CAPÍTULO QUINCE
L a puerta se abre para dar paso a Roi, balanceando una carpeta gris bajo el brazo con esa soltura exasperante de quien se cree dueño del aire que respira.
Se planta delante del mostrador, deja la carpeta con esa media sonrisa de suficiencia que me enciende la sangre, y la empuja ligeramente en mi dirección.
—Una copia sellada de la propuesta formal de adquisición, asistente —me dice, con un guiño—. Un mero trámite para que conste en vuestro registro que el fondo sigue esperando que entréis en razón.
Miro la primera página sin tocarla. Son exactamente los mismos papeles que me tiró sobre la mesa el primer día. Solo ha cambiado el orden de los anexos y la fecha del encabezado para disimular que no tiene nada nuevo que ofrecer.
—¿En serio te has pegado la caminata hasta aquí solo para traerme una fotocopia de un contrato que ya rompí en tu cara, Pascual? —pregunto, entornando los ojos.
—El protocolo de inversiones exige insistencia, asistente. Hay que mantener las ofertas calientes.
—No me hagas reír. Un tipo que maneja carteras de capital y compra locales ahogados no pierde el tiempo haciendo de mensajero de tres folios inútiles. Esto no te lo crees ni tú.
—Bueno, a lo mejor me preocupaba que os sintierais desasistidas sin mi presencia —replica, apoyando un codo en la madera con total tranquilidad.
Sostengo el fajo de folios entre los dedos mientras le clavo la mirada con fijeza.
Es evidente que el pretexto que trae es ridículo y que esos papeles no justifican en absoluto su presencia en el mostrador, pero sus palabras consiguen activar el rincón de mi cerebro que siempre está listo para sacar provecho de cualquier mínima ventaja.
La oportunidad me acaba de caer del cielo de la forma más espontánea posible y no pienso dejarla pasar.
—Mira, colaborar contigo debe de ser un dolor de muelas, pero hoy me viene de perlas que te hayas asomado por aquí —le digo, saliendo de detrás del mostrador con una sonrisa forzada. —Ya que estás tan interesado en el edificio, vas a empezar a demostrar si de verdad sirves para algo útil por aquí.
Roi da medio paso atrás, se cruza de brazos y arquea una ceja, mirándome con absoluta diversión.
—¿Me estás pidiendo un favor, Melisa? Apúntalo en la lista, porque esto sí que es una novedad.
—Te estoy pidiendo que uses los brazos —replico, señalando hacia el tramo de escaleras de la pensión. —Tengo una butaca enorme arriba en el salón de mi casa que pesa como un demonio y me estorba. Así que te ha tocado el premio gordo: subes y me la bajas.
Él suelta una risa corta, de esas que demuestran que le encanta tocarme las narices. Mira sus papeles, me sostiene la mirada un segundo y niega con la cabeza, aunque sus pies ya están enfilando el primer escalón de la escalera.
—No recuerdo ninguna cláusula de mozo de mudanzas en mis honorarios de consultoría, pero supongo que no puedo permitir que la propietaria sufra una lesión muscular. No es caballeroso —declara con burla, subiendo con esa soltura que me altera los cables. —Lidera el camino, asistente.
—Menos cháchara y más trabajar, Pascual —le suelto, guiándole escaleras arriba.
El suelo de madera vieja cruje bajo sus pasos firmes.
Al entrar en mi salón, la butaca descansa en mitad del espacio como un monstruo de tapicería rancia.
Loki está apalancado en el centro del sofá, moviendo la punta de la cola con total desprecio.
Roi se coloca detrás de la butaca, mide el volumen del mueble con los brazos y suelta un bufido.
—Menudo peligro público, Melisa. Esto no es un mueble, es una agresión estética en toda regla. ¿Cómo pretendes que baje esto por el hueco de la escalera?
—Pensaba que los profesionales de verdad no le tenían miedo a los retos logísticos.
Agárrala por los bordes y no llores tanto, que son solo unos escalones.
Voy a adelantarme para comprobar que el camino esté despejado, no sea que me acabes lesionando a algún huésped —él comienza a acomodar el cuerpo para poder levantar el armatoste de madera maciza—.
Tómate tu tiempo, Pascual. No corras, no sea que te dejes los piños en la barandilla.
Me doy la vuelta de inmediato para que no me note el subidón de adrenalina en la cara y me apresuro a entrar al baño y agarrar el bote de champú.
Voy directa a las escaleras y las bajo de tres en tres, parándome en medio del tramo para echar un chorro sobre el cuarto peldaño.
Siento las manos heladas, pero no tiemblo.
Ha llegado el momento de la verdad y estoy más que dispuesta a llegar hasta el final.
Escucho un golpetazo y una colección de obscenidades que casi me hacen sonrojar. Casi.
—¡Melisa, esto pesa más que tu orgullo! —grita Roi, con la voz ahogada.
—¡Te he dicho que no corras, que las prisas no son buenas para el mercado! —le devuelvo el grito, colocándome abajo con los brazos cruzados, simulando una paciencia que no tengo.
—¡Muy graciosa! Como se me caiga encima la culpa será tuya por sentimental.
La camisa de Roi asoma por fin en el descansillo superior.
Avanza de espaldas con una torpeza puramente ridícula.
La butaca es tan descomunal que le tapa por completo la cara y el pecho, obligándolo a tantear el vacío con la punta del pie antes de descargar el peso en cada escalón.
El gran tiburón corporativo está sudando, dando pasitos cortos y resoplando en mitad de las escaleras.
