CAPÍTULO DIECIOCHO #2
—Sé a qué te refieres —comenta él despacio, y noto por la dirección de su voz que se ha girado hacia mi lado en la penumbra—. A veces mantener a flote las cosas que importan agota más por el desgaste de los que tienes alrededor que por el trabajo en sí.
—Ella se hizo cargo de mí cuando mis padres murieron —le suelto de golpe, arrepintiéndome a la milésima de segundo de haber abierto la boca, pero la oscuridad hace que las defensas pesen la mitad—.
Se quedó al frente de la pensión porque ninguna de las dos teníamos a dónde ir, y estiró lo poco que daba la caja para que no me faltara de nada.
Lo mínimo que puedo hacer es patearme cuatro calles si sé que una novela vieja le va a devolver un poco de felicidad.
—Lo siento —dice su voz en la penumbra, perdiendo por completo la parsimonia de oficina y arrastrando las palabras con una gravedad que me pisa por sorpresa—. No tenía ni idea, Melisa.
Me quedo quieta en el sitio, apretando el bolso contra las rodillas, arrepintiéndome a cada milésima de segundo de haber abierto la boca. La negrura de la cabina me ha jugado una mala pasada, pero ya no puedo meter la frase de vuelta en la garganta.
—Da igual —mascullo, intentando recuperar mi tono seco—. Es agua pasada.
—No lo es. Ahora entiendo mejor por qué defiendes la pensión a capa y espada —responde él muy despacio—.
Supongo que cada uno gestiona las ausencias como puede.
Mi madre hace algo parecido desde que mi padre falleció; se aferra a las rutinas de siempre para rellenar las horas y no se pierde ni un solo episodio de esa dichosa serie.
Me obliga a tragarme los carruajes y las intrigas de los lores ingleses las tardes que voy a verla, así que intento revisar balances en su salón con la serie de fondo.
Sé que le hace ilusión tener a alguien al lado.
Me quedo callada un instante, asimilando la imagen en mitad de la negrura.
—¿Tú? ¿Viendo a aristócratas prometerse fidelidad eterna bajo el aguacero mientras calculas costes de suelo? —pregunta mi propia voz, y una vibración extraña que no logro controlar me sube por el pecho.
—Créeme, es matemáticamente imposible concentrarse en un balance de beneficios cuando hay una señora en la televisión gritando porque el duque no le ha contestado a una carta.
Una carcajada corta se me escapa de la garganta antes de que pueda frenarla.
Intento ahogarla de inmediato con una tos falsa, pero a mi lado se escucha otra risa, la suya, un sonido bajo y limpio que no tiene nada que ver con la prepotencia de nuestras reuniones de negocio.
Nos quedamos los dos riéndonos a oscuras en el suelo, atrapados en mitad del hueco, compartiendo una ridiculez televisiva que de golpe ha borrado las distancias en tres segundos.
Las risas se van apagando despacio, dejando un silencio completamente distinto en la cabina; ya no es un vacío espeso, sino una tregua extraña en mitad de la negrura.
Me estiro un poco hacia atrás, apoyando la nuca contra la madera del panel para relajar las vértebras, y por el roce de su brazo noto que él hace lo propio.
—Bueno —digo, estirando las piernas a ciegas—. Al menos tu madre consigue que dejes los balances un rato, aunque sea a base de intrigas victorianas. Pensaba que tu vida se limitaba a un horario rígido de oficina y trajes cortados con regla.
—Los trajes solo son obligatorios para las juntas, Melisa —responde su voz, arrastrando las palabras con esa parsimonia que ahora, sin la frialdad corporativa de por medio, suena casi cansada—.
Y el trabajo... supongo que es más una inercia que una devoción.
Desde que mi padre falleció, la presión por mantener el negocio en primera línea no te deja mucho margen para elegir los horarios.
Me quedo quieta en el suelo, escuchándole con atención. Detrás de toda esa fachada impecable, empieza a asomar el peso real de la herencia que arrastra y de la que ya dejó entrever algo bajo la lluvia de la marquesina.
—Sé lo que es eso —comento, pasando la mano por el bulto de la bolsa—. Llevar el peso de algo que no has levantado tú, pero que no puedes permitirte dejar caer bajo ningún concepto.
—Exacto —responde su voz en la penumbra, y noto por la dirección del sonido que se reacomoda contra la madera—.
Heredas una estructura que ya funciona, pero los socios de la junta no perdonan un paso en falso.
Ellos solo ven los porcentajes de rendimiento de cada manzana que compramos, sin importarles el desgaste que haya detrás de las cifras.
Toda la responsabilidad de que la firma familiar no se hunda recae sobre mis hombros, y no pienso ser el Pascual que lo eche todo a perder por falta de firmeza en un mal trimestre.
Por eso soy tan inflexible en las reuniones, Melisa.
Porque si yo flaqueo un solo día, la empresa se va a pique.
Nos quedamos en silencio, un vacío espeso donde la rigidez de su postura a mi lado parece aflojar un milímetro. La distancia entre los dos se reduce a nada en mitad del foso a oscuras y las pullas de los despachos ya no tienen fuerza para defendernos.
—Al menos vuestra firma puede permitirse un trimestre malo —le digo de vuelta, bajando el tono—. En la pensión, si Puri y yo cometemos un error con los números, nos quedamos en la calle a la mañana siguiente. No tenemos ningún fondo de inversión detrás para cubrirnos las espaldas.
—No se trata del dinero, sino de la caída —comenta Roi, arrastrando las palabras con un cansancio real—. Si tú fallas, pierdes tu casa. Si yo fallo, destruyo el trabajo de toda la vida de mi padre.
—¿Y a ti quién te cuida de no caerte, Pascual? —le espeto, dándome la vuelta a ciegas hacia donde supongo que está su cara.
La pregunta se queda flotando en mitad de la oscuridad del foso, pesada y directa, congelando el aire entre los dos.
Noto que Roi toma aire para responder, con el hombro todavía pegado al mío en el suelo, pero la frase se le queda atrapada en la garganta antes de que pueda pronunciar la primera palabra.
Un crujido eléctrico brutal sacude el techo de la cabina.
La bombilla amarillenta parpadea dos veces con un zumbido sordo y, de golpe, la luz regresa con una intensidad cegadora que nos hace entornar los ojos a los dos.
El motor arriba pega un tirón seco, los cables vuelven a zumbar y el ascensor se pone en marcha hacia abajo de manera automática, como si no hubiera pasado nada.
La negrura y la tregua íntima se esfuman en una milésima de segundo.
La luz del techo nos devuelve de golpe la realidad y la distancia corporal: estamos sentados en el suelo frío, con las rodillas dobladas, pegados como dos extraños y con las defensas completamente agrietadas.
Roi parpadea despacio, recuperando a marchas forzadas esa máscara de frialdad y suficiencia corporativa que maneja siempre, mientras aparta el hombro del mío con una rapidez que casi me resulta ofensiva.
Suelto un bufido corto, agarro la lona de mi bolsa de tela contra el pecho y me pongo de pie de un salto antes de que la cabina termine de descender, limpiándome el polvo invisible del pantalón para no tener que sostenerle la mirada en mitad de la claridad.