CAPÍTULO DIECISÉIS
—E l pienso premium con sabor a salmón salvaje es un timo, Loki, y tú eres un cómplice del capitalismo felino.
El gato me observa desde lo alto de la nevera de la cocina, imperturbable, mientras sacudo la última lata vacía de comida húmeda para demostrarle que el cargador está a cero.
Solo obtengo un parpadeo lento y un movimiento displicente de la cola negra.
Abro el armario de los suministros, confirmo el desierto de aluminio que tengo entre los estantes y cierro la puerta de golpe con un suspiro que resuena en los azulejos. Toca bajar a la calle.
Llevo apenas tres manzanas recorridas cuando el cielo se rompe.
El primer trueno retumba con una vibración seca que me sacude los dientes y, al segundo siguiente, el agua cae en un muro compacto y violento que anega el asfalto en un abrir y cerrar de ojos.
Mirar atrás no sirve de nada; la pensión queda ya demasiado lejos y la tienda de mascotas todavía no asoma en el cruce.
Suelto un juramento entre dientes, agacho la cabeza y arranco a correr a todo lo que dan mis piernas, resbalando sobre el pavimento mientras busco con la mirada cualquier saliente donde resguardarme.
Veo la parada del autobús a unos metros.
Avanzo a zancadas, derrapando sobre la acera mojada, y me refugio bajo el techo de la marquesina.
Entro jadeando, soltando maldiciones y retirándome con la palma de la mano el pelo empapado que se me ha quedado pegado a la frente, concentrada únicamente en recuperar el aire y comprobar que sigo teniendo las llaves en el bolsillo.
—Vaya. Parece que el destino tiene un sentido del humor pésimo esta tarde.
Me giro despacio y descubro que el refugio ya tiene dueño.
Roi está apoyado contra el panel de cristal, con los brazos cruzados, mirándome con esa constante chispa de diversión que tanto me altera los cables. La cortina de agua atronadora que rebota contra el asfalto nos aísla por completo del resto del mundo.
—Lo que me faltaba para redondear la tarde —le suelto, pegándome al extremo opuesto de la estructura para ganar distancia.
—Créeme, asistente, mi agenda no incluye congelarme en una parada esperando a que el cielo decida aguarte el paseo —replica él, ladeando la cabeza—. Aunque admitiré que la coincidencia es digna de estudio.
—Odio el agua. Y odio las sorpresas.
—Ya me he dado cuenta de que no te llevas bien con los imprevistos, Melisa. Pero a veces el entorno no colabora.
—Mi única queja con el entorno es que te incluye a ti, Pascual.
—Podría ser peor —replica Roi, apartando la vista de la cortina de agua para mirarme de reojo—. Podrías estar empapándote sola unos metros más allá.
—Prefiero la neumonía a tu conversación, créeme. ¿Pretendes que nos quedemos aquí quietos de pie como dos estatuas hasta que baje el nivel del mar?
—Por mí no te cortes, asistente, puedes salir ahí fuera a fundirte con los elementos cuando quieras —dice, señalando con la barbilla la tromba de agua que golpea el asfalto—. Yo no pienso moverme hasta que esto deje de parecer el fin del mundo.
—Pues qué bien. Menudo planazo de tarde se nos ha quedado.
Roi no responde de inmediato. Se limita a desviar la vista hacia las cortinas de agua que golpean con fuerza la calzada, manteniendo los brazos cruzados.
El silencio que se instala entre los dos es denso, ruidoso por el temporal y rematadamente incómodo.
La situación nos obliga a compartir el aire a la fuerza bajo el techo de la parada, y se nota demasiado que ninguno sabe muy bien qué decir para romper el hielo.
—No tiene pinta de que vaya a parar pronto —suelta él al cabo de un momento, con un tono extrañamente neutro, desprovisto de su habitual tono de suficiencia.
—Gracias por el parte meteorológico, Pascual. No me había fijado en el diluvio universal —le suelto, buscando recuperar el terreno seguro de nuestra hostilidad de siempre.
