CAPÍTULO VEINTIUNO
L oki me observa desde la esquina de la cama, con las patas delanteras estiradas y la barbilla clavada en la colcha, siguiendo mis pasos lentos por el cuarto con una desgana puramente felina.
Me detengo frente a él, apoyando la espalda contra la ventana, y me quedo mirando el suelo con los brazos cruzados.
—Se acabó, Loki —le digo, rompiendo el silencio—. El dinero que nos dieron es lo único que vamos a ver. Olvídate de los planes para arreglar la pensión o montar la web nueva. Nos quedamos como estábamos, viviendo al día.
El gato ni siquiera parpadea. Me acerco un paso, me agacho frente a él y le doy un toque suave en la oreja.
—Y eso no es lo peor —continúo, bajando la voz—.
La pasta del adelanto ya nos la hemos gastado, el mes de plazo sigue corriendo en el calendario y yo no he abierto el canal para decirles que rompo el trato.
Los contratantes están ahí fuera esperando a que Roi deje de respirar.
Tú y yo sabemos perfectamente lo que le hacen a la gente que se queda con sus fondos y pretende desaparecer.
Loki estira el cuello y me lame un dedo, ajeno por completo al lío en el que nos he metido.
—Sé que no voy a matarlo, pero soy incapaz de escribirles para decir que me planto. Así que aquí estamos, quietos en este cuarto, estirando las horas como si el silencio nos fuera a salvar la vida.
Me incorporo, sacudo las manos sobre los pantalones y salgo de mi habitación para bajar a la pensión, dejando a Loki enroscado en la colcha.
Necesito moverme para quitarme ese peso de encima, así que bajo las escaleras, me coloco detrás del mostrador de la entrada y me pongo a repasar en la pantalla las próximas entradas de la pensión y las solicitudes de reserva que han llegado por la web.
La casa está en ese silencio espeso de media tarde en el que no se mueve un alma.
Estoy concentrada comprobando los datos de los próximos días, intentando despejar la cabeza, hasta que el sonido de la puerta principal al abrirse rompe la calma.
Levanto la vista, esperando ver la carpeta de cuero negro de siempre bajo su brazo. En su lugar, Roi entra con las manos completamente libres, salvo por un objeto pequeño y rectangular que sostiene contra el pecho como si no supiera muy bien qué hacer con él.
—¿Y los papeles, Pascual? —le pregunto, apoyando los codos en el mostrador—. ¿Te han hecho una reducción de plantilla en el departamento de folios?
Él esboza una media sonrisa, pero esta vez no tiene nada que ver con la suficiencia habitual. Se acerca al mostrador y deja el objeto sobre la madera, empujándolo hacia mí con dos dedos, casi con timidez.
Es un libro. Tapa dura, un poco desgastado en los bordes, con el nombre de la misma autora victoriana que Puri lleva devorando en televisión desde que tengo memoria.
Me quedo mirándolo un segundo, sin tocarlo.
—Es la continuación de la que le compraste —dice él, metiéndose las manos en los bolsillos con un gesto que casi parece incómodo—. Me acordé de lo que me contaste en el ascensor. Pensé que a tu tía le haría ilusión tener el resto de la saga.
Alargo la mano despacio y paso los dedos por el lomo del libro, más conmovida por el gesto que por el objeto en sí.
—¿En serio te has puesto a buscar esto? —le pregunto, sin conseguir que me salga con el tono ligero que pretendía.
—Tardé menos de lo que crees. Hay más gente de la que imaginas dispuesta a deshacerse de novelas de época a buen precio.
Me río, un sonido corto que se me escapa antes de que pueda controlarlo, y aparto la vista del libro para mirarlo a él.
—No hacía falta, Roi.
—Ya lo sé —responde, encogiéndose de hombros—. Por eso lo he traído.
Nos quedamos un momento en silencio, con el libro entre los dos sobre el mostrador como un pequeño puente. La ausencia de la carpeta, de los folios, de cualquier excusa de negocio, pesa en el aire más que cualquier palabra que pudiera decir.
—Ya ni te molestas en fingir que vienes por trabajo —le suelto, medio en broma, medio para poner a prueba si él también se ha dado cuenta.
Roi me sostiene la mirada un segundo de más antes de responder.
—Hace tiempo que dejé de necesitar excusa, Melisa.
La frase se me queda enganchada en algún punto del pecho, incómoda y cálida a la vez. Agarro el libro contra mí, como si eso pudiera protegerme de lo que acaba de decir, y finjo estar concentrada en guardarlo bajo el mostrador para no tener que sostenerle la mirada ni un segundo más.
—¿Tienes un rato? —pregunta Roi, señalando con la cabeza hacia la calle, hacia la cafetería nueva que ha abierto justo enfrente de la pensión—. Invito yo. Es lo mínimo después de dejarte tirada con la mudanza de la butaca.
