CAPÍTULO ONCE #2
Una oleada espantosa de náuseas me golpea directamente en la base de la garganta, dejándome un sabor amargo en la boca.
El suelo de terrazo del comedor se convierte de pronto en una masa elástica y pastosa, la vista se me nubla por las esquinas con una ráfaga de puntos negros y las rodillas se me doblan por completo de forma involuntaria, obligándome a abortar el avance de golpe para no desmoronarme allí mismo.
Para evitar estamparme de bruces contra las baldosas, estiro el brazo izquierdo con desesperación y me apoyo a ciegas en el borde tallado de la mesa contigua.
El cuchillo cebollero vibra sutilmente en mi mano derecha, firmemente oculto por debajo del grosor del tablero, mientras peleo activamente por no vomitar sobre el suelo limpio.
Me quedo completamente congelada en esa posición ridícula, respirando a bocanadas por la boca, con la cabeza dándome vueltas como si estuviera subida en una atracción de feria barata.
Bajo las yemas de mis dedos apoyados con fuerza en la madera vieja para mantener el equilibrio, noto un relieve familiar.
Una marca áspera, profunda, que rompe la continuidad del barniz gastado.
Mis dedos reconocen el contorno exacto de la hendidura sin necesidad de mirar: son las iniciales M.G.
que grabé a conciencia con la punta de un compás metálico cuando tenía ocho años, justo un centímetro a la izquierda de la quemadura redonda y ennegrecida que dejó la vela del pastel en el ochenta cumpleaños de mi abuelo, cuando la pensión aún se llenaba de risas y las tuberías no amenazaban con reventar cada martes.
Miro la madera. Veo las letras grabadas. Veo la marca de la vela.
Estoy a punto de degollar a un hombre en la misma mesa donde cenaba con mi abuelo los domingos por la tarde.
Aparto la mano del mueble de golpe, con un espasmo violento, como si la superficie de madera quemara de verdad, retrocediendo un paso trompicado hacia la pared del fondo. El sudor frío me empapa la nuca por completo bajo el pelo.
—¿Melisa? —la voz de Roi me llega distorsionada, amortiguada por el zumbido que tengo instalado en los oídos, pero noto perfectamente que el tono de burla y suficiencia ha desaparecido por completo de sus palabras.
Se ha girado en la silla y me mira fijamente—.
¿Te pasa algo? Estás blanca como el papel.
Escondo el acero inoxidable detrás de mi espalda con un movimiento espasmódico y torpe, apretando los omóplatos contra el papel pintado de la pared para asegurar que la hoja no quede a la vista.
—No —consigo articular tras un esfuerzo supremo, con un hilo de voz que apenas reconozco como mío—. No es... nada. Un mareo tonto. La calefacción está demasiado alta en este lado del edificio.
Roi frunce el ceño, cerrando los folios de la carpeta despacio mientras se levanta de la silla. Me observa con una fijeza analítica en mitad de la oscuridad del comedor, intentando descifrar qué demonios me está pasando en realidad.
—No está puesta la calefacción, Melisa —apunta con calma, dando un paso hacia mí y analizando mi postura rígida—. Te tiemblan hasta las pestañas. ¿Cuándo ha sido la última vez que has comido algo?
—Da igual. No podemos... no podemos valorar esto hoy —digo, apartándome hacia un lado, arrastrando los pies sin despegar la espalda de la pared ni un solo milímetro—. Lo dejamos para otro día. Vete de aquí, por favor. Ya hablaremos.
Roi se detiene a un par de pasos, cruzándose de brazos. No aparta los ojos de mi cara, intentando leer a través de mi respiración acelerada contra el muro.
—Si esto es una estrategia dramática para darme pena y que suba la oferta de compra, reconozco que eres muy buena actriz —dice, aunque su tono ya no tiene la acidez de antes—. Pareces estar a punto de desmayarte sobre mis zapatos nuevos. ¿Seguro que estás bien?
—Que te vayas, Roi. En serio —insisto, apretando el mango del cuchillo detrás de mi espalda con tanta fuerza que me duelen los nudillos—. Mañana te llamo. Hoy no es el día.
Se me queda mirando un segundo largo, buscando alguna explicación lógica a mi amago de síncope en su mente de ejecutivo.
Al final, asume lo obvio: que la presión financiera me ha provocado un ataque de pánico de manual.
Exhala un suspiro corto, regresa a la mesa para recoger la carpeta de cuero negro y camina hacia la salida del comedor, deteniéndose un segundo exacto cuando llega a mi altura.
—Come algo, asistente —suelta en voz baja, mirándome de reojo—. No me sirve de nada comprar un edificio si su dueña se muere de inanición antes de pasar por el notario. Mañana me pasas esos informes.
Cruza el umbral del pasillo sin esperar respuesta y, a los pocos segundos, oigo el golpe seco y definitivo de la puerta principal cerrándose a sus espaldas.
Me deslizo lentamente por la pared del comedor hasta acabar sentada directamente en el suelo frío. Dejo caer el cuchillo cebollero sobre el terrazo; el metal tintinea contra el suelo con un sonido estridente que me taladra los tímpanos.
Me tapo la cara con las dos manos, obligando a mis pulmones a estabilizarse y a mi corazón a bajar de las dos mil revoluciones por minuto.
Me he equivocado estrepitosamente de estrategia, eso es todo.
No ha sido un fallo de voluntad moral, ni una duda existencial sobre si Roi merece o no seguir respirando.
Ha sido un puro y simple fallo logístico.
El método del cuchillo exige una cercanía y un esfuerzo físico para el que mi cuerpo no estaba preparado tras tantas noches en vela.
Solo necesito diseñar una oportunidad mejor.
Una que sea más limpia. Una que no me obligue a acercarme tanto a él.