¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

L a aplicación de Wallapro es un nido de desalmados.

He pasado tres días lidiando con regateos absurdos de compradores tiesos y un vendedor que tardaba doce horas en responder a un mísero saludo.

Al final he conseguido cerrar el trato. Tía Puri lleva meses buscando esta novela en concreto, una edición vieja de su autora victoriana favorita.

Es la que escribió el dramón de época que ve por las tardes en la televisión sin perderse un solo capítulo.

Encontrar a un particular que tuviera el ejemplar original a cuatro calles de la pensión ha sido un milagro de los grandes.

Aunque deteste profundamente meterme en portales ajenos a negociar con desconocidos, verle la cara a mi tía cuando le entregue el libro va a valer cada céntimo.

Al fin y al cabo, es de las pocas cosas que todavía le devuelven un poco de brillo a los ojos.

La puerta se abre apenas un palmo, sujeta por una cadena de seguridad de latón. Un chaval con ojeras me mira de arriba abajo a través de la rendija.

—¿La de Wallapro? —pregunta con voz de cazalla.

—La misma —le digo, enseñándole el dinero entre los dedos.

El tipo cierra la puerta, se escucha el traqueteo de la cadena al soltarse y vuelve a abrir, esta vez del todo.

Sostiene un tomo de tapas duras con las esquinas visiblemente rozadas y me lo tiende sin demasiados miramientos.

Lo agarro con cuidado, comprobando que el lomo no esté despegado, y le entrego el billete.

—Está impecable, ¿ves? Mi abuela lo tenía guardado en un baúl del pueblo —dice el chaval, guardándose el dinero.

—Se nota que está bien cuidado, muchas gracias —le respondo, guardando con cuidado el tomo dentro de mi bolsa de tela para proteger las tapas duras.

—A ti, que lo disfrute tu tía. Hasta luego.

El chico se retira hacia el interior, cierra la puerta del piso y me quedo a solas en el descansillo. Me giro hacia el hueco de la escalera, doy unos pasos por el pasillo de baldosas gastadas y estiro el dedo para pulsar el botón del ascensor para bajar.

Escucho el zumbido de los cables arriba. La cabina viene descendiendo desde los pisos superiores, se detiene en mi planta con un golpe metálico y las puertas de doble hoja se abren de golpe frente a mí.

Al mirar al interior me encuentro con Roi, apoyado contra la pared del cubículo con una carpeta de cuero negro debajo del brazo, un bolígrafo plateado entre los dedos y una cara de incredulidad tan fija que pierde su habitual compostura por una milésima de segundo.

—Vaya —dice, entornando los ojos con esa parsimonia educada y gélida que maneja siempre—. Esto sí que es un encuentro inesperado, Melisa. No sabía que frecuentaras mi edificio.

Doy un paso al frente para no demostrarle que me intimida encontrármelo ahí de sopetón, entro en el ascensor y las puertas se cierran a mi espalda, encerrándonos en el espacio estrecho de la cabina.

El motor da un tirón arriba y el suelo vibra bajo nuestros pies mientras empezamos a descender por el hueco, devorando pisos en un silencio incómodo, hasta que a mitad de trayecto un chasquido eléctrico seco corta de golpe el zumbido de los cables; la bombilla del techo parpadea una vez antes de apagarse por completo y la cabina se clava en seco con una sacudida violenta, dejándonos a oscuras a mitad de camino entre dos plantas.

El silencio se vuelve tan denso que puedo oír la respiración de Roi a menos de medio metro. Durante unos instantes, ninguno de los dos se mueve, asimilando el golpe de la negrura total.

—Fantástico —mascullo, tanteando con la punta de los dedos la pared de madera hasta encontrar la botonera—. Dime que esto pasa a menudo en tu bloque, Pascual.

—No suelo pasar las tardes atrapado en cajas de madera, Melisa, así que no sabría decirte —responde su voz en la oscuridad, con el mismo tono imperturbable de siempre, aunque noto el crujido de su carpeta al cambiarla de brazo—. Deja que mire.

Un segundo después, la pantalla de su móvil se enciende, proyectando un haz de luz azulada que nos corta las caras por la mitad.

Lo primero que hago es mirar las barras de la esquina superior de su pantalla: vacío.

Ni una sola línea de cobertura. Saco mi teléfono del bolsillo para comprobarlo por mí misma, pero la pantalla confirma lo que ya me temía; los muros de piedra de este edificio antiguo blindan el hueco del ascensor como si fuera un búnker.

Sin red, sin datos y sin posibilidad de mandar un mísero mensaje de socorro.

—Nada —dice él, apagando la pantalla para no gastar batería de forma inútil y devolviéndonos a la penumbra—. Estamos en zona muerta.

—A un lado —le ordeno, apartándolo con el codo sin miramientos mientras doy un paso hacia las puertas metálicas—. No nos vamos a quedar aquí sentados esperando a que el aire se vuelva rancio.

Me pego a la junta de la puerta de doble hoja y empiezo a aporrear el metal con los puños. El estruendo reverbera dentro de la cabina como si estuviéramos metidos en un bidón de gasolina, haciéndome zumbar los oídos.

