¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

E l archivo de audio termina en el ordenador de recepción y se masca el silencio.

Le doy al play otra vez. Escucho las dos voces con total claridad.

No hay fallos en el archivo. Se entiende cada palabra y cada letra de la confesión.

Saco el pendrive del ordenador con un tirón seco y lo guardo en el bolso.

Loki sigue subido al mostrador de roble, mirándome fijo mientras se limpia una pata delantera con una parsimonia que me saca de quicio.

Se sienta justo encima de la alfombrilla del ratón, me clava esos ojos redondos que pone siempre que me ve dar vueltas detrás del mueble y suelta un maullido corto, de esos que significan que me estoy metiendo en un charco del que no voy a saber salir.

—No me mires así, Loki —le digo, apoyando las manos en la madera desgastada—. Ya sé que volver a por ese tipo es una locura. Pero necesito que pare esto y no se me ocurre otra forma de conseguirlo.

El gato ladea la cabeza, da un bufido perezoso y pasa olímpicamente de mis explicaciones. Vuelve a lamerse el lomo con una indiferencia total.

—Que sí, que ya sé lo que pasa si esto sale mal —continúo, bajando la voz al escuchar un ruido lejano en el pasillo—.

Pero el tiempo se agota y quedarme aquí sentada esperando a que los de la web cumplan el ultimátum no es una opción.

Si voy a por él, necesito un buen plan. ¿Y si le dijera que he dejado la grabación en un correo programado para enviarse solo a la policía si yo no pongo una clave antes de las diez de la noche?

Así se daría prisa por anular el encargo y hacerlo ya.

También le diré que la grabación está a buen recaudo y en caso de ocurrirnos algún «accidente raro» a Roi o a mí, mis abogados tienen órdenes de enviarla a todos los periódicos. ¿Qué te parece?

Loki se da media vuelta sobre la alfombrilla y me enseña el lomo. Fin de la reunión. Apago el monitor, dejo la estancia a oscuras y salgo a la calle antes de que me entre el pánico.

Me planto de nuevo en el aparcamiento con tiempo de sobras y voy directa hacia la columna de la última vez para esperar a que aparezca. Noto el pulso acelerado y un nudo bastante incómodo en el estómago, pero me obligo a mantener los pies quietos y a aguantar el tipo.

El Audi negro entra puntual en su plaza reservada.

Escucho el motor al apagarse y el golpe de la portezuela al abrirse.

Espero a que Aldaz salga del coche y se gire para coger el maletín del asiento.

Es el segundo exacto. Salgo de detrás del pilar, me le planto delante y le bloqueo el paso antes de que pueda reaccionar.

—Buenos días, señor Aldaz.

El tipo da un respingo y se le desencaja la cara en cuanto me reconoce. Se queda quieto con el maletín en la mano, mirándome de arriba abajo con los dedos apretados.

—¿Otra vez aquí? ¿Qué significa esto? —masculla, dando un paso atrás con la voz rígida—. Le advertí que no quería volver a verla por aquí.

—Traigo algo que no te va a gustarrrr demasiado, señorrr Aldaz —le respondo, manteniendo el tono plano—. Escucha.

Saco el móvil del bolsillo, pulso la pantalla y arranca el audio.

En mitad del aparcamiento se escucha su propia voz con total claridad: «La orden sigue en pie.

Cien mil euros, tal como se acordó. Antes de que termine la semana, MacroGrup necesita que Pascual desaparezca de la operación antes de la votación final de la junta.

Sin él, no hay quien defienda las cláusulas de conservación y la puja queda abierta».

Aldaz se queda completamente mudo, con los ojos clavados en la pantalla y la cara del color del yeso. Intenta soltar un resoplido flojo para disimular, pero le sale un amago tan falso que no se lo tragaría nadie.

—Eso no demuestra absolutamente nada —dice, dando un paso atrás hasta chocar con la chapa de su propio coche—.

Una grabación digital se altera con cualquier programa hoy en día.

No tiene el menor valor legal. Eso no sirve en un juicio ni lo acepta ningún magistrado.

Si se cree que va a venir aquí a extorsionarme o a sacarme los cuartos con un archivo editado, lo lleva claro.

