CAPÍTULO VEINTE
C aminar me ayuda a mantener la cabeza ocupada en los detalles técnicos.
Me repito a mí misma, mientras esquivo a los peatones en la avenida, que lo único que estoy haciendo es esperar la oportunidad idónea.
Una oportunidad limpia, matemática, sin cabos sueltos.
Es una mentira cómoda, un escudo que necesito ponerme por delante porque admitir la verdad —asumir que en aquel coche de alquiler decidí plantarme— significaría tener que sentarme a pensar qué voy a hacer ahora con los contratantes y de qué manera voy a sobrevivir cuando expire el plazo.
Así que sigo adelante, moviéndome por el barrio tras los pasos de Roi, convenciéndome de que sigo en el juego y de que solo es cuestión de encontrar el minuto exacto.
Por eso acabo entrando detrás de él en El Progreso.
Lo observo al fondo del local. Roi está sentado a una mesa con su menú del día, así que me acerco a la barra, pido un refresco y camino hacia él como si fuera lo más normal del mundo. Me detengo al borde de la mesa, respondiendo a su mirada de sorpresa con una sonrisa ligera.
—Hola, Roi. ¿Te importa si me siento un momento? Está todo a reventar.
Él se limpia los labios con la servilleta de papel y hace un gesto con la mano hacia la silla vacía que tiene enfrente.
—Claro, siéntate —responde él.
—¿Se come bien aquí?
—Comida casera —dice él, señalando el plato—. Los martes tocan lentejas y las hacen bastante buenas. ¿Vas a pedir el menú?
—No, solo venía a tomar algo, que ando haciendo recados —le digo, manteniendo un tono relajado mientras bajo la mano derecha.
El caos de platos, camareros y conversaciones de este bar saturado a la hora de comer es el aliado perfecto para mantenerle completamente distraído.
Con las manos metidas bajo el borde de la mesa, mantengo los dedos apretados alrededor del frasco y lo abro cuidadosamente y con disimulo.
El raticida líquido es casi transparente, no huele a nada y es perfecto para la coartada; cuando lo investigué y lo compré por internet ya vi que la superwarfarina tarda entre veinticuatro horas y cinco días en actuar sobre la coagulación.
Roi saldrá de aquí con su vino en el estómago, volverá a la oficina y no empezará a notar los síntomas hasta mucho después, bien lejos de este sitio.
La oportunidad llega enseguida. El camarero se acerca a la mesa de al lado para cantar los postres y Roi se gira hacia él.
—Oye, apúntame un café solo y la cuenta, por favor —le pide Roi al chaval.
Su copa de vino queda ahí mismo, al alcance de mis dedos.
Acerco la mano por debajo del mantel con el raticida listo para inclinar la muñeca sobre el borde del cristal.
Está completamente concentrado en el papel, pero la forma en que inclina el cuerpo hacia nuestra mesa me basta para congelarme en el sitio.
Me digo a mí misma que si estiro el brazo ahora mismo, va a captar el movimiento extraño por encima de las copas y se girará de inmediato.
Escondo el frasco de golpe en la palma de la mano y vuelvo a enroscar el tapón a ciegas, justo cuando Roi se vuelve de nuevo hacia mí y el camarero se aleja hacia la cafetera.
—¿No te apetece nada más? —me pregunta él, con total tranquilidad—. Por supuesto, invito yo.
—No, de verdad, con el refresco voy bien —le respondo, forzando una sonrisa mientras agarro mi vaso para darle un trago largo.
El camarero regresa un minuto después y deja la taza humeante junto a la cuenta.
Me quedo en la silla, acabando la bebida despacio para mantener las formas mientras observo a Roi echar el azucarillo, remover el café y dejar un billete sobre el papel.
Apuro las gotas finales del vaso justo cuando él termina su taza y guarda la cartera.
Nos levantamos a la vez, nos despedimos con un gesto corriente al salir a la calle y lo veo alejarse acera abajo.
Camino unos metros por detrás, con el pulso ya asentado, repitiéndome a mí misma que no pasa nada. El riesgo en la mesa era absurdo y todavía no ha sido el momento perfecto. Ya tendré otra oportunidad.
Sigo vigilando sus rutinas durante los días siguientes, convenciéndome de que solo estoy esperando el escenario idóneo.
Voy justo detrás de él cuando se detiene, como cada mañana, frente al quiosco de prensa.
Se agacha frente al mostrador de madera para pasarle la mano por el lomo al perro cojo del quiosquero, completamente de espaldas a la calzada y distraído con el animal.
