CAPÍTULO DOCE
S i Roi Pascual cree que me he asustado o que voy a dejar que toque una sola baldosa de esta pensión por el amago de síncope de ayer, es que no tiene ni idea de lo cabezota que puedo llegar a ser.
Pero claro, el tiburón corporativo no ha tardado ni doce horas en volver a asomar la aleta por la recepción.
Apenas he abierto el mostrador cuando el sonido firme de sus pisadas vuelve a resonar contra el terrazo. Se planta frente a mí con la misma carpeta de cuero negro bajo el brazo y esa mirada analítica que me revuelve las tripas.
—Vaya, asistente —suelta, apoyando una mano en la madera con una tranquilidad exasperante—. Veo que has sobrevivido a la experiencia del comedor. Temía tener que negociar la compra del edificio con tu tía Puri.
—Estoy perfectamente, Pascual —respondo, clavándole la grapadora vieja en los folios que acaba de sacar de la carpeta con un golpe seco—. Y las condiciones siguen siendo las mismas. No se vende.
—Ayer no parecías tan tajante cuando te quedaste pálida como un muerto en mitad de la estancia —remata él, enarcando una ceja con esa maldita sonrisa de suficiencia—.
Estuve a punto de llamar a una ambulancia.
O a un exorcista, porque el numerito de suspender la reunión alegando fallos en el sistema térmico estuvo muy bien interpretado.
¿Es tu nueva estrategia para subir la oferta de adquisición?
—Fue una bajada de tensión por no haber comido nada en todo el día, no te creas tan importante —le espeto, entornando los ojos—. No necesito tus tácticas de compasión barata. Si has venido solo para certificar mi estado de salud, ya puedes darte la vuelta.
—He venido porque dejamos los porcentajes de la propuesta a la mitad y yo no dejo los negocios a medias —dice, cruzándose de brazos y sosteniéndome la mirada con una fijeza que empieza a ponerme nerviosa—.
Además, quiero asegurarme de que la propiedad no se derrumba físicamente antes de que pasemos por el notario.
Tienes cara de haber pasado la noche en vela ensayando más excusas dramáticas.
—Y tú tienes cara de no haber recibido suficientes respuestas negativas en tu vida —le devuelvo, apretando los dientes—. Pero no te preocupes, aquí tenemos cuerda para rato.
Roi suelta una risa corta, de esas que no pretenden ser educadas, sino que demuestran que se lo está pasando bien a mi costa.
—Admito que tienes mérito, Garrido. Tu negocio hace aguas por todos lados, ayer casi te desmayas sobre mis zapatos y hoy te levantas con ganas de morder. ¿Viene de serie con el mostrador de roble o te dan un plus por agresividad comercial?
—Viene de serie cuando intentan timarme en mi propia casa —replico, apoyando los nudillos en la madera.
—Una pena —dice él, abriendo la carpeta y dejando deslizar un folio impreso hacia mí—. Porque te traía un desglose de la valoración del suelo que te habría ahorrado tener que saltarte el almuerzo para pagar las facturas. Piénsatelo. Prometo no reírme si decides capitular antes del viernes.
Se da la vuelta con esa seguridad exasperante que tiene, pero justo antes de empujar la puerta de la calle, se detiene y me mira de reojo por encima del hombro.
—Por cierto, asistente. El truco de la bajada de tensión es bueno, pero la próxima vez búscate un escenario que no tenga tus iniciales grabadas a compás justo donde te apoyas. Te quita solemnidad dramática.
La puerta se cierra con su habitual golpe seco, dejándome de piedra tras el mostrador.
El muy cabrón se había fijado en la marca de la mesa.
Y lo peor de todo es que, mientras recojo el folio que me ha dejado, noto una rabia estúpida mezclada con algo que se parece peligrosamente a una sonrisa.
Es un imbécil integral, pero tiene un sentido del humor jodidamente afilado.
Las circunstancias del negocio demuestran que el universo tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Roi Pascual no se ha rendido con la pensión, pero ha cambiado de estrategia: se dedica a traerme de cabeza enviando técnicos de su fondo de inversión a revisar los muros colindantes, peritos del seguro para tasar la fachada trasera y arquitectos con carpetas azules que se pasean por la acera tomando notas.
Y lo peor del caso es que, en cada una de las visitas, él aparece en persona para supervisar los informes, obligándome a tragarme la bilis mientras le abro la puerta de la calle.