Está a solo dos peldaños de la trampa, haciendo un balanceo rítmico con la cadera para mantener el equilibrio con las patas del mueble apuntando al techo.
—¿Está todo despejado abajo? —pregunta, bufando por el esfuerzo.
—Tú sigue bajando y no te preocupes por el panorama, Pascual —le respondo, apretando los puños dentro de los bolsillos.
Visualizo la caída. Solo hace falta un paso largo. Un segundo más.
De repente, la puerta de la habitación contigua se abre con su chirrido habitual y la realidad decide dar un vuelco violento hacia el caos.
La señora Ramona se asoma al pasillo arrastrando sus zapatillas ortopédicas y encaminándose directa hacia las escaleras.
El estómago se me contrae en un espasmo de puro terror. Va directa a la muerte...
—¡Ramona, quieta ahí! ¡No se mueva! —grito con todas mis fuerzas.
La anciana se frena en seco, parpadeando asustada en mitad del tramo, mientras Roi interrumpe su descenso, sosteniendo todo el peso del armatoste en vilo.
—¿Qué demonios pasa ahí abajo, asistente? —pregunta su voz desde detrás de la tapicería, forzada por la tensión. —¡Como se me vaya esto ahora mismo, reviento los escalones!
—¡Tú no te muevas, coño! ¡Quédate ahí clavado contra la pared! —le espeto.
Saco el pañuelo de papel arrugado que llevo en el bolsillo del pantalón, me agacho en un movimiento desesperado y lo estrello directamente contra el cuarto peldaño.
El papel cruje al aplastarse contra la capa de gel transparente, empapándose de golpe mientras arrastro la mano de lado a lado con una fuerza descontrolada para arrancar el peligro de la madera antes de que el pie de la anciana toque el borde.
Ramona se detiene a un palmo de mí y me mira con absoluta extrañeza mientras yo guardo en el bolsillo el pañuelo con las huellas de mi «casi delito».
—¿Pero qué haces, Melisa? —pregunta Ramona, mirándome con los ojos como platos. —¡Que me vas a hacer caer con tanto ajetreo!
—¡Es un ajuste de rutina, Ramona! ¡Disculpe la molestia, vuelva a su habitación a ver el programa! —digo, disimulando.
—¡Melisa, se me están durmiendo los hombros! —protesta Roi desde arriba, con la butaca balanceándose peligrosamente. —¡Como esto sea otra de tus bromas, te cobro lo que me gaste en el fisio!
—¡Ya voy, impaciente!
Roi resopla desde arriba, reanuda el descenso a ciegas y baja los últimos peldaños maldiciendo entre dientes hasta que los pies de la butaca golpean el suelo de la recepción con un impacto sordo que hace vibrar los cristales.
Suelta el armazón, se apoya contra el mostrador respirando a bocanadas y se recoloca el pelo con la mano, mirándome con su habitual chispa de absoluta diversión en cuanto recupera el aire.
—Menudo control de calidad. Tus métodos de asistencia técnica son un peligro público —murmura con su ironía rápida, limpiándose el sudor con el brazo.
—Casi me rompo la crisma por culpa de tus gritos histéricos.
La próxima vez traeré a mis propios operarios antes de colaborar con tus reformas caseras.
—Te he pedido que bajes un mueble, Pascual, no que me hagas un presupuesto de obra —le devuelvo el golpe, cruzándome de brazos—. Deja de llorar y vuelve a tu oficina.
—Ya, pero admitirás que la mudanza le ha dado un toque rústico e idílico a la tarde. Recoge los papeles y piénsatelo. La paciencia de mis socios tiene un límite.
Se da la vuelta, sube los escalones hasta donde la señora Ramona se ha quedado parada, la coge del brazo con suavidad y la acompaña a paso lento de vuelta a su habitación pasillo adentro, hablándole en voz alta sobre el tiempo para tranquilizarla.
Escucho sus pasos alejarse y, un momento después, el eco de sus zapatos descendiendo de nuevo las escaleras hacia el vestíbulo justo antes del sonido de la puerta de la calle.
El silencio vuelve a adueñarse del vestíbulo mientras me quedo sola en la recepción, sintiendo cómo la adrenalina empieza a bajarme de golpe y me deja un vacío helado en el estómago.
Agarro un paño y subo para limpiar los restos pringosos de champú que todavía quedan en el cuarto peldaño.
Repaso la madera de forma mecánica, pero es en este instante de calma cuando el peso de lo que acabo de hacer me cae encima y me golpea con la fuerza de un camión.
Observo mis manos fijamente mientras froto la madera.
No tiemblan. Y ese es el verdadero problema.
En ningún momento de la carrera hacia el baño, ni mientras volcaba el gel o calculaba la trayectoria de la caída, dudé.
No me temblaron las manos ni hubo un solo segundo de bloqueo, un freno de compasión, o un asomo de duda.
Actué con la misma precisión fría, mecánica y directa que él usa en sus despachos para asfixiar a los pequeños negocios.
Un escalofrío me recorre la nuca y me obliga a detener la mano sobre el trapo. Roi Pascual sigue vivo por una sola razón: el azar quiso que una anciana saliera de su habitación justo en aquel momento.
Paso de largo por el mostrador tras ponerme en pie despacio, y me quedo quieta en el vestíbulo por unos instantes.
La pregunta que me revuelve las tripas y me llena de terror no es si algo en mí ha intentado evitar el desastre, sino si es verdad que ya no queda nada en mi interior que me impida cometer un crimen.