¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

E nsayar un acento ruso delante de un gato es probablemente el punto más bajo de mi carrera criminal hasta la fecha, y eso que la competencia es dura.

—Necesito confirmación —repito por sexta vez, plantada en mitad del salón con las manos en las caderas, cargando las erres con una fuerza que me deja la garganta seca—. Necessssito confirrrrmación.

Loki me observa desde el sofá con una mezcla de desdén y lástima que resultaría hiriente si viniera de cualquier otra criatura con capacidad de razonar. Suelta un maullido corto, se da media vuelta y me enseña el lomo, dejándome claro su veredicto sobre mis dotes interpretativas.

—Gracias por el apoyo moral —le digo, dejándome caer en el sofá a su lado—. De verdad que se nota lo mucho que te importa mi seguridad.

El plan, si se le puede llamar así, lleva dos noches cociéndose en mi cabeza a base de desesperación pura y de un par de búsquedas en internet que a estas alturas ya deberían tenerme fichada por algún algoritmo de seguridad nacional.

He encontrado la fotografía del director de operaciones de MacroGrup —un tal Ernesto Aldaz, que aparece sonriente en la página corporativa de la empresa junto a un texto sobre «compromiso con el crecimiento sostenible del territorio»— y he anotado la matrícula del coche que sale en el reportaje de una revista económica sobre la inauguración de sus últimas oficinas.

En un foro de antiguos empleados descontentos, alguien se queja de que «el jefe llega religiosamente a las ocho y cuarto, ni un minuto antes ni uno después, para poder aparcar antes de que se llene el parking».

Es el tipo de dato que jamás pensé que necesitaría en mi vida, y sin embargo aquí estoy, memorizándolo como si fuera sagrado.

Para el disfraz, he recurrido a lo que tenía a mano: un pañuelo negro de Puri que ato en la cabeza como si estuviera a punto de fregar el suelo en vez de infiltrarme en una empresa, unas gafas de sol gigantes que compré hace años y jamás me puse porque me hacían parecer una mosca pálida, y una chaqueta oscura que huele ligeramente a naftalina del armario de invierno.

El acento ruso lo he sacado de un cóctel imposible de películas de espías y de la señora que vende castañas en la esquina de la plaza en invierno, cuyo acento eslavo llevo escuchando desde que tengo memoria sin llegar a saber nunca de qué país exacto viene.

—Si esto sale mal, Loki, prométeme que te vas a acordar de mí con cariño —le digo, poniéndome en pie de un salto antes de que el miedo me convenza de quedarme en el sofá para siempre.

El parking subterráneo de MacroGrup está a las afueras del distrito financiero, en un edificio de cristal que refleja el cielo gris de la mañana con una pulcritud que me pone los pelos de punta solo de mirarlo.

Consigo colarme por la rampa de entrada aprovechando que el vigilante de la garita está entretenido con un cliente que pregunta por direcciones, agachándome entre dos coches con el corazón latiéndome tan fuerte que temo que me puedan escuchar.

Encuentro un pilar de hormigón lo bastante ancho para esconderme detrás y me quedo allí, con la espalda pegada al cemento frío, esperando.

Los primeros minutos pasan despacio, marcados por el eco de cada coche que entra y sale, cada uno de ellos disparándome el pulso hasta que compruebo que no es el audi negro que busco.

En un momento dado, un hombre con traje aparca justo al lado de mi escondite y estoy segura de que me va a descubrir, pero se limita a coger su maletín del asiento trasero y marcharse sin ni siquiera mirar hacia mi lado, dejándome con el corazón en la garganta y las piernas temblando.

Llevo el móvil escondido en la manga izquierda de la chaqueta, con la aplicación de grabación ya activada desde hace un buen rato, por si el momento llega de golpe y no me da tiempo a reaccionar.

Repaso mentalmente lo que necesito decir, intentando no pensar en las mil maneras en que esto puede salir mal.

El coche del directivo entra despacio por la rampa a las ocho y cuarto de la mañana, exactamente cuando el foro prometía. Se detiene en su plaza reservada, con el rótulo dorado grabado en la pared: «E. Aldaz — Dirección de Operaciones».

Espero a que apague el motor, cuento hasta diez para asegurarme de que no hay nadie más bajando con él, y salgo de detrás del pilar antes de que me dé tiempo a arrepentirme.

—Señor Aldaz.

El hombre se gira de golpe, con el maletín todavía a medio sacar del asiento del copiloto. Es más bajo de lo que parecía en las fotos, con el pelo canoso muy corto y una expresión que pasa del susto inicial a la irritación en cuestión de segundos.

—¿Quién demonios es usted? ¿Cómo ha entrado aquí?

—Eso no es asunto suyo —respondo, cargando la voz con el acento que llevo dos noches ensayando—. Tenemos negocios pendientes.

Se queda mirándome un instante, calculando el riesgo de la situación, y luego mira hacia la garita del vigilante con el ceño fruncido.

—No sé quién le ha dicho que puede entrar en una propiedad privada de esta manera, pero le sugiero que se vaya antes de que llame a seguridad.

