¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO CATORCE
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CAPÍTULO CATORCE

L levo tantas horas fichando los movimientos de Roi Pascual que empiezo a sospechar que mi verdadera vocación siempre fue la de detective privada y nadie me avisó a tiempo.

El problema es que ningún detective de verdad se pasa media guardia debatiéndose entre odiar a su objetivo y preguntarse por qué le cae tan bien el zapatero de la esquina.

Es la hora de su almuerzo. Debería estar dentro del bar El Progreso, devorando su plato de lentejas con chorizo y charlando de fútbol en la barra, pero la puerta de cristal se abre de golpe y Roi sale a la acera a paso rápido, con el teléfono móvil pegado a la oreja.

Se coloca de espaldas a la calle, resguardándose bajo el toldo de lona descolorida de la bodega.

No sabe que estoy aquí. Desde mi posición, solo alcanzo a ver la tensión rígida de sus hombros y el movimiento de su mano libre, que aprieta la carpeta contra su costado con una fuerza desmedida.

No puedo oír la conversación entera; el ruido del tráfico de la avenida principal amortigua las palabras, pero el tono me llega nítido, cortante y extrañamente defensivo.

Ha perdido por completo esa cadencia pausada y segura que utiliza para desarmarme en la recepción.

—No vamos a cambiar los plazos, ya lo he dicho —suelta de pronto, y la frase vibra en el aire húmedo con la contundencia de un portazo—. Me da igual lo que digan en la central. Si MacroGrup mete las máquinas antes de tiempo, la responsabilidad legal es suya. Yo cumplo lo firmado en el acta y punto.

Escucho el silencio tenso que sigue a sus palabras mientras él contiene la respiración, escuchando las respuestas que salen del auricular.

Roi aprieta los dientes, corta la comunicación y se pasa los dedos por la nuca en un ademán de puro agotamiento.

Luego se endereza, se coloca las mangas, recupera mecánicamente su expresión de siempre y vuelve a entrar en el bar como si no hubiera pasado absolutamente nada.

Me quedo quieta ante el escaparate, con la respiración contenida.

Mi cerebro, entrenado en la supervivencia inmediata, activa la racionalización fácil de forma casi automática.

Está regateando con algún proveedor, me digo a mí misma, forzando una sonrisa interna mientras me hundo las manos en los bolsillos.

O negociando mejores condiciones para su propia cartera, asegurándose de que la tajada del fondo no sufra por culpa de los retrasos de la obra.

Es lo lógico. Los tiburones también se ponen nerviosos cuando los números no cuadran a la primera.

Tiene que ser eso, un simple pulso comercial por el precio del cemento.

La segunda pieza del rompecabezas me la encuentro al día siguiente.

Estoy sentada en el banco de la plaza, con el periódico abierto entre las manos, controlando la esquina del quiosco de prensa.

Roi avanza a su hora habitual, con el paso largo y decidido de siempre.

Se detiene frente al mostrador de revistas, pero esta vez no saca la tableta digital ni se para a revisar los titulares de la prensa económica.

El chucho cojo del quiosquero asoma el hocico desde el interior del cubículo de madera al notar su presencia, arrastrando la pata trasera con su lastimero andar habitual.

Echo un vistazo rápido a la plaza, que está prácticamente desierta.

Roi se agacha con naturalidad, mete la mano en el bolsillo y extrae un par de galletas para perros.

Están sueltas, sin envoltorio, ligeramente desmigadas por las esquinas, como si las llevara ahí metidas desde primera hora, mezcladas con sus tarjetas de visita.

Se las ofrece en la palma de la mano, permitiendo que el animal las recoja con un lametón ruidoso mientras él le rasca detrás de las orejas con la otra mano, murmurándole algo indescifrable en voz baja.

El detalle me resulta tan estúpidamente tierno que noto un pinchazo helado e incómodo en la boca del estómago.

Me cuesta un esfuerzo sobrehumano encajar ese par de galletas desmenuzadas en mi teoría del enemigo sin escrúpulos.

Quizá los sociópatas también quieren a los animales, me repito en un susurro, apretando los bordes del periódico hasta arrugar las páginas.

Hitler también tenía un perro al que cuidaba un montón.

Buscarse el cariño de un bicho indefenso es el truco más viejo de cualquier manipulador de tres al cuarto.

Pero incluso mientras lo formulo, el argumento se me queda flotando en el aire con un peso falso, como una mentira mal contada que ni yo misma soy capaz de tragarme.

El refugio de la mentira corporativa termina de desmoronarse por la noche, al amparo del fluorescente parpadeante de la recepción.

Con la tía Puri durmiendo ya en el piso de arriba y Loki enroscado en la esquina del mostrador como un vigilante nocturno, abro el cajón y extraigo la carpeta que Roi me dejó.

Me centro en la letra pequeña, en los anexos legales que descarté por puro aburrimiento burocrático.