—¡Hola! —grito, forzando la voz hacia la rendija—. ¡Hay alguien ahí fuera! ¡Nos hemos quedado encallados!

Roi suelta un suspiro largo a mi espalda, el tipo de sonido que hace alguien que está viendo a un niño pequeño patalear en mitad de una tienda.

—Melisa, por favor. El edificio tiene ochenta años. Si golpeas con esa delicadeza, lo único que vas a conseguir es que nos caiga el techo de madera encima.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es tu brillante estrategia corporativa, Pascual? ¿Esperar a que el consejo de administración nos rescate? —le espeto, dándome la vuelta a ciegas hacia donde supongo que está su cara.

Noto cómo se acerca y el olor a limpio de su ropa me envuelve antes de que sus manos impacten contra el hierro de la puerta. Roi golpea con fuerza, usando las palmas de las manos con un ritmo seco que hace temblar toda la estructura de la cabina.

—¿Hay alguien ahí? —grita él, elevando la voz con una potencia que no le conocía, rompiendo por completo esa fachada pulcra que arrastra siempre—. ¡Nos hemos quedado atrapados!

Nos quedamos los dos mudos, pegados al hierro, aguantando la respiración con la oreja pegada a la rendija para escuchar cualquier señal de vida en el exterior.

Nada. Los muros gruesos de la construcción antigua amortiguan el eco de nuestros gritos.

Vuelvo a levantar los puños, le pego tres patadas a la base de la madera y suelto un bufido de pura frustración.

—Esto es inútil —digo, dejándome caer de espaldas contra la pared opuesta hasta que el roce de la madera me frena—. Nadie va a venir a buscarnos.

Me deslizo por la madera hasta terminar sentada en el suelo frío, doblando las rodillas en el espacio reducido que queda libre.

En la oscuridad, se escucha el roce de la chaqueta de Roi al imitar mi movimiento muy despacio.

Su hombro termina rozando el mío debido a la estrechez de la cabina, obligándonos a compartir el espacio a la fuerza.

La negrura vuelve a cerrarse sobre nosotros, compacta y cargada con el olor a cera vieja de las paredes del habitáculo.

Sin el amparo de las pantallas ni el estrépito de los golpes, el silencio que se instala en el foso se vuelve casi físico, recordándome de golpe que no hay ninguna marquesina que abrir para salir huyendo de esta situación.

—Supongo que esto rompe tus planes de eficiencia para el resto del día, Pascual —digo, estirando las piernas hacia la esquina opuesta para no tropezar con las suyas.

—Mis planes incluían dar una vuelta para despejarme, no acabar de adorno en el suelo de mi propio edificio —responde su voz a mi lado, manteniendo esa cadencia limpia y pausada que me enciende la sangre—.

Pero asumo que el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido cuando te cruzas en su camino.

—No te des aires. El ascensor es tuyo y el bloque es tuyo, pero el corte de luz no lo he provocado yo. Yo solo pasaba por aquí para comprar una novela.

—¿Una novela? —pregunta él, ladeando la cabeza hacia abajo en la penumbra al escuchar el roce del papel—. ¿Te ha dado ahora por la lectura o es una nueva estrategia de distracción?

Clavo las uñas en la lona de mi bolso de tela, recolocándolo sobre mis rodillas con un crujido sordo que delata mi posición.

—Es para mi tía —le espeto con desgana—. No tiene nada que ver contigo.

Se escucha el roce sordo de su espalda al acomodarse contra el tabique de madera en mitad de la negrura.

—¿Se puede saber el título? —pregunta él, arrastrando las palabras con esa parsimonia habitual.

—No te va a sonar de nada —le respondo, encogiéndome de hombros a oscuras.

—Pruébame.

Sostengo el silencio un instante, sopesando si mandarlo a la mierda, pero la negrura de la cabina es demasiado aburrida para mantener el orgullo.

Le digo el nombre de la autora victoriana a desgana, esperando su habitual réplica de superioridad corporativa.

Sin embargo, se hace una pausa a mi lado que no me esperaba.

—Vaya —comenta su voz en la penumbra, y esta vez noto un matiz de sorpresa real—. No te hacía yo fan de los dramones ingleses de época, Melisa.

—Te he dicho que es para mi tía, no para mí —le espeto de inmediato, a la defensiva—. Ella ve la adaptación en la televisión todas las tardes.

—Es un buen detalle por tu parte —responde su voz en la penumbra, y noto que esa parsimonia gélida de oficina se suaviza un poco—. No parecía que te sobrara el tiempo esta tarde como para andar buscando ediciones descatalogadas por los portales.

—No me sobra —le digo, pasando la yema de los dedos por el borde de la bolsa de tela—.

Pero tía Puri lleva una temporada de bajón por todo el arrastre de los últimos meses y no hace más que suspirar por las esquinas.

Tenía este mismo libro guardado desde joven y se le rompió hace años.

Verle la cara cuando se lo dé... no sé, es de las pocas cosas sencillas que todavía puedo solucionar en esa casa.