CAPÍTULO VEINTITRÉS
L a ventaja de sentarse a la mesa de un restaurante que no tiene el menú apuntado con tiza en la puerta es que los camareros no te miran como si estuvieras ocupando el espacio de un autónomo con prisa.
La desventaja es que los cubiertos pesan el doble y hay demasiadas copas alineadas, como si en lugar de cenar estuviéramos a punto de iniciar una partida de ajedrez de alta competición.
Roi mueve el tenedor con una parsimonia que en otro momento me habría empujado a sugerirle que agilizara el trámite, pero hoy me limito a observar el recorrido del metal sin decir nada.
Resulta sumamente complicado mantener el colmillo afilado cuando el hombre que tienes enfrente ha dejado de ser el logotipo de un fondo de inversión y se ha convertido en alguien que te escucha sin mirar el reloj de reojo.
—Si sigues mirando el plato con esa intensidad, asistente, voy a empezar a pensar que estás buscando el informe de riesgos en el fondo de la salsa —comenta él, ladeando la cabeza con esa tranquilidad que ya no me enciende la sangre, sino que me provoca un cortocircuito bastante más difícil de gestionar.
—Estoy valorando la viabilidad del negocio, Pascual —replico, forzando un tono seco que me sale bastante menos contundente de lo habitual—. En mi casa cobramos el suplemento de cena sin tanta ceremonia. Aquí te ponen tres tipos de pan diferentes como si fuera una decisión estratégica.
—La variedad en los suministros es fundamental para mantener el interés del cliente —dice, y la media sonrisa que dibuja ya no tiene ese deje de suficiencia que me daba ganas de estamparle la grapadora, sino una calidez que se me instala en mitad del pecho sin pedir permiso—.
Aunque admito que tu comedor tiene un control de calidad bastante más directo.
Al menos allí sabes que si la cisterna silba, la dirección acude con el destornillador en la mano.
—Es eficiencia logística avanzada, no te burles —le suelto, dando un sorbo a la copa de agua para disimular que la cercanía me está alterando el pulso de manera ridícula—. Pero supongo que en tus oficinas de diseño preferís resolver los atascos mediante una votación del consejo.
—En el consejo resolvemos pocas cosas últimamente, Melisa —responde él, y la ligereza de su tono desaparece muy despacio, sustituida por esa seriedad limpia y franca que me desarmaba por completo—.
El ambiente está lo suficientemente turbio como para que hasta los trámites más sencillos se conviertan en una carrera de obstáculos.
Me inclino un poco hacia delante, apoyando los antebrazos en la madera de la mesa, olvidándome de las copas, de la etiqueta del local y de mi propia prudencia.
Necesito saber qué demonios le está quitando el sueño a un hombre que se empeña en blindar el futuro de los trabajadores de una manzana entera.
—¿Siguen las filtraciones? —pregunto en un susurro, cuidando de que el camarero que pasa con la bandeja no capte la frase.
Roi deja el cubierto sobre el plato con un tintineo sordo y me sostiene la mirada.
No hay el menor asomo de reserva. Sigue tirando del hilo de sus sospechas con total naturalidad, dándome ese nuevo detalle de la junta como si fuera lo más lógico del mundo y yo me limito a encajar la pieza en silencio mientras empiezo a atar cabos.
—Ayer tuvimos una reunión interna para fijar el precio máximo de la contraoferta por uno de los locales —confiesa, bajando la voz—.
Es un dato que solo manejamos tres personas en toda la central.
Pues bien, esta mañana, antes de que el perito pudiera enviar el documento oficial, el fondo rival ya se ha presentado en la tienda.
Se han adelantado a nuestro movimiento, Melisa.
Eso no es una intuición de mercado ni una coincidencia afortunada.
Eso es alguien que se sienta en mi mesa, lee mis notas y filtra los datos directamente a nuestro rival.
Escucho cada palabra en silencio mientras las piezas que llevan días dando vueltas en mi cabeza, empiezan a encajar de golpe.
MacroGrup. El fondo que quiere meter las excavadoras, derribar los locales de toda la vida y levantar bloques de hormigón.
Los que consideran que su proyecto para los comercios de barrio es un agujero de capital.
Si Roi continúa adelante con su plan de conservación, ellos se quedan fuera.
Pero si desapareciera del mapa y su empresa se retirara de la puja, la competencia tendría el camino libre para quedarse con todo el vecindario a precio de saldo.
—Vaya panda de buitres —replico.
—MacroGrup no va a parar, Melisa —dice él, y la firmeza con la que aprieta los nudillos contra el mantel me demuestra que el asedio le está tocando la fibra—.
Buscan la manzana limpia, el derribo total y el vaciado volumétrico, y yo soy el único obstáculo legal que les impide picar el suelo.
