¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

M e coloco detrás del mostrador y me quedo mirando fijamente la nota amarilla que tía Puri ha pegado con celo junto al teclado.

Pone, con su letra redonda, que el señor Andrade, de la siete, se marcha un día antes de lo previsto.

Abro el programa de gestión de la pantalla y, en lugar de modificar la fecha de salida del huésped, el cursor se me va de lado y termino eliminando por completo la reserva del cliente que entra mañana.

Me quedo mirando el aviso de confirmación de borrado en el monitor, con los dedos rígidos sobre las teclas, dándome cuenta de que soy totalmente incapaz de concentrarme.

Tengo la cabeza atascada en la parada de autobús, rumiando el shock de haber tenido la cara de Roi a un maldito milímetro de la mía y sin saber muy bien cómo procesar el cortocircuito.

Un maullido sordo y exigente me saca del limbo. Loki está plantado justo encima del mostrador, mirándome con sus ojos redondos, moviendo apenas la punta de la cola.

—No me mires así, Loki, que hoy no tengo el cuerpo para juicios morales —le digo, apoyando los codos en la madera y bajando la voz al notar los pasos lejanos de mi tía trasteando en la cocina—.

Ya sé que me he quedado atontada un segundo y casi la lío, ¿vale?

No hace falta que hagas sangre con eso. Ha sido el agobio de la tormenta, pero el plan sigue exactamente igual.

El gato suelta un soplido perezoso, se da la vuelta dándome la réplica con el lomo y se tumba cuan largo es sobre la alfombrilla del ratón, dejándome claro lo poco que le importan mis justificaciones.

Retiro la mano del teclado y me quedo quieta en la silla, viendo a través de los cristales esmerilados de la entrada cómo la luz gris de la tormenta empieza a clarear muy despacio, dejando paso a la rutina aburrida del resto de la tarde.

Me paso las horas siguientes atendiendo el mostrador con la cabeza en las nubes, incapaz de mantener la atención en nada.

Registro la entrada de un par de clientes habituales, devuelvo los saludos con monosílabos y limpio compulsivamente la misma esquina del mostrador, con la mente atrapada bajo el techo de la marquesina y en el calor de los dedos de Roi sujetándome la barbilla.

Haber estado a un milímetro de su boca me ha dejado el pulso temblando de pura rabia.

A partir de ahí, el resto del día se convierte en un goteo aburrido de llaves que cambian de manos, clientes que suben a ducharse y crujidos en la escalera de madera.

Atiendo el mostrador de forma automática, encendiendo las luces del pasillo en cuanto la claridad de la calle desaparece del todo tras las vidrieras de la entrada.

Subo a cenar con tía Puri por puro compromiso, tragándome el filete a regañadientes mientras esquivo sus preguntas sobre las facturas y aguanto el tipo para que no me note la cara de circunstancias que se me ha quedado desde lo de la marquesina.

En cuanto recoge la mesa y se retira a su cuarto, vuelvo a bajar a la planta baja con el tiempo justo.

Me siento frente al ordenador viejo de la recepción y miro el reloj de pared.

Entre las instrucciones del sobre que recibí en el parking había una norma que entonces me pareció menor, casi ridícula al lado de la cifra y la foto: consultar el canal todos los días, a la misma hora, sin excepción.

«Cualquier comunicación pendiente debe atenderse en un plazo breve».

Llevo noches cumpliendo esa rutina como quien reza un rosario obligatorio, esperando a que las agujas marquen las diez de la noche antes de encender la pantalla, sin que jamás haya habido nada al otro lado de la pantalla negra. Hasta hoy.

Tecleo la secuencia de entrada en el cuadro de texto y la página clandestina se despliega en el monitor. Esta vez no hay que esperar a que cargue el fondo vacío de siempre. Un bloque de letras rígidas destaca en mitad de la interfaz con un tono impaciente que me frena el pulso en el acto:

«SIN CONFIRMACIÓN DE EJECUCIÓN. EL PLAZO ACORDADO NO SE MODIFICA. LA FALTA DE RESPUESTA SE INTERPRETARÁ COMO INCUMPLIMIENTO.»

