CAPÍTULO TRECE
V igilar a Roi Pascual ha dejado de ser una estrategia puramente logística y se está convirtiendo en un ejercicio de masoquismo mental.
Al principio, registrar sus rutinas era una tarea mecánica, el equivalente a rellenar un parte de averías de la pensión: apuntar la hora exacta en que cruzaba el semáforo, el segundo en que saludaba al perro del quiosquero o los minutos que pasaba metido en el bar El Progreso.
Todo formaba parte del plan para encontrar esa rendija perfecta por la que colarse y ejecutar la «eliminación biológica» sin levantar sospechas en la comisaría de Vía Laietana.
Pero la cabeza es traicionera, y cuando pasas demasiadas horas observando a la persona que se supone que tienes que borrar del mapa, el foco empieza a moverse por su cuenta.
Ahora ya no solo busco información útil para el encargo.
Ahora, muy a mi pesar, ha empezado a filtrarse una curiosidad estúpida y persistente que me muerde por dentro.
Quiero saber por qué hace determinadas cosas.
No me cuadra la ecuación. Un tiburón corporativo con capacidad para engullir edificios enteros no pierde tres mañanas seguidas discutiendo sobre un acta de conformidad por un muro desviado tres grados.
Un fondo de inversión de la Diagonal no manda a su activo principal a tomar vino de la casa en vaso de caña corto ni a charlar de fútbol con un paisano en una barra con serrín.
Hay algo en su insistencia que no encaja con la fría palabrería de la «optimización del suelo» que me soltó frente a la mercería.
Qué pretende realmente con esta manzana es la pregunta que se me ha quedado atrancada entre ceja y ceja, y la respuesta ha resultado ser bastante más compleja y enrevesada de lo que dejaban ver sus folios grises.
El primer cabo suelto ha aparecido de la forma más tonta, enterrado en el caos crónico de la recepción de la pensión.
Roi se marchó dejando sobre el mostrador de roble una de sus habituales carpetas de plástico con el membrete del fondo de inversión.
Al recogerla para meterla en el cajón de las cosas perdidas, un par de folios grapados en el reverso se han deslizado hacia el terrazo.
No son las típicas gráficas de rendimiento ni los análisis de viabilidad que suelo tirar a la papelera sin mirar.
Es un correo electrónico impreso, cruzado con un departamento legal externo, donde se menciona repetidamente a una entidad llamada MacroGrup S.A.
junto a un plano comparativo de la manzana de nuestra calle.
En el gráfico de barras adjunto, la propuesta de Roi aparece marcada en verde bajo el epígrafe «Conservación estructural y adecuación comercial», mientras que las columnas de MacroGrup están teñidas de un rojo alarmante con una sola anotación técnica recurrente: «Derribo total y vaciado volumétrico».
Me quedo un buen rato mirando ese papel, con los nudillos apoyados en la madera y el zumbido de la nevera del pasillo como único fondo musical.
Yo no entiendo de finanzas, ni de registros mercantiles, ni de las triquiñuelas legales que usan los fondos para fagocitar barrios enteros, pero la palabra derribo se lee igual en cualquier idioma.
Según estos papeles, el fondo de Roi no es el único que anda rondando las escrituras de la Pensión Garrido.
Hay otro pez mucho más grande, un gigante sin rostro ni el más mínimo interés en mantener una sola viga de madera en pie, compitiendo de forma agresiva por hacerse con el control de toda la acera.
La confirmación definitiva de este rompecabezas no me la dan los documentos confidenciales, sino el propio vecindario.
En este rincón de la ciudad, los secretos no se guardan en cajas fuertes, sino que flotan en el ambiente, mezclados con el olor a cuero y betún del taller de reparación de calzado de la esquina.
Aprovechando que tengo que llevar los zapatos de la tía Puri a que el zapatero les ponga unas tapas nuevas, me quedo de pie junto al mostrador mientras el hombre remata su trabajo con el martillo sobre el banco.
Al mencionar de pasada las exigencias de Inversiones Pascual, el zapatero deja la herramienta a un lado, me mira de frente y suelta el dato sin darle mayor importancia:
—No te enteras de la misa la mitad, muchacha.
Menos mal que fueron él y su grupo los que se quedaron con las opciones de compra de esta zona.
El otro fondo quería tirarlo todo abajo.
Excavadoras, hormigón y apartamentos turísticos.