Él suelta un soplido corto, que se queda a medio camino entre el bufido y la desgana, y se pasa una mano por la cara para retirar un par de gotas perdidas.
—Solo intentaba rellenar el espacio, asistente. No hace falta que saques los dientes en cada frase.
—Es mi nivel de cortesía estándar cuando me encierran en un cubículo contigo.
Roi se limita a resoplar y da medio paso hacia atrás, pegándose al fondo del refugio junto a mí para evitar que el agua que rebota en la acera le salpique los tobillos.
—Si te sirve de consuelo —dice él, mirando el diluvio con las manos en los bolsillos—, mi tarde tampoco iba de esto. Venía de pasarme tres horas atascado con un informe de viabilidad que no hay por dónde coger y solo quería llegar a la oficina.
—Pobrecito —le espeto, manteniendo el escudo bien alto—. Debe de ser durísimo pasarse la tarde cruzando datos en pantallas táctiles mientras le amargáis la existencia a la gente con vuestras ofertas de compra.
—No son solo datos, Melisa —replica él, y por la forma en que baja la voz, intuyo que su cabeza está en otro sitio, lidiando con la frustración de su propia jornada—.
Lo más difícil de este oficio no es pelearse con las cifras ni convencer a una junta con porcentajes de rendimiento comercial.
Lo verdaderamente complicado es hacer entender a la gente que aferrarse a algo por pura costumbre, o por un cariño antiguo, no siempre es lo mismo que aferrarse a algo que de verdad les conviene.
A veces la terquedad es el peor enemigo de uno mismo.
Las palabras me impactan directo en el pecho y noto cómo la rabia me enciende la sangre en un segundo, borrando de golpe cualquier amago de tregua o incomodidad.
—¿Te parece bonito? —le espeto, girándome a lo bruto para encararlo en ese espacio mínimo—.
¿De verdad eres tan rastrero como para aprovechar que estamos atrapados bajo una tormenta para seguir presionándome?
¡No das tregua ni cuando diluvia, Pascual!
Me sueltas tu discursito de manual de economía barata sobre lo obsoleta que está mi vida y lo terca que soy por defender mi casa, como si fuera una ignorante que no sabe lo que le conviene.
Eres un depredador incansable. Estás buscando la rendija para asfixiarme incluso metido en una maldita parada de autobús.
Roi se separa del fondo de la marquesina de golpe. Me mira fijamente, a un palmo de distancia, y por primera vez, no veo ni rastro de sarcasmo en sus ojos. Hay un desconcierto absoluto en su rostro, una confusión tan limpia y real que me frena la siguiente réplica en la garganta.
—¿De qué demonios estás hablando, Melisa? —pregunta, con la voz completamente seria.
—De la pensión, Roi. De tu fondo de inversión. De tus ganas de ponerme entre la espada y la pared para que firme vuestros malditos papeles de una vez por todas.
—Estaba hablando de mi hermano —dice él, muy despacio, sosteniéndome la mirada como si intentara descifrar un idioma extranjero—.
Se empeña en mantener abierto un negocio de distribución que solo le genera deudas porque fue el proyecto de su juventud y no atiende a razones.
No tengo ni la más remota idea de qué tiene que ver la gestión de mi familia con tu hostal o con el hecho de que no quieras vender el edificio.
Me quedo callada, que ya es un milagro de por sí, procesando el bajonazo de la humillación mientras el temporal sigue rugiendo a un palmo de nuestras narices.
Miro de reojo el perfil de Roi, intentando asimilar que el gran tiburón corporativo me acaba de soltar un drama familiar y un alegato romántico sobre el patrimonio del barrio sin pestañear.
Se me han borrado de golpe todas las réplicas del sistema.
Es una sensación horrible, como si me hubieran desenchufado la lengua de la corriente.
