¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

T ecleo la secuencia de entrada en el cuadro de texto y espero a que la página negra se despliegue en el monitor de la recepción.

No hay el vacío habitual de las últimas noches.

Un bloque de letras rígidas destaca en mitad de la interfaz, cortando el parpadeo del cursor con una fijeza que me frena la respiración al primer vistazo.

Me quedo un buen rato mirando las letras en la penumbra, con los brazos cruzados sobre el pecho y la espalda pegada al respaldo de la silla de la recepción.

Las palabras brillan con la fuerza de un golpe físico.

Hasta ahora, la palabra «incumplimiento» había sido un concepto abstracto, una amenaza difusa con la que asustarme por las noches mientras Loki dormía enroscado en el cojín.

Esto es otra cosa. Ver mi nombre y apellidos escritos en esa tipografía gris, junto a la mención explícita de la pensión, me revuelve las tripas.

Saben perfectamente quién soy. Saben dónde vivo y conocen el objetivo secundario que incluye a tía Puri y a las diez habitaciones del edificio.

Suelto una bocanada de aire tembloroso y me paso los dedos por las sienes, intentando ahuyentar el mareo que me sube desde el estómago.

Quienes me dieron el fajo de billetes en el parking subterráneo no manejan la paciencia, ni van a quedarse de brazos cruzados esperando a ver si me da un ataque de ética tardía.

No puedo simplemente cerrar la pestaña del navegador y seguir con mi vida como si nunca hubiera pisado aquel aparcamiento.

Si no actúo, vendrán a por mí. Pero eso es lo de menos.

Lo que de verdad me hiela la sangre es que vayan a por Puri.

Me incorporo despacio, apago la pantalla y me quedo a oscuras un instante. Estirar las horas ya no sirve para nada. La realidad me acaba de meter en un callejón sin salida y el reloj sigue corriendo en mi contra.

Paso la noche entera en blanco, dándole vueltas al mensaje en la penumbra del piso de arriba hasta que amanece.

Al día siguiente, el aviso de la pantalla me acompaña en cada trámite diario, grabada a fuego tras los párpados mientras reviso el inventario de las sábanas o cuadro los números de la caja.

No puedo concentrarme en nada de lo que hago.

Por eso, cuando Roi asoma al otro lado de la calle y me hace un gesto desde la acera señalando el local de enfrente, salgo de la recepción de inmediato.

Necesito salir de aquí, poner distancia con mis propios pensamientos y buscar cualquier cosa que me distraiga de seguir mirando el reloj.

Estamos sentados en la terraza de la cafetería, con dos cafés ya fríos entre las manos y el bullicio de la calle como único testigo. Roi lleva un rato callado, jugueteando con la cucharilla contra el borde de la taza, algo impropio de él, que siempre tiene una réplica lista.

—¿Va todo bien? —le pregunto, más por costumbre que porque espere una respuesta sincera.

Él levanta la vista, y por primera vez desde que lo conozco, no hay ni rastro de esa media sonrisa de suficiencia.

—Hay algo que no me cuadra en la operación —dice, bajando la voz aunque no haya nadie cerca que pueda oírnos—.

Llevo semanas notando movimientos que no consigo explicarme.

Decisiones de mis propios socios que llegan justo antes de que MacroGrup mueva ficha, como si supieran de antemano lo que vamos a proponer.

Al principio pensé que era paranoia, el desgaste de tantos meses de tensión.

Pero cada vez encaja menos con la simple casualidad.

—¿Crees que alguien está filtrando información? —le pregunto, sintiendo un escalofrío que no tiene nada que ver con el aire de la tarde.

—No lo sé con certeza. Y eso es lo peor —responde, dejando por fin la cucharilla quieta—. No puedo decírselo a mis socios sin acusar a alguien sin pruebas, y no puedo hablarlo con nadie del entorno de la operación porque, si tengo razón, cualquiera de ellos podría ser quien está detrás.

Se queda callado un momento, mirando el fondo de la taza como si buscara ahí una respuesta que no va a encontrar.

—No sé por qué te cuento esto —añade, con una risa corta y sin ganas—.

No se lo he contado a nadie más. Ni a mi madre, ni a mi hermano.

Pero contigo es distinto. Tú no tienes ningún interés en esta operación, ni ganas nada ni pierdes nada con lo que yo haga o deje de hacer.

Eres la única persona con la que puedo hablar de esto sin sentir que estoy dándole ventaja a nadie.

Sonrío, o al menos lo intento, aunque el peso de sus palabras me cae encima como una losa. Roi Pascual, el hombre que se supone que no confía en nadie, acaba de decirme que soy la única persona en la que sí confía plenamente.

