que ya había decidido no matarte. Así que seguí intentándolo. O fingiendo que lo intentaba.

—¿Qué quieres decir? —pregunta él, con el ceño fruncido.

—Que tuve más ocasiones. Fáciles, limpias, sin nadie alrededor. Y en cada una me inventé una excusa ridícula para no hacerlo. Me decía a mí misma que no era el momento, que faltaba algo, cualquier tontería con tal de no admitir la verdad.

—¿Y cuál era la verdad?

Trago saliva antes de responder.

—Que ya no quería hacerlo. Que hacía tiempo que había dejado de querer hacerlo.

Roi se pasa una mano por la cara, como si intentara borrarse la conversación entera.

—¿Y esto? —pregunta, señalando el edificio de MacroGrup a mis espaldas—. ¿Qué tiene que ver esto con todo lo demás?

—Los que me contrataron son de MacroGrup —le explico, con la voz ya más firme, porque esta parte al menos puedo contarla con algo de orgullo—.

Até cabos después de que me hablaras del traidor de tu junta.

Si tú desapareces, ellos ganan la puja sin oposición.

He venido hoy a enfrentarme al directivo que lo ordenó.

Tengo pruebas grabadas de que confirmó el encargo.

Le he amenazado con hacerlo público si no lo cancelan.

Venía de conseguir que anulara la orden, Roi. Venía de intentar salvarte la vida.

Roi se queda en silencio durante un momento que se me hace eterno, con la mirada perdida en algún punto detrás de mí, como si estuviera intentando encajar todas las piezas a la vez y no consiguiera que ninguna cuadre del todo.

—Todo este tiempo —dice al fin, con la voz completamente plana—. Cada conversación. Cada vez que te conté algo que no le había contado a nadie. ¿Era todo parte del plan?

—No —respondo de inmediato, con una urgencia que me sale del pecho sin pensarlo—. Al principio sí, supongo. Necesitaba acercarme a ti para poder hacerlo. Pero dejó de serlo hace mucho, Roi. Todo lo que pasó entre nosotros después fue real. Lo sigue siendo.

—¿Cómo quieres que te crea eso ahora? —pregunta, y por primera vez le tiembla la voz—. Me acabas de decir que intentaste matarme seis veces y que me mentiste durante todo este tiempo. ¿Qué se supone que tengo que sentir?

—No te pido que me perdones —digo, al borde de las lágrimas —. Solo necesitaba que lo supieras. Todo. Aunque no quieras volver a verme después de esto.

Roi da un paso atrás, negando con la cabeza, como si necesitara poner distancia física para poder pensar con claridad.

—Necesito irme —dice, con la voz rota—. No puedo... no puedo estar aquí ahora mismo.

—Roi...

—No —me corta, levantando una mano sin llegar a mirarme del todo—. Ahora no, Melisa.

Se da la vuelta y se aleja calle abajo, sin mirar atrás, dejándome sola en la acera con el pañuelo todavía apretado en la mano y la certeza fría de que acabo de perder, en cuestión de minutos, lo único bueno que había conseguido en medio de todo este desastre.