No tengo ninguna burla a mano para salir del paso, ni una frase borde con la que recuperar el control de la situación, y quedarme así, indefensa y con el agua al cuello, me da más miedo que una inspección de Hacienda.
La parada se convierte de pronto en un espacio asfixiante.
La hostilidad que nos servía de colchón se ha disuelto por el desagüe de la acera, dejándonos flotando en una tregua incómoda que me revuelve las tripas.
Roi aparta por fin los ojos de los charcos y me clava la mirada de frente.
Sostiene el contacto visual durante un segundo eterno, obligándome a aguantarle el pulso en mitad de este búnker de cristal, y noto perfectamente cómo la distancia entre los dos empieza a encogerse de forma peligrosa.
Está tan cerca que puedo ver el color exacto de sus ojos, sin rastro de la sonrisita de suficiencia que me enciende la sangre.
Da medio paso hacia mi lado, acortando el terreno que nos separa con una lentitud que me congela el pulso.
Alza la mano despacio, dudando un instante, y me aparta con la punta de los dedos un mechón de pelo empapado que se me había quedado pegado a la cara tras la carrera.
El roce es mínimo, un chispazo eléctrico que me corta la respiración en el acto.
No me muevo. No le arreo un guantazo. No tengo la menor capacidad de reacción.
Él no retira los dedos; me sujeta el borde de la mandíbula con una suavidad que me desconfigura el cerebro por completo, obligándome a levantar un poco la cabeza.
La distancia desaparece del todo hasta que noto el calor de su respiración a un milímetro de la boca, atrapados en un hueco donde el universo simplemente decide congelar la imagen.
¡CHOFF!
Un latigazo de agua sucia rompe la escena de sopetón. Un coche pasa a toda velocidad pegado al bordillo y golpea de lleno el charco que se ha formado en la calzada, levantando una ola compacta que salta por encima del límite de la marquesina y nos salpica de arriba abajo a los dos.
Damos un sobresalto compartido, apartándonos por puro instinto hacia los extremos opuestos del refugio.
Me miro la ropa chorreando, luego miro a Roi, que se limpia la cara con la palma de la mano mientras parpadea descolocado, completamente empapado y con una expresión de incredulidad absoluta.
La risa nerviosa se me escapa de la garganta antes de que pueda filtrarla, una mezcla de alivio súbito y pura vergüenza que rompe la tensión acumulada en el aire.
Él me sostiene la mirada un segundo, asimilando el desastre, y termina por devolverme una sonrisa media, esta vez completamente limpia de su habitual suficiencia corporativa.
La magia se ha disuelto de la forma más gamberra y ridícula posible por culpa del tráfico.
La tromba de agua empieza a amainar con la misma rapidez con la que se desató, perdiendo fuerza hasta dejar solo un goteo constante sobre el techo de la parada. La visibilidad de la calle vuelve a abrirse, rompiendo nuestro búnker improvisado.
—Bueno, asistente —dice Roi, sacudiéndose el exceso de agua del brazo mientras intenta recuperar parte de la compostura—. Creo que la gestión de infraestructuras públicas tampoco es el fuerte de este vecindario.
—Vuelve a tu oficina, Pascual —le digo, con una voz que intenta recuperar el sarcasmo habitual pero que me sale extrañamente suave, desprovista del colmillo de siempre—. Te estás quedando sin terreno seco.
Él asiente en silencio, me sostiene la mirada un último instante con una intensidad nueva flotando entre los dos que ninguno sabe muy bien cómo nombrar, da la vuelta y enfila el camino bajo la lluvia que decae, alejándose a paso firme acera abajo.
Me quedo sola bajo la marquesina, empapada de arriba abajo, apretando el llavero con fuerza dentro del bolsillo mientras noto un vuelco espantoso en el estómago.
La certeza de que algo ha cambiado de forma irreversible entre nosotros me golpea con fuerza, y esa maldita novedad me asusta muchísimo más que cualquier encargo secreto que tenga guardado en el cajón de la recepción.