Y yo soy, sin que él lo sepa, la persona con más motivos del mundo para no merecer esa confianza.

Me obligo a sostener el vaso de refresco entre las manos para no delatar el temblor de los dedos.

La situación es tan surrealista que me entran ganas de reírme por no ponerme a gritar en mitad de la acera.

El gran tiburón corporativo que se plantó en la recepción con aires de comerse el mundo viene a buscar un muro limpio donde apoyarse porque cree que soy la única persona que no juega con las cartas marcadas.

—A lo mejor tu junta solo busca una salida más rápida —digo, intentando recuperar mi tono seco para que no me note el temblor en la voz.

—Una salida rápida cargándose los comercios es un mal negocio, Melisa —replica él, y noto que se le endurece la expresión de golpe—.

En la central solo ven los números a corto plazo.

Su idea de optimización consiste en rescindir los contratos de los locales de toda la vida para montar franquicias clonadas de las que se ven en cualquier avenida grande.

Si MacroGrup se hace con la puja de la manzana, las Torrent y el zapatero van a la calle antes de que las excavadoras terminen de picar el suelo.

Yo firmé unas cláusulas de contingencia para proteger los alquileres de la acera y pienso mantenerlas, aunque en la junta consideren que ese blindaje es un agujero de capital.

Doy un sorbo largo al café que ya se ha quedado helado.

Cuanto más habla, más encajan las piezas de mi vigilancia diaria con el hombre que tengo sentado enfrente: sus galletas para el perro cojo del quiosquero, la novela vieja que me trajo para Puri y ahora este pulso a ciegas con su propia empresa para que los autónomos de la acera no tengan que bajar la persiana.

El cliché de villano trajeado que le colgué el primer día se me desmorona por completo.

La ironía del asunto es perfecta. Mientras los contratantes de la web oscura me amenazan de muerte si no cumplo el trato, Roi me está regalando la prueba definitiva de lo que voy a destruir si decido mover la mano. Es una trampa perfecta.

—No te fíes de nadie, Pascual —le suelto, apartando la taza hacia el centro de la mesa—. En tu sector los lobos visten todos el mismo uniforme de diseño.

—Ya me he dado cuenta —dice él, y la media sonrisa le regresa muy despacio—. Por suerte, tu desinfectante de pino me mantiene alerta.

Me despido de Roi en la puerta de la cafetería con una sonrisa que me cuesta sostener hasta que él dobla la esquina. En cuanto pierdo su silueta de vista, la sonrisa se me cae de la cara como si nunca hubiera estado ahí.

Vuelvo a la pensión y me encierro en mi habitación sin pasar por la recepción.

Loki salta a la cama antes de que termine de sentarme, y por primera vez no le hablo.

No hace falta. Llevo el mensaje del canal grabado a fuego en la cabeza y las palabras de Roi sobre las cláusulas de contingencia repitiéndose por encima, chocando entre sí sin encontrar ningún hueco por el que escapar.

Si mato a Roi, cobro el resto del dinero. Salgo de este agujero económico, quito de en medio la amenaza que pesa sobre Puri y sobre mí, y desaparezco del radar de esa gente para siempre. Es la solución más limpia sobre el papel.

Es también la forma más rápida de destruir a la única persona que, en medio de todo este desastre, ha demostrado que puede confiar en mí sin condiciones. La persona de la que me he enamorado sin darme ni cuenta del momento exacto en que empezó a pasar.

Lo digo así, en mi cabeza, por primera vez sin ponerle paños calientes ni excusas técnicas de por medio. Me he enamorado de Roi Pascual. Y se supone que tengo que matarlo antes de que se cumpla el plazo o van a hacerle daño a mi tía por mi culpa.

Si no lo mato, seguimos las dos expuestas a lo que sea que signifique el «protocolo de incumplimiento», sin ningún plan, sin ningún as bajo la manga, sin nadie a quien pedir ayuda porque contárselo a cualquiera —a Puri, a Roi, a la policía— sería firmar mi propia sentencia de muerte y probablemente la suya.

Ya no se trata de si soy capaz de matar a un hombre. Eso lo tengo clarísimo desde hace tiempo. Se trata de cómo salgo viva —y con Puri viva también— de una decisión que nunca debí tomar, sin tener todavía la más remota idea de cómo hacerlo.

Loki se acomoda contra mi pierna, ajeno por completo al agujero en el que estoy metida, y yo me quedo mirando el techo, buscando una salida que, por ahora, no existe.