CAPÍTULO ONCE
S i el cine me ha enseñado algo útil en esta vida, es que los verdaderos profesionales de la eliminación biológica no improvisan en mitad de la calle.
Norman Bates no esperaba a que le pillase el toro en mitad de una acera de Barcelona mientras intentaba camuflarse detrás de una farola gris de hierro forjado de quince centímetros de ancho, ni usaba un periódico arrugado para taparse la cara como si fuera un detective de dibujos animados.
Él tenía un plan en la cabeza, un escenario perfectamente controlado y el arma adecuada descansando en el lugar exacto.
Yo tengo las tres cosas bien atadas esta tarde, o al menos eso es lo que intento repetirme mientras noto cómo los latidos del corazón me rebotan con una violencia ridícula en la base de la garganta.
La oportunidad, mirada sobre el papel, es sencillamente perfecta.
La propuesta formal de adquisición de su fondo de inversión es el cebo ideal.
Él insiste con una parsimonia exasperante en que aceptemos sus condiciones, convencido de que soy demasiado orgullosa para dar mi brazo a torcer.
Si utilizo esos mismos papeles como excusa para llamarlo, vendrá corriendo sin sospechar absolutamente nada.
Es la cobertura impecable para meterlo en mi terreno.
La preparación mental, sin embargo, es otra historia.
He pasado la tarde ensayando el movimiento frente al espejo empañado del baño: retirar el paño de cocina de la mesa auxiliar, cerrar los dedos alrededor del mango del cuchillo cebollero, dar tres pasos rápidos por detrás de su silla y ejecutar.
Me he repetido el mismo mantra una y otra vez, intentando autoconvencerme de que si empleo un método directo, rápido y frío, será algo mecánicamente soportable. Es una simple gestión de daños.
Pero por mucho que mi cabeza intente jugar a los números, el pánico real me está atenazando las entrañas.
Estoy absolutamente aterrorizada. Noto una corriente helada recorriéndome las costillas y las manos me tiemblan tanto que apenas puedo sostener el teléfono móvil.
Tengo la boca pastosa, el estómago hecho un nudo y la certeza absoluta de que el universo me ha acorralado en un callejón sin salida.
Me ha costado tres intentos separar el dedo de la pantalla del móvil antes de marcar su número, pero al final he conseguido mantener la voz firme cuando ha descolgado.
—Quiero que hablemos en privado, sin gritos, para valorar los papeles con calma —le he dicho, tragándome el orgullo con el mismo esfuerzo sobrehumano con el que se traga un polvorón reseco de Navidad sin un triste vaso de agua cerca.
—Vaya, Garrido. Me alegra saber que la terquedad tiene un límite. ¿Qué pasa, te ha apetecido de pronto revisar mis condiciones o es que te aburres detrás del mostrador?
—Prefiero que nos sentemos a negociar como personas civilizadas, Pascual —he respondido, apretando los dientes para no mandarlo a paseo antes de tiempo—. ¿Te va bien venir a las ocho, cuando cerremos el servicio del comedor? Así podremos revisar los folios de la propuesta sin interrupciones.
—Me viene de perlas —ha dicho él, con ese deje de suficiencia que casi he podido oler a través del teléfono—. Me encanta cuando te pones razonable. Nos vemos a esa hora en la pensión. Procura tener los papeles listos.
Su tono ha sido exactamente el de un hombre que ya se ve firmando las escrituras de la Pensión Garrido.
Cree que está ganando la negociación por puro desgaste y que mi resistencia se ha desmoronado ante sus argumentos de manual de economía barata y sus advertencias sobre los peldaños rotos.
Y un hombre confiado, un tiburón que se sabe el rey del acuario, es un hombre con la guardia baja. Eso es lo único que necesito.
Son casi las ocho de la tarde. En circunstancias normales, el comedor de la planta baja estaría registrando el tímido trasiego de algún huésped despistado buscando la máquina de café o preguntando por la contraseña del wifi, pero hoy el universo ha decidido darme una tregua logística: no tenemos ni una sola reserva confirmada para esta noche.
El vacío del edificio se siente como una losa de cemento.
Además, la tía Puri se ha encerrado ya en su habitación con un plato de sopa de fideos y el cerrojo echado.
Hoy emiten el programa especial de su serie favorita, un dramón de época que la tiene completamente abducida y que la mantendrá pegada a la pantalla del televisor hasta la medianoche sin posibilidad de que asome la nariz por el pasillo.
Si estuviera durmiendo en su cama a pierna suelta, cualquier crujido del suelo de madera o el mero tintineo de un cubierto la haría saltar de entre las sábanas con el rodillo en la mano, arruinando la operación antes de empezar.
Pero con la tele a todo volumen y los diálogos resonando en sus paredes, el comedor es un búnker flotando en la penumbra.