—Adelante, llame —le digo, sosteniendo su mirada sin pestañear, aunque por dentro cada fibra de mi cuerpo me está gritando que salga corriendo—. Aunque no creo que le convenga que su gente sepa realmente quién soy y qué hago aquí.

Aldaz aprieta la mandíbula, pero no saca el teléfono.

—No tengo tiempo para juegos —dice, con menos aplomo del que tenía hace un momento—. Si tiene algo que decirme, hágalo rápido.

—Resolución de problemas complejos —digo, dejando la frase flotando en el aire, sin más contexto —. Discreción absoluta. Presupuestos altos. Creo que sabe de qué le hablo.

Se produce un silencio casi tangible. Aldaz mira hacia los lados del parking, comprobando que seguimos solos, y baja un poco la voz.

—No sé de qué me habla.

—Claro que lo sabe —insisto, notando cómo el sudor me empieza a correr por la nuca bajo el pañuelo—. Es lo que utiliza para encargar trabajos que su empresa prefiere no hacer directamente.

—Esto es absurdo —dice él, aunque su tono ya no suena tan convencido—. No sé qué está insinuando, pero le aconsejo que se marche ahora mismo.

Noto que las gafas empiezan a resbalarme un centímetro por el puente de la nariz, empapado de sudor nervioso. Me las subo con el dedo índice, procurando que el gesto parezca deliberado y no el amago de pánico que en realidad es.

—Llevo semanas esperando confirmación de un encargo, señor Aldaz —digo, bajando el tono como si estuviera a punto de perder la paciencia—. El plazo está a punto de expirar y necesito confirmación de que el encargo sigue en pie antes de proceder.

Aldaz se queda callado un momento demasiado largo. Veo en su cara el cálculo silencioso de alguien que está sopesando cuánto puede negar antes de que la negación misma se convierta en un problema.

—¿Quién le ha dado mi nombre? —pregunta finalmente, con la voz más tensa que antes.

—Eso no importa. Lo que importa es que estoy aquí, y necesito confirmación antes de continuar.

—Esto no funciona así —dice él, casi en un susurro, mirando de nuevo hacia la rampa de entrada—. Nunca hemos tenido contacto directo. Ese no era el acuerdo con el intermediario.

—El intermediario no responde a mis preguntas —replico, sin dejarle margen para escabullirse—. Y yo no pienso arriesgarme a ejecutar nada sin que alguien de su empresa me confirme, en persona, que el trato sigue en pie.

Aldaz se pasa la mano por la cara, visiblemente incómodo, y por un segundo temo que decida simplemente darse la vuelta y marcharse sin decir nada más. Pero el miedo a que yo, sea quien él crea que soy, haga algo imprevisible parece pesar más que su cautela.

—¿Y si le digo que no sé de qué me habla? —pregunta, con un último resto de resistencia en la voz.

—Entonces le diré a quien corresponda que MacroGrup ha decidido no confirmar el trabajo, y que el señor Pascual puede seguir con su vida tranquilamente —respondo, mirándolo fijamente—.

Estoy segura de que a sus socios les hará mucha ilusión saber que se ha dejado escapar la operación de adquisición por un simple fallo en la comunicación.

Es el nombre de Roi lo que termina de quebrar su resistencia. Veo cómo algo se le tensa en la mandíbula, cómo aprieta los dedos alrededor del asa del maletín.

—La orden sigue en pie —masculla, dando un paso hacia mí, casi sin darse cuenta—. Cien mil euros, tal como se acordó.

—Necesito el plazo exacto —insisto, notando que el corazón me va a mil, que el acento se me ha escapado por completo en la última frase sin que me diera ni cuenta.

—Antes de que termine la semana —responde él, ya sin ningún disimulo, con la urgencia de quien solo quiere terminar la conversación cuanto antes—.

MacroGrup necesita que Pascual desaparezca de la operación antes de la votación final de la junta.

Sin él, no hay quien defienda las cláusulas de conservación y la puja queda abierta.

El pago está garantizado, como siempre. Y ahora, si no le importa, tengo una reunión.

Me quedo un segundo paralizada, asimilando que lo ha dicho todo, con nombres, con motivo, con plazo, sin que yo haya tenido que insistir mucho más.

—Un placer hacer negocios con usted —consigo articular, forzando una sonrisa que espero que resulte lo bastante siniestra.

Me doy la vuelta y camino hacia la salida del parking sin correr, aunque cada célula de mi cuerpo me esté gritando que lo haga, notando cómo el pañuelo se me ha deslizado hasta la nuca y las gafas cuelgan ya prácticamente de la punta de la nariz.

Salgo a la calle con las piernas temblando y el corazón todavía desbocado, mezclándome entre la gente que camina hacia sus oficinas sin dedicarme ni una mirada. Camino tres manzanas antes de atreverme a detenerme, apoyándome contra la fachada de un edificio cualquiera para recuperar el aliento.

Me quito el pañuelo de un tirón y me guardo las gafas en el bolso, notando cómo me tiemblan las manos al comprobar el móvil. La grabación entera está ahí. Cada palabra, cada nombre, cada cifra.

Tengo la prueba. Ahora solo me queda averiguar qué demonios voy a hacer con ella.