Me quedo un buen rato mirando fijamente el mensaje en la pantalla, con el cuerpo rígido en la silla de la recepción. Las palabras brillan con la contundencia de un ultimátum físico, y la palabra «incumplimiento» se me clava en la cabeza como un aviso de peligro real.

Reclino la espalda contra el asiento, cruzo los brazos sobre el pecho y obligo a mi cerebro a repasar la situación con frialdad.

Las cosas ya no están como al principio, cuando el agua de la primera planta nos caía encima y el banco amenazaba con quedarse con las camas antes del fin de semana.

El dinero del adelanto está cobrado, la deuda urgente de la sucursal de Martínez está saldada y la pensión ya no está al borde del desahucio inmediato.

El hostal cojea, las tuberías siguen protestando y los peldaños crujen, pero sobrevivimos.

Técnicamente, podría cerrar la ventana del navegador ahora mismo, apagar el ordenador de un manotazo y seguir con mi rutina habitual de casera borde, remendando cisternas y fingiendo que nunca pisé aquel aparcamiento subterráneo.

Al fin y al cabo, ya no nos estamos ahogando.

Pero la otra cara de la moneda me quema por dentro con una fuerza descomunal.

Los cincuenta mil euros que quedan pendientes tras la confirmación ya no son un flotador de emergencia para tapar un parche financiero; son la oportunidad real de dejar de arrastrar los pies.

Con ese dinero podría reformar las habitaciones, actualizar la infraestructura informática de la recepción, modernizar la web de reservas y competir de verdad con las plataformas turísticas que se quedan con todo nuestro margen de beneficio.

Podría dejar de vivir con el miedo constante a la próxima avería o a la próxima carta del juzgado.

El dinero ya no es una tabla de salvación urgente; es la puerta a una vida distinta, una que hasta ahora ni me había permitido imaginar porque no me daba el presupuesto de la caja.

Y frente a esa tentación, el cursor sigue parpadeando en la interfaz de la página.

La gente que maneja esa red no sabe lo que es una crisis de conciencia ni les interesa lo más mínimo lo que ocurra a este lado de la pantalla.

Para ellos solo hay dos opciones sobre la mesa: cumplo con lo pactado, o pago las consecuencias de no hacerlo.

El peso de la amenaza del aparcamiento se me instala en la nuca como una losa de plomo.

Todo se reduce a elegir entre comprar un futuro mejor a cambio de algo que cada segundo me cuesta más ejecutar, o arriesgarme a comprobar qué nos pasa si decido romper el trato.

—Si no lo hago, Loki, la que va a acabar metida en un problema de verdad soy yo —le digo al gato en un susurro apenas audible, sin apartar los ojos de las letras parpadeantes—.

Quienes me contrataron no van a quedarse de brazos cruzados esperando a ver si me voy de la lengua; vendrán a asegurarse de que no hable.

No puedo simplemente borrar el rastro y esperar que se olviden de que existo.

Estoy metida en el fango hasta las rodillas.

El gato me sostiene la mirada un segundo con sus ojos redondos, suelta un bufido corto y salta del mostrador sin hacer ruido, dejándome a solas frente al monitor.

Me quedo sola frente a la pantalla, con el eco del bufido de Loki todavía en el aire. El cursor sigue parpadeando, esperando una respuesta que no sé cómo dar.

No contesto nada. Cierro la ventana del navegador con un solo clic, apago el monitor y me quedo un instante a oscuras, escuchando el silencio de la recepción.

Mañana. Mañana decido qué hacer.

Lo malo es que llevo diciéndome lo mismo desde que salí de aquel parking, y el reloj no entiende de mañanas.