Paso la yema del dedo por las cláusulas de la página trasera, traduciendo los términos jurídicos con la ayuda del buscador del móvil, y llego a la Cláusula 14.

2: plan de contingencia y recolocación de activos humanos .

Me leo el párrafo tres veces seguidas para confirmar que lo estoy entendiendo bien.

—Mira esto, Loki —le susurro, mientras el gato me clava sus ojos fijos—.

Esta cláusula dice que la empresa de Roi se obliga a recolocar o a pagarle una renta a todos los empleados de los negocios que compre si cierran por la reforma.

A todos. Es un agujero de dinero a cargo exclusivo de la promotora.

¿Qué clase de tiburón deja voluntariamente semejante agujero de dinero en un contrato?

Loki ladea la cabeza con atención antes de ponerse a limpiarse una pata a conciencia.

—Me gustaría decirte que es solo papeleo para quedar bien de cara a la galería y que no le monten jaleo en la puerta —continúo en voz baja—, pero es que no acabo de entenderlo. Nadie regala sueldos por pura estrategia de imagen. Hay algo aquí que se me escapa, Loki.

Al día siguiente, cuando sus pasos vuelven a resonar en el terrazo de la recepción, la contradicción ya me está quemando las entrañas.

Se planta frente al mostrador con esa tranquilidad suya que tanto me enciende la sangre y me pregunta, con toda la parsimonia del mundo, si ya me he decidido a venderle el edificio.

Le oigo hablar con esa soltura, con ese tono de quien da por hecho que voy a acabar cediendo, y me entran unas ganas locas de estamparle la grapadora en la frente solo para borrarle la sonrisita.

—Deja ya la tontería y el teatro, Pascual —le espeto, cruzándome de brazos—.

Sé perfectamente de qué va vuestro rollo corporativo.

Venís aquí con vuestra palabrería de buenos samaritanos, fingiendo que os importa el barrio y camelándoos a los cuatro vecinos que se os cruzan por la acera solo para colgaros la medalla de salvadores.

Es una táctica de manual para ablandarme, para que me sienta culpable por defender mi casa y acabar firmando vuestros malditos papeles. Me da asco.

Espero su respuesta rápida, su réplica afilada, el bufido irónico que me devuelva la comodidad de nuestra hostilidad, pero no llega.

Su media sonrisa desaparece por completo, sustituida por una expresión tensa, cansada y violentamente sincera que nunca antes le había visto.

Se le endurece la mandíbula y me mira fijamente, con una voz cortante que parece arrancada a la fuerza desde el fondo del pecho.

—No tienes ni la más remota idea de la presión que estoy aguantando para que este barrio no termine convertido en un parque temático, Garrido —suelta, con una rabia real—.

Si dependiera de la gente que tengo por encima, mi fondo ya se habría retirado de la puja para dejarle vía libre a MacroGrup y a sus excavadoras.

Estoy estirando las negociaciones al límite para mantener el proyecto de conservación de la manzana frente a los planes de demolición de la competencia, y tú te crees que…

Se corta a sí mismo a mitad de la frase, dejando la última palabra flotando en el espacio desierto de la recepción como un trozo de cristal roto.

Cierra la boca de golpe, traga saliva y desvía la vista, apretando los nudillos contra la madera de roble hasta que se le quedan blancos.

El silencio que se instala entre nosotros es espeso, asfixiante, un vacío absoluto donde las tuberías viejas de la pensión parecen enmudecer por primera vez.

Roi recupera la verticalidad con un esfuerzo visible y reubica su tono impecable antes de volver a mirarme.

—En fin. Da igual —dice, y su voz ha vuelto a ser la de siempre: plana, profesional, desprovista de cualquier emoción—. No me pagan por dar explicaciones sobre la gestión interna. Revisa los papeles, asistente. Vendré a por una respuesta.

Se da la vuelta sin esperar mi réplica y camina hacia la salida con paso firme.

Oigo el golpe seco y definitivo de la puerta de la calle al cerrarse a sus espaldas y me quedo clavada detrás del mostrador, con los ojos fijos en el espacio vacío donde hace un momento estaba parado.

La frase incompleta me ronda la cabeza en bucle, taladrándome las sienes sin que pueda rellenar los huecos.

«Si dependiera de la gente que tengo por encima...

Estoy estirando las negociaciones al límite... »

Me dejo caer en la silla de la recepción, con la grapadora todavía en la mano, sin saber muy bien contra quién pensaba usarla hace un minuto.

No ha terminado la frase. No me ha dado el resto. Pero no hacía falta.

Llevo días construyendo un expediente entero sobre este hombre —horarios, rutinas, costumbres, el sitio exacto donde compra el café—, convencida de que cuanto más supiera de él, más fácil me resultaría hacer lo que tengo que hacer. Nadie me avisó de que el efecto podía ser justo el contrario.

Guardo la carpeta con la cláusula 14.2 en el cajón, junto a todo lo demás que ya no sé dónde meter.