Es mi territorio. Está completamente cerrado fuera de horario, desierto y en sombras, salvo por la luz mortecina y amarillenta que se filtra desde el tubo fluorescente del pasillo principal. Todo está bajo control.
Bueno, todo salvo mis propias manos.
Me dirijo a la mesa auxiliar que queda al fondo de la estancia, cerca de la puerta de la cocina.
Sobre la superficie de madera descansa el arma elegida.
No es un destornillador plano de punta gastada ni una garrafa de sosa cáustica.
Es el cuchillo cebollero de tres remaches de la cocina, una pieza de veinticinco centímetros de acero inoxidable que pesa como un demonio y que corta el aire con solo mirarla de reojo.
El mismísimo gemelo del de Psicosis . Sostengo el mango congelado, convenciéndome de que si lo hago rápido y frío, esto será perfectamente soportable. Sin pensar. Sin mirar a los ojos.
El timbre de la puerta principal suena de golpe, quebrando el silencio de la recepción como un disparo de fogueo.
Noto una punzada gélida e incómoda en la boca del estómago, pero me obligo a soltar el aire despacio por la boca mientras salgo del comedor para abrir.
Roi Pascual está plantado en el umbral. Trae la carpeta de cuero negro de siempre bajo el brazo y esa sempiterna sonrisa de suficiencia flotando en los labios.
Exhala un aire que huele sutilmente a la lluvia fina que ha empezado a humedecer el asfalto de la calle.
—Vaya —dice, dando un paso hacia el interior de la recepción y barriendo el espacio con los ojos—. No sabía que las reuniones de negocios de los Garrido incluían tanta solemnidad. ¿Dónde nos colocamos, asistente?
—En el comedor —respondo de inmediato. Mi propia voz me suena extraña, impostada, demasiado alta y seca, como si las palabras salieran del fondo de un pozo de piedra—. Pasa. Está todo libre.
Le guío hacia la estancia. Roi camina con esa soltura exasperante de quien se cree dueño del suelo que pisa, toma asiento en una de las sillas de madera centrales y deja caer la carpeta de cuero sobre la mesa con un golpe seco.
Se reclina en el respaldo, cruza una pierna sobre la otra con parsimonia y me clava esos ojos observadores, esperando a que empiece el espectáculo.
—Bien. Soy todo oídos —suelta, con un deje de diversión que me enciende la sangre—.
Prometo ser compasivo con las condiciones de la venta.
Si quieres conservar los muebles o el suministro anual de desinfectante de pino, podemos incluir una cláusula especial en el contrato. Todo tiene un precio, Melisa.
—No te he llamado para hablar de desinfectante, Roi —digo, manteniendo la distancia.
—Me lo imagino. Aunque admito que me sorprende tu cambio de actitud. Ayer casi me perforas la yugular con la mirada frente a la ortopedia, y hoy me citas para revisar la propuesta. ¿A qué se debe este ataque de realismo financiero?
—A que sé cuándo las cosas no dan más de sí, eso es todo —miento, intentando que no me tiemble la voz—. Espera un momento, voy a coger la copia del documento que me dejaste para comprobar los porcentajes. Está en la mesa de atrás.
—Tómate tu tiempo —responde él, abriendo la carpeta de cuero negro—. Pero te adelanto que los números de la estructura ya los tengo más que analizados. No me vas a rascar diez mil euros más por el estado del tejado.
No le contesto. No puedo permitirme el lujo de seguir picándome con sus comentarios sarcásticos porque mi lengua afilada no me va a solucionar el marrón que tengo encima esta noche.
Me doy la vuelta y me dirijo hacia la mesa auxiliar, dándole la espalda para que no note que el aire se me está quedando atascado en los pulmones.
El pánico empieza a arañarme las costillas por dentro con una fuerza descomunal.
Siento las puntas de los dedos completamente heladas y la boca tan rematadamente seca que me cuesta horrores separar la lengua del paladar para respirar.
Rápido y frío. Tres pasos. Solo necesitas dar tres pasos seguidos antes de que se dé la vuelta.
Alargo la mano derecha. Retiro el paño de cocina con cuidado de que el tejido no haga ruido al deslizarse. Los tres remaches de plata del mango brillan bajo la luz de la lámpara. Lo agarro. El acero está completamente congelado contra la palma de mi mano.
Me doy la vuelta despacio, ocultando la hoja del cuchillo detrás de mi muslo.
Roi ya está concentrado en pasar las páginas de los folios llenos de números y gráficos de rendimiento comercial.
Está a tiro. La distancia es exactamente la que había ensayado en el espejo. Un paso largo. Dos pasos cortos.
—¿Y bien? —pregunta él, sin levantar la vista de los papeles—. ¿Vas a traer esos folios o estás ensayando tu discurso de capitulación ahí atrás? Porque el silencio me está matando, asistente.
Entonces, la habitación entera decide dar un vuelco violento de noventa grados hacia la izquierda.