La relación no mejora un ápice. Seguimos discutiendo por cada baldosa, pero el roce continuo está haciendo que nos conozcamos demasiado bien como adversarios.
Él se planta en la recepción justo cuando estoy en mitad de mi batalla diaria contra la burocracia del vecindario, rodeada de facturas impresas.
—Buenas tardes, asistente —suelta, apoyando los nudillos en el mostrador de roble con esa tranquilidad exasperante de siempre.
—Pascual —respondo sin levantar la vista de los papeles—. Los de la inspección de humedades ya terminaron. Si has venido a medir el grosor del polvo de las vigas, te informo de que cobramos un suplemento por visita técnica.
—He venido a traerte la notificación oficial sobre el retranqueo de la acera trasera —dice, deslizando un folio por la madera—.
Tu muro del patio sigue desviado tres grados, Garrido.
Legalmente, si no firmamos el acta de conformidad de la finca, los obreros de la manzana no pueden empezar a picar el suelo.
Así que vas a tener que aguantarme un rato más.
Me cruzo de brazos y le clavo la mirada, intentando ignorar el hecho de que este hombre parece tener siempre una respuesta redactada por un equipo de abogados.
—¿Un acta de conformidad? Qué palabrería tan corporativa para decir que me estás pisoteando el terreno —le espeto, entornando los ojos—.
Esta pensión lleva abierta desde antes de que supieras lo que significa la palabra capital, Pascual.
Ese muro ha aguantado tormentas que tu fondo de inversión no podría ni financiar.
Roi suelta una risa corta, de esas que demuestran que mi rabia le da la vida.
—El muro tiene humedades capilares crónicas, Melisa. El valor sentimental de tu abuelo no va a impedir que la hiedra termine de rajar los cimientos si los obreros meten la tuneladora en el pasaje. Solo te pido que colabores para que no tengamos que meter al perito judicial de por medio.
—Colaborar contigo es como pedirle un préstamo a un lobo y sorprenderse de que te pida un muslo a cambio —replico, saliendo de detrás del mostrador para guiarle hacia la puerta del patio.
Caminar a medio metro de él por la recepción me revuelve el estómago por razones que nada tienen que ver con los negocios. Él avanza mirando de reojo las paredes pintadas, con la soltura de quien ya se siente dueño del suelo que pisa.
—Admito que este vestíbulo tiene su encanto si te van las películas donde el protagonista termina descuartizado en un almacén de bajo presupuesto —comenta, deteniéndose ante el acceso del comedor.
—No me des ideas, Pascual. Tengo una garrafa de sosa cáustica ahí dentro para limpiar los atascos y muy mala leche. No me costaría nada encontrarle una utilidad creativa a los dos componentes.
Roi se detiene en seco y se gira despacio, quedándose a un palmo de mí. Para mi desgracia, no se asusta en absoluto. Al contrario, entorna los ojos con una chispa de absoluta diversión.
—Mala leche y peligro químico. Menudo control de calidad —murmura, con una ironía tan rápida que me desarma—. Tomo nota para el informe de riesgos. ¿Siempre tratas así a las visitas o tengo que sentirme insultado de manera exclusiva?
—Es un servicio personalizado para inversores pesados —le devuelvo el golpe, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás.
Él suelta un bufido que es casi una risa franca. Es condenadamente rápido respondiendo, tiene un ingenio afilado que me obliga a mantener la guardia alta y, muy a mi pesar, me resulta bastante más gracioso de lo que jamás querría admitir.
Se nos queda un silencio extraño, una provocación directa que ya no tiene que ver con los planos oficiales ni con las firmas del Ayuntamiento. Él descubre que mi resistencia no es solo un berrinche de orgullo.
Roi da un paso atrás, rompiendo la distancia, y guarda la notificación en su carpeta con esa tranquilidad que me desquicia.
—Ya lo veremos, Garrido. De momento, procura no envenenar a los operarios de la acera. Nos vemos en el próximo asalto de la negociación.
Se da la vuelta y avanza hacia la recepción con paso firme hasta que oigo el golpe seco de la puerta de la calle.
Me quedo quieta en el pasillo, respirando el olor a pino y asumiendo el tamaño del peligro.
Es un tiburón corporativo que viene a demoler mi vida, pero la complicidad está empezando a colarse por las grietas de nuestra hostilidad, y esa maldita grieta me asusta muchísimo más que cualquier amenaza de desahucio.