Si consiguen asfixiar mi propuesta, la junta firmará la retirada antes de que termine el mes.
Creen que estamos perdiendo el tiempo con el sentimentalismo.
—Pues no flaquees, Pascual —le suelto—. Los lobos con uniforme de diseño se asustan si el bocado es demasiado duro para sus dientes.
Roi levanta la vista y me mira con una calidez tan limpia, tan desprovista de segundas intenciones, que siento una vergüenza tremenda.
El hombre que me considera la única persona de confianza en mitad de su tormenta interna está cenando frente a la mujer que ha cobrado cincuenta mil euros de dinero negro en un parking subterráneo para diseñar su final.
La ironía del universo es tan perfecta que dan ganas de ponerse a gritar entre las copas de cristal.
La cena termina con una despedida corriente en la puerta del restaurante, un cruce de miradas que se alarga un segundo de más y el sonido de sus zapatos alejándose por la acera.
Camino de vuelta hacia la pensión arrastrando los pies, con las llaves apretadas en el bolsillo del pantalón y la cabeza a punto de estallar con la idea que no consigo quitarme de encima: MacroGrup.
El vestíbulo me recibe con su habitual silencio espeso.
Me acerco al mostrador de roble, tecleo rápido la secuencia de entrada en el ordenador y la interfaz negra se despliega en el monitor.
Ahí sigue la cuenta atrás de la plataforma, parpadeando en mitad de la penumbra.
Desde que queda una semana el marcador va restando los días, y ver que hoy queda uno menos me hiela la sangre y me llena de angustia.
Subo las escaleras de tres en tres, esquivando el escalón que cruje, empujo la puerta de mi piso y la cierro a mis espaldas de un golpe.
Loki está plantado en la esquina de la colcha de mi cama, con las patas delanteras estiradas y las orejas tiesas. Me dejo caer de rodillas frente a él, apoyando los codos en el colchón y hundiéndome la cara en las manos, respirando el aroma a lavanda del dormitorio.
Suelta un bufido sordo, se levanta despacio sobre la colcha y me clava esa mirada redonda y fija que en su idioma significa que he vuelto a meter los pies en el fango de la peor manera posible.
—Estoy jodida, Loki —le digo, sin levantar la cara de las manos—. Y no de la forma habitual. Esto es mucho peor.
El gato se acerca despacio, apoya la barbilla en mi brazo y se queda quieto, como si esperara a que continuara. Levanto la cabeza y lo miro fijamente, con la angustia de todo el día concentrada en la garganta.
—MacroGrup, Loki. Tiene que ser MacroGrup.
Le cuento todo, en voz baja, casi de un tirón: lo que Roi me ha contado esta noche sobre el traidor de su junta, la información que llega siempre un paso por delante a su rival, el hecho de que si él desaparece del mapa, MacroGrup se queda vía libre para arrasar toda la manzana sin nadie que les plante cara.
Le cuento el ultimátum de los contratantes, la cuenta atrás que ya marca menos de una semana, y la certeza fría que me ha caído encima como un jarro de agua helada: si alguien se beneficia de la muerte de Roi más que nadie en este mundo, es precisamente la empresa que lo está espiando desde dentro de su propia oficina.
—No puede ser casualidad —continúo, apretando los puños sobre el colchón—.
El traidor no tiene por qué saber nada del encargo.
Puede que ni siquiera sepa que existe. Pero quien le paga para robar esa información es quien también encargó los cien mil euros por su cabeza.
Tiene que ser así. Todo encaja demasiado bien para ser una coincidencia.
Loki parpadea despacio, sin ninguna intención de corroborar ni de desmentir mi teoría, pero por primera vez en mucho tiempo no interpreto su silencio como burla ni como reproche. Lo interpreto como la única confirmación que voy a conseguir esta noche.
—Necesito pruebas, Loki. Algo real, algo que pueda usar para que anulen el encargo sin que tenga que confesarle a nadie quién soy en realidad. Y no tengo ni idea de cómo conseguirlo sin que me maten en el intento.
Me quedo callada, mirando al techo, dejando que la idea que llevo toda la noche apartando de un manotazo termine de tomar forma.
Colarme en las oficinas de MacroGrup. Buscar al directivo que más pueda saber.
Sonsacarle la verdad de alguna manera, aunque tenga que inventarme quién soy para conseguirlo.
Es una idea pésima. Probablemente la peor que he tenido en mucho tiempo. Pero es la única que tengo.
—Vamos a intentarlo, Loki —susurro, incorporándome despacio y sintiendo cómo el miedo y la determinación se mezclan en un cóctel que no sé todavía si me va a salvar o a hundir del todo—. Porque quedarme aquí sentada, esperando a que se cumpla el plazo, ya no es una opción.
El gato salta de la cama y se aleja hacia la puerta, dejándome sola con la decisión ya tomada.