Pascual aprieta las tuercas, sí, pero al menos sus planos mantienen las fachadas y los contratos de los locales.
Comparado con la alternativa, su proyecto es el único que nos permite seguir aquí.
Salgo de la tienda del zapatero con la bolsa bajo el brazo y los zapatos de la tía Puri con sus tapas nuevas bien sujetas. El peso del cuero reparado no es nada comparado con el aplastamiento que siento en mitad del pecho.
Me quedo un segundo parada en mitad de la acera, obligándome a respirar hondo para que el aire de la calle me baje las pulsaciones de golpe.
A través de la bolsa, las tapas nuevas huelen a goma recién cortada y la reparación va a aguantar otros diez años de caminatas por los pasillos de la pensión.
Es una solución simple, barata y sólida.
Justo el tipo de salida que yo soy totalmente incapaz de encontrar para reconducir mi vida.
Camino de vuelta arrastrando los pies y dándole vueltas a la cabeza a mil revoluciones por minuto.
No puede ser tan sencillo. No me trago que el tiburón corporativo que se planta en mi recepción sea ahora el santo patrón de los comerciantes del barrio.
La idea de que sus discursos sobre la optimización del suelo oculten un plan para mantener las estructuras antiguas me parece una tomadura de pelo.
Lo más probable es que Pascual sea un estratega redomado que sabe perfectamente qué hilos mover para ganarse la simpatía de los vecinos y aislarme a mí como la única que se niega a firmar.
Empujo la puerta de la calle y el golpe seco resuena en el vestíbulo silencioso.
El olor a desinfectante de pino me recibe en el pasillo, pero esta vez paso de largo del mostrador y subo las escaleras hacia el piso de arriba, esquivando el escalón que cruje.
Al entrar en el salón, Loki me mira desde el centro del sofá con esa fijeza analítica tan suya, moviendo apenas la punta de la cola negra contra el cojín.
Dejo la bolsa del taller sobre la mesa de centro y me desplomo a su lado, agarrándolo por las axilas para levantarlo y ponerlo frente a mi cara.
—Estamos en un enredo de tres pares de cojones, Loki —le digo en voz alta—.
Que no me mires así, que es serio. Vengo del zapatero.
Resulta que hay otra empresa llamada MacroGrup S.A.
rondando la acera de las Torrent, y esos sí que quieren meter las excavadoras para levantar bloques de hormigón.
El plan de Roi es el único que respeta las estructuras y mantiene los contratos.
Me quedo un instante callada, mirando fijamente la mancha de humedad del techo mientras asimilo el eco de mis propias palabras.
Decirlo así, en voz alta, me revuelve el estómago por un motivo completamente distinto: me niego en redondo a aceptar una realidad donde Roi Pascual sea el caballero blanco de los comerciantes de la acera.
—O eso es lo que él les ha hecho creer a todos, que es lo que verdaderamente me cuadra —añado, señalando con el índice el cojín donde Loki se acomoda de nuevo —.
Porque a mí no me jodas, ¿desde cuándo a un especulador le importa el patrimonio arquitectónico de barrio o el futuro de una mercería?
No tiene ningún sentido. Es demasiado bonito para ser verdad.
El gato se sacude el lomo con total indiferencia y empieza a lamerse una pata delantera, completamente ajeno a mis sospechas.
—Seguro que se ha enterado de que la otra empresa va detrás de la manzana y está usando la milonga de la «conservación estructural» para ganarse a los vecinos —continúo, bajando el tono de voz—.
Quiere dejarme a mí sola ante el peligro, como la única loca insolidaria que se niega a firmar, y forzarme a entregar la pensión por pura presión social. Es una estrategia de manual.
Loki parpadea despacio desde el sofá, un gesto que en su idioma significa que prefiere que lo deje tranquilo.
—Tiene que haber trampa, Loki —insisto, aunque el gato ya ha dejado de prestarme atención—. Nadie se convierte en el santo patrón de una manzana entera sin sacar algo a cambio. Voy a seguir tirando del hilo hasta encontrar la grieta.
Loki bosteza, se da media vuelta en el cojín y me ofrece la vista de su lomo negro, dando el tema por zanjado desde su privilegiada posición de indiferencia absoluta.
—Ya sé que suena a excusa —murmuro, aunque ya no estoy segura de a quién intento convencer—. Pero como no la encuentre, Loki, vamos a tener un problema todavía más gordo del que teníamos esta mañana.