Está inclinado, con el peso del cuerpo volcado hacia delante y los ojos fijos en el suelo.
Con el tráfico que baja ahora mismo por la avenida, bastaría un empujón seco y firme en el momento justo para lanzarlo directo contra la calzada sin que le diera tiempo ni a meter las manos.
Doy el último paso y levanto las manos, lista para empujarlo.
Pero justo antes de tocarlo, me fijo en el quiosquero.
Está al otro lado de la ventanilla, recolocando las revistas en los expositores y metiendo los periódicos en los ganchos.
Sé que está absorto con sus papeles y que no nos está prestando atención, pero está demasiado cerca.
Me planto en seco. Si lo hago ahora, el quiosquero va a captar el movimiento de reojo y se va a convertir en un testigo directo. No puedo jugármela así.
Cambio de dirección antes de llegar a rozarle la espalda, me arrimo al escaparate de la tienda de al lado y disimulo mirando el cristal mientras Roi se incorpora, palmea al perro y sigue caminando por la acera.
Me repito que no pasa nada, que el riesgo era real y que es mejor esperar a que aparezca una ocasión limpia.
Unos metros más adelante, el teléfono de Roi empieza a sonar; lo saca, mira la pantalla y responde al momento.
—Sí, dime —dice él—. Estoy por la zona. No te preocupes, me acerco esta tarde a echarle un vistazo al que compramos.
Se calla un segundo, escuchando lo que le dicen al otro lado de la línea, y asiente.
—Claro que tengo las llaves. Sí, entro, reviso cómo está el local y te llamo. Venga, luego hablamos.
Cuelga y sigue caminando por la acera hasta perderse entre la gente.
Me quedo mirando su reflejo en el cristal, asimilando lo que acaba de soltar.
Un local vacío esta misma tarde. Es la ocasión más fácil que voy a tener en la vida: sin nadie alrededor y con total privacidad si me cuelo detrás de él. No la voy a dejar escapar.
Esperar a que llegue la hora me ha revuelto el estómago, pero ahora que estoy frente al edificio de ladrillo visto, el ruido de la calle se queda atrás.
La entrada al local está entornada, dejando una rendija oscura que confirma que Roi ya ha entrado.
Empujo la puerta con la punta de los dedos, despacio, cuidando de no hacer ruido, y me deslizo al interior.
El espacio es enorme, frío y huele a humedad vieja y a polvo de obra.
Al fondo, la silueta de Roi se recorta en la penumbra; está de espaldas, revisando el estado de las vigas con total tranquilidad.
Tenerle allí de espaldas y sin nadie alrededor se convierte en la ocasión perfecta, así que alargo la mano hacia la pared de la entrada y agarro una barra de hierro que los albañiles han dejado apoyada junto a unos sacos de cemento.
Pesa, está fría y el óxido me mancha la palma de la mano, pero es contundente.
Me preparo para acortar la distancia por su espalda, pero mis piernas se quedan congeladas antes de dar el primer paso.
Miro hacia abajo. El suelo está cubierto de ese polvo blanco del yeso y de los ladrillos, y me doy cuenta de que tengo las botas manchadas.
Si doy un solo paso hacia él, mis suelas van a dejar una marca perfecta en la mugre.
Una línea recta de pisadas que la policía va a encontrar en cuanto miren el suelo.
Pienso que no puedo ser tan imbécil, que entrar ahí dejando un rastro tan evidente es un suicidio y que lo mejor es darme la vuelta.
Suelto la barra de hierro despacio, apoyándola contra los sacos con cuidado de que el metal no golpee el suelo. Empiezo a caminar hacia atrás, deshaciendo el camino en silencio hasta encontrar la rendija de la puerta y salir a la calle.
Camino rápido por la acera, mezclándome con la gente que se cruza en mi dirección.
No miro atrás. Me repito que pisar ese suelo blanco habría sido una imprudencia imperdonable, que un rastro directo de botas me habría condenado y que retirarse a tiempo era la única decisión lógica para mantener la coartada a salvo.
Aquella noche en la pensión no hubo planes minuciosos, ni venenos comprados por internet, ni esperas calculadas en la esquina de un quiosco.
No miré dónde pisaba ni calculé los riesgos antes de avanzar.
Solo di el paso. Ahora, en cambio, mido los segundos, vigilo las esquinas de los bares y encuentro el pretexto perfecto en cada esquina para convencerme de que sigo adelante.
No me asusta la policía, ni los testigos, ni las marcas en el suelo.
Lo que pasa es que me faltan los motivos.