CAPÍTULO DIECINUEVE
E l espacio cerrado de un vehículo es el lugar idóneo para calibrar el tamaño exacto de un error.
El plástico del salpicadero de este coche huele a rayos.
Es una mezcla de desinfectante industrial y ambientador barato que se te mete en la garganta a la primera bocanada, pero no pienso bajar la ventanilla ni un milímetro.
Tengo los dedos pegados al volante, apretando el plástico rugoso para controlar el temblor de las manos mientras vigilo la puerta de cristal de enfrente a través del tintado oscuro del cristal.
Desde aquí fuera, todo se ve gris, borroso y jodidamente estático.
Vigilar un edificio de oficinas durante horas es una tortura para las piernas, pero es lo que toca. Esto no es un arrebato de locura ni un ataque de desesperación; es pura autodefensa emocional. Tengo que sacarme este asunto de encima hoy mismo antes de que sea demasiado tarde.
El último mensaje del monitor sigue grabado a fuego detrás de mis párpados.
Cada letra parpadeando en la penumbra de la recepción, la palabra «incumplimiento» pesando en mi nuca como una losa de plomo caliente.
El fango me llega ya a las rodillas y sé de sobra que el tiempo juega en mi contra.
Quienes me contrataron no manejan el concepto de la paciencia, ni van a quedarse de brazos cruzados esperando a ver si me da un ataque de ética tardía.
Si no cierro el trámite, vendrán a asegurarse de que el silencio sea absoluto.
Aunque el verdadero problema no es el mensaje.
El verdadero problema es el cortocircuito que tengo instalado en la cabeza desde el encierro.
Respiro hondo por la nariz para espantar el mareo y obligo a mis ojos a no apartarse de la puerta de cristal.
No puedo ponerme a pensar ahora. No puedo dudar.
En cuanto asome por el vestíbulo, solo tengo que girar la mano y arrancar.
Llegué aquí antes de las ocho y media porque sé de sobra que el tío es un reloj para entrar a trabajar.
Lo vi cruzar la puerta a su hora de siempre, con la carpeta debajo del brazo y cara de tener tres reuniones antes de comer.
En cuanto las hojas de cristal se cerraron detrás de su espalda, me quedé a solas con el zumbido del aire acondicionado.
La mañana avanza despacio, estancada en el lateral de la acera.
El sol empieza a pegar de lleno en el salpicadero, calentando el capó del coche de alquiler y levantando ese olor a plástico que se te pega a la ropa.
Apoyo la cabeza en el respaldo, cruzo los brazos y miro el cruce peatonal a través del parabrisas.
Estar tantas horas aquí quieta es lo peor que me podía pasar.
Miro el cruce peatonal a través del parabrisas y calculo mentalmente los segundos que tardará el motor en reaccionar desde que gire la llave de contacto.
El plan es arrancar en cuanto lo vea poner un pie en el asfalto, acelerar a fondo en línea recta y arrollarlo antes de que le dé tiempo a girar la cabeza.
Así de simple. Así de crudo. La decisión de meterme en este marrón fue mía y solo mía, pero estar aquí sentada, calculando la velocidad exacta que necesito para que el impacto sea definitivo y pasarle por encima con las ruedas a un tío que conozco, se siente real.
Es la primera vez que asumo de verdad el sonido que va a hacer el golpe.
Las doce. El silencio se rompe cuando se abre la valla del parque infantil de enfrente y entran los primeros niños, llenando el espacio de carreras y chillidos que se cuelan por las rendijas de las ventanillas.
Me incorporo en el asiento, con el cuello rígido por la inmovilidad, y obligo a mi mente a volver al presente.
Enderezo la espalda y coloco los dedos alrededor de la llave de contacto.
Casi al mismo tiempo, las hojas de cristal del edificio se deslizan de golpe y Roi sale a la acera. Viene solo, con las manos en los bolsillos, caminando hacia el cruce.
El corazón me mete un trallazo violento en la base de la garganta. Aprieto los dedos contra el plástico, lista para girar la muñeca en cuanto llegue al punto exacto. Solo un impacto limpio y una huella de neumáticos perdiéndose por el barrio.
Pero no llego a mover la mano.