—No tienes que compensarme nada.
—Da igual. Sigo en deuda.
Salgo de detrás del mostrador antes de que me dé tiempo a pensarlo dos veces, y cruzamos la calle juntos hasta la terraza. Nos sentamos en una de las mesas de fuera, bajo el toldo a rayas que todavía huele a pintura nueva, y pedimos dos cafés sin necesidad de mirar la carta.
—Bueno —dice él, recostándose en la silla con las manos entrelazadas detrás de la nuca—. Cuéntame algo que no tenga que ver con tuberías, huéspedes ni catástrofes domésticas. Por una vez.
—Eso me deja muy poco de qué hablar, la verdad.
—Inténtalo. Seguro que hay algo más en tu vida aparte de arreglar cisternas y discutir conmigo.
Me río, y esta vez no me esfuerzo por contenerlo.
—Pues no sé. A ver... Loki decidió que odiaba el pienso nuevo y me lo demostró cada mañana con una mirada de desprecio profesional.
—¿Y cómo sabes que era el pienso y no que simplemente estaba de mal humor contigo?
—Porque en cuanto volví al de siempre, dejó de mirarme como si le hubiera arruinado la vida. En esta casa manda el gato, no yo.
Roi se ríe, un sonido limpio y sin la ironía que le conozco, y por un segundo se me olvida por completo con quién estoy hablando y por qué.
—Bueno, ahora te toca a ti —le digo—. Cuéntame algo tuyo que no tenga que ver con ofertas de compra ni papeleo.
—¿Como qué?
—No sé, algo humillante. Para compensar lo del pienso.
Se lo piensa un momento, dándole vueltas a la cucharilla entre los dedos.
—La semana pasada se me cayó el portátil en mitad de una videollamada con la junta. En directo. Con la cámara encendida.
—¿Y qué hiciste?
—Fingir que había sido un efecto especial intencionado. Nadie se lo creyó, pero al menos nadie preguntó más.
Me río de verdad, sin poder evitarlo, y él me observa reír con una atención que no intenta disimular.
—Tu turno —dice—. Algo tuyo.
—Los influencers de la 206. Los que se marcharon jurando que nos iban a hundir en TripAdvisor por el wifi.
—Me acuerdo. ¿Al final cumplieron la amenaza?
—Pusieron una estrella y escribieron que la pensión les había «drenado la energía creativa». Puri se lo tomó como un cumplido.
Roi suelta una carcajada tan sonora que un par de personas de la mesa de al lado se giran a mirarnos, y a mí me da exactamente igual.
En algún momento del segundo café, me doy cuenta de que llevo un buen rato sonriendo sin ningún esfuerzo, sin fingir nada, sin calcular la siguiente réplica.
Es la primera vez en toda esta locura que hablamos como dos personas cualquiera, sin la pensión, sin el fondo de inversión, sin ningún encargo escondido detrás de cada palabra.
Y es exactamente esa ligereza la que me revuelve el estómago cuando Roi se calla un segundo, me mira con una calidez que no sabe disimular, y dice:
—Me alegro de que discutieras conmigo aquel primer día, Melisa. Aunque solo fuera para conocerte.
No sé qué responder. Sonrío, doy un sorbo al café ya frío, y dejo que el silencio se encargue de disimular que, por dentro, me estoy muriendo de la vergüenza que me da lo bien que me lo estoy pasando.
Vuelvo a la pensión sola, ya de noche, con la risa de Roi todavía resonándome en los oídos. Subo a mi habitación, me tumbo en la cama sin quitarme ni los zapatos, y me quedo mirando el techo mientras Loki salta a mi lado y se acomoda contra mi costado, como siempre que nota algo raro en mí.
No le digo nada. No hace falta.
Repaso la tarde entera sin poder evitarlo: el portátil cayéndose en la videollamada, la estrella de TripAdvisor, su risa sonora llamando la atención de la mesa de al lado sin que a ninguno de los dos nos importara. Ha sido, sin ninguna duda, una de las mejores tardes que recuerdo en mucho tiempo.
Y no consigo perdonarme por ello.
Alargo la mano hacia la mesita de noche y miro el calendario que tengo pegado con celo en la pared, con la fecha límite marcada en rojo desde el primer día.
El plazo sigue corriendo, indiferente a lo bien que me lo haya pasado esta tarde, indiferente a que Roi ya no traiga papeles ni excusas, indiferente a todo lo que no me atrevo a nombrar todavía.
Apago la luz y me quedo a oscuras, con Loki respirando despacio a mi lado, sabiendo que cada día que pasa sin resolver nada es un día menos para encontrar una salida que ni siquiera he empezado a buscar.