Puedo denunciarla por coacción en este mismo instante en cuanto suba al despacho.

—No estamos en un juicio, Aldaz —le corto, dando medio paso al frente—. Un perrritaje de voz tarrrda dos minutos en demostrarrr que eres tú el que habla. Y dudo que a tus jefes les haga grrracia que la policía venga a prrreguntarrr por qué el dirrrectorrr anda pagando para matarrr a la competencia.

—Baje la voz, joder —escupe, barriendo el parking con una mirada asustada—. Yo no he ordenado nada.

—Pagarrr cien mil eurrros porrr la cabeza de Rrroi Pascual no es nada, ¿verrrdad? —le espeto, manteniendo la posición—. No vengo a discutirrr de leyes. Vengo a darrrte una salida antes de que lo pierrrdas todo porrr tu bocaza.

Aldaz aprieta los dientes, mira hacia las plazas contiguas para comprobar que seguimos completamente solos y me clava una mirada cargada de rabia.

—¿Una salida? —repite, con una voz que intenta resultar amenazante pero le sale temblorosa—.

Mire a su alrededor, guapa. Está sola en un sótano con un teléfono en la mano.

No sabe con qué clase de gente se está jugando los cuartos.

En este negocio sabemos perfectamente cómo lidiar con los estorbos que se cruzan en una operación de millones.

Un archivo se borra muy rápido si el aparato se rompe contra el suelo.

O si la persona que lo lleva encima deja de ser un problema operativo para la central.

La amenaza me pone en alerta, pero si algo he aprendido gestionando los imprevistos y las humedades de la pensión es que cuando te tienen acorralada lo único que funciona es ser más rápida que ellos.

Suelto una carcajada seca, me guardo el móvil en el bolsillo sin ninguna prisa y me cruzo de brazos, apoyando la espalda en el pilar.

—El prrroblema de tu plan, señorrr Aldaz, es que te crrrees que soy tonta —le digo, cruzando los brazos—. Lo que tengo aquí es solo una copia. He dejado un corrreo prrrogrrramado parrra todos los perrriódicos a las diez de la noche.

El tipo da un paso atrás, encajando el golpe, pero entorna los ojos intentando mantener el control.

—Mida bien sus fuerzas antes de lanzar un órdago del que no va a poder salir viva cuando cruce la rampa de la calle —dice, con un hilo de voz fría.

—Si antes de esa horrra no he metido la clave, el sistema lo manda todo solo —le digo, sosteniéndole la mirada—. Tu nombrrre va a salirrr en todas parrrrtes. El encarrrgo se cancela hoy.

Se forma un silencio denso en el aparcamiento.

Aldaz se queda mirando las baldosas, respirando rápido y con la cara completamente descompuesta.

Se le nota en los ojos que ha comprendido que se ha metido en un callejón sin salida.

Tener que suspender el encargo y dar explicaciones es un problema menor comparado con la posibilidad real de ver su nombre en los periódicos.

—Esto nos va a costar millones —masculla, y la voz le sale rota, sin nada de la chulería que traía al bajar del coche—. No tengo salida.

—El encarrrgo se cancela hoy mismo, Aldaz —le corto, sin moverme del sitio—. ¿Te ha quedado clarrro?

Aldaz traga saliva, asiente con la cabeza de mala gana y mira hacia la rampa, completamente hundido.

—Se cancelará —dice, casi sin voz.

—Un placerrr hacerrr negocios con usted, dirrrectorrr —le digo, con una sonrisa gélida.

Me doy la vuelta despacio, obligándome a caminar normal y sin mirar atrás mientras enfilo la rampa de salida del aparcamiento.

Escucho detrás de mí el pitido electrónico del coche al cerrarse con el mando y sus pasos alejándose hacia los ascensores, pero no acelero el paso hasta que veo la luz de la acera de la avenida.

Los nervios me bajan a las piernas de golpe en cuanto cruzo la garita del vigilante. Me quito el pañuelo de la cabeza, meto las gafas de sol en el bolso y me apoyo contra la pared de la primera fachada que encuentro para coger aire de una vez.