En la acera de enfrente, junto a la valla del parque infantil, a un niño se le escapa una pelota de fútbol de las manos. El balón bota un par de veces contra el bordillo, baja a la calzada y rueda con velocidad hasta colarse directamente debajo del parachoques delantero de mi coche de alquiler.
Me quedo completamente congelada, con la llave a medio girar. El motor sigue apagado, en un silencio absoluto. A través del parabrisas, veo al chaval detenerse en el borde de la acera, mirando el hueco oscuro bajo las ruedas sin atreverse a bajar a la carretera.
Roi se frena antes de pisar el asfalto. Levanta la cabeza, alertado por el movimiento del balón, localiza al crío que se ha quedado plantado en el borde y luego clava los ojos en la pelota enganchada debajo de mi coche.
Camina hacia aquí con paso tranquilo y se planta a un palmo del capó.
Deja sus papeles sobre el banco de madera contiguo y se agacha sin pensarlo dos veces, desapareciendo de mi campo de visión tras el borde metálico del morro del vehículo.
Me quedo inmóvil, pegada al respaldo, escuchando el arrastre del cuero contra el asfalto mientras él tira desde abajo para liberar la pelota.
Cuando Roi se incorpora despacio por delante del parabrisas, el borde metálico de la pieza de abajo le ha debido de rozar el brazo a la fuerza.
Lleva una marca enorme de hollín y grasa industrial que le cruza la manga limpia desde la muñeca hasta el codo.
Es un destrozo absoluto para un traje de oficina, pero a él ni le importa.
Se sacude la arenilla de la palma de la mano contra el pantalón y le tiende el balón al niño con una sonrisa, completamente libre de esa suficiencia que usa para tocarme las narices en la recepción.
El chaval agarra el balón con fuerza, dice algo y arranca a correr de vuelta hacia los columpios.
La calle vuelve a quedar despejada en un momento, dejándome a solas con el zumbido del aire acondicionado.
Roi recoge sus cosas del banco de madera, se da la vuelta con total tranquilidad y reanuda la marcha hacia el cruce.
Lo observo avanzar, completamente solo en mitad del asfalto.
Sé que la oportunidad sigue ahí, al alcance de la mano.
Me bastaría con encajar bien los dedos en el contacto, arrancar el motor de un tirón y acelerar a fondo para rematar el trabajo antes de que le dé tiempo a poner un pie en la acera contraria.
Ya no me queda ningún obstáculo a la vista.
El chaval se ha metido en el parque, la calzada está completamente desierta y no hay nadie en las aceras que pueda girarse a mirar si arranco de golpe.
Ya no tengo ninguna barrera externa a la que aferrarme, ni ningún imprevisto que me sirva de excusa para frenar la mano.
Y es en este segundo exacto, mientras sigo el balanceo de sus hombros alejándose hacia la otra acera, cuando comprendo que no voy a mover la mano.
Suelto la llave poco a poco y dejo caer los brazos sobre mis rodillas, sintiendo el metal frío contra las yemas de los dedos.
Me entra una rabia tremenda, un mareo que me revuelve el estómago al asumir que el hombre al que tengo que matar acaba de agacharse en la carretera solo para ayudar a un niño.
Verle esa mancha de grasa en la manga me pesa más que cualquier encargo.
Ahora lo conozco demasiado bien. Sé la manía infantil que tiene con las líneas blancas del asfalto, sé que lleva galletas en el bolsillo para el perro del quiosquero y sé que se traga los dramas de época en el salón por hacerle compañía a su madre tardes enteras.
Todo ese mapa diario que le he ido armando encima se me vuelve en contra en el peor momento.
Simplemente, no soy capaz.
Roi termina de cruzar la calle sin mirar atrás, dobla el recodo de la manzana con su carpeta bajo el brazo y se pierde de vista definitivamente.
Me quedo quieta en el asiento del conductor, con las manos caídas y los ojos fijos en el trozo de asfalto vacío donde hace un momento todavía se recortaba su silueta.
Veo los coches pasar de largo, el semáforo cambiar de color en la esquina y la calle seguir con su ritmo habitual mientras yo permanezco ahí, al margen de todo.
No se puede matar a un hombre cuando ya ha dejado de ser un extraño.