CAPÍTULO DIEZ
Las primeras anotaciones en la pantalla son puramente numéricas.
Tras el ridículo espantoso que hice pegada a la farola, he dejado las persecuciones improvisadas y me dedico a observarlo desde puntos fijos y discretos, cambiando de ubicación para no llamar la atención: unas veces desde un banco con el móvil pegado a la oreja simulando una llamada, otras resguardada bajo la marquesina de la parada del autobús o disimulando frente a un portal cualquiera.
Mi registro digital no muestra a un oficinista apalancado en una silla, sino a un tiburón que se patea el barrio palmo a palmo.
Su regularidad es la de un asedio: sale a rastrear la zona, se para a fiscalizar los negocios contiguos y dedica las horas a ir amenazando a pobres ancianas indefensas para que le vendan sus locales.
Mirar el mapa de sus movimientos en mi teléfono es ver el diseño de una demolición constante, un bloque de hielo con corbata al que parece que va a ser muy fácil odiar hasta el final.
Sin embargo, el problema de pasar tantas horas observando fijamente al mismo objetivo es que, tarde o temprano, el expediente empieza a mostrar imperfecciones que no esperaba encontrar.
La primera fuga en su armadura de ejecutivo aparece un martes, justo después de recoger su café.
Roi camina mirando al frente cuando, unos metros más adelante, un anciano que avanza en dirección contraria tropieza con el bordillo de una baldosa suelta y pierde el equilibrio hacia delante.
Espero ver al inversor pasar de largo con su habitual indiferencia corporativa.
Pero no lo hace. Se frena en seco, estira el brazo libre con unos reflejos asombrosos y sujeta al hombre por el codo con una firmeza tremenda, sosteniéndolo en el aire hasta que consigue que se estabilice por completo sobre sus pies.
No solo eso: se queda un par de minutos hablando con él para asegurarse de que está bien antes de continuar su ruta.
Me quedo quieta en mi banco, con el pulgar suspendido sobre la pantalla táctil, sintiendo una punzada extraña e incómoda en el estómago.
—Vaya —murmuro para mis adentros, bloqueando el teléfono—. Resulta que el tiburón tiene modales de buen samaritano.
Intento convencerme de que ha sido un acto reflejo.
Una casualidad. Los monstruos también pueden tener buenos reflejos si un anciano se les cae delante.
Pero los detalles personales empiezan a acumularse en los días siguientes de una forma imprevista, emborronando la frialdad de mi expediente práctico.
Descubro, por ejemplo, que tiene manías absurdas que rozan lo infantil.
Cuando llega al cruce peatonal de la esquina, siempre evita pisar las franjas blancas pintadas en el asfalto, dando un sutil saltito para caminar solo por el gris oscuro con una seriedad que resulta casi ridícula en un hombre de su planta.
Descubro también que, a pesar de su traje impecable y su aire de superioridad, tiene una debilidad absoluta por los animales de la calle: cada vez que se cruza con el chucho cojo del quiosquero, se agacha un segundo a rascarle detrás de las orejas, echando a perder toda su postura de empresario inflexible.
Y luego está el asunto de la presión vecinal, un terreno donde pensaba que el tío era inmune a la empatía.
El jueves al mediodía, mientras lo vigilo de reojo disimulando junto a la parada del autobús, veo cómo doña Concha —la vecina más cotilla del barrio, de las que controlan la vida de todo el mundo desde su balcón— lo intercepta en mitad de la acera.
Lleva en la mano el clásico talonario de participaciones de lotería benéfica para la asociación del barrio.
Cualquier fondo de inversión normal habría despachado a la mujer con una sonrisa helada y un «no tengo efectivo, lo siento», que es el manual básico de supervivencia urbana.
Pero Roi frena en seco. Se saca las manos de los bolsillos del traje, escucha con una paciencia infinita toda la explicación sobre la rifa y termina sacando la cartera para comprarle tres papeletas de cinco euros en mano.
Se queda allí plantado, bajo el sol, sujetando el vaso de café con los dientes mientras apunta su nombre con un bolígrafo de propaganda en el resguardo arrugado de la mujer, desarmado por completo ante la insistencia de una anciana.
«14:15 - Pausa de Almuerzo / Control de Calidad».
Es la siguiente anotación que tecleo en mi registro.
Después de pasarse la mañana pateando las aceras, lo lógico para un tipo que viste camisas que cuestan lo mismo que la factura de la luz de toda la pensión sería meterse en un restaurante con estrellas Michelin o pedir un menú ejecutivo con mantel de hilo.
Pero mi pantalla vuelve a llenarse de datos que no cuadran con su personaje.
Roi no sale del barrio para comer. Se encamina directo hacia el fondo de la calle peatonal y se mete en el bar El Progreso , una bodega de toda la vida con azulejos picados, serrín en el suelo y un menú del día apuntado con tiza en una pizarra en la puerta.
Me toca esperar fuera, disimulando frente a una tienda de bombillas.
A través del cristal empañado del bar, veo cómo el camarero —un hombre que lleva sirviendo carajillos desde la Transición— le da una palmada en la espalda a Roi y le sirve directamente un plato de lentejas con chorizo sin necesidad de que mire la carta.
El gran tiburón corporativo, el inversor que viene a derribar nuestra pensión de diez habitaciones, se pasa una hora devorando un guiso casero mientras charla de fútbol con el paisano que tiene al lado en la barra.
Ni rastro de agua mineral de importación; bebe vino de la casa en vaso de caña corto, como si se hubiera criado en esa misma barra de madera.
«17:15 - Despacho de Logística / Trato con Terceros».
Bajo este epígrafe apunto su entrada en el taller de reparación de calzado de la esquina.
Me quedo observando a través del escaparate.
El zapatero, un hombre que apenas levanta la cabeza del banco de trabajo, le entrega un par de mocasines viejos con las suelas cambiadas.
Roi se apoya en el mostrador con total tranquilidad, se guarda los zapatos bajo el brazo y se tira veinte minutos charlando con él.
Por los gestos de los dos y las risas de complicidad, no parece que esté intentando desahuciarlo; habla de tú a tú, sin mirar el reloj con impaciencia y como si fuera un vecino más del barrio.
Cuantas más anotaciones acumulo en la carpeta blindada de mi móvil, más farragoso se vuelve el archivo.
El expediente personal de la «Incidencia Estructural 1» se está convirtiendo en una recopilación detallada de hábitos fijos que se repiten día tras día: su manía infantil con las baldosas en el cruce, la parada obligatoria de cada mañana para rascar al perro del quiosquero, el plato de lentejas con chorizo de los martes en el bar El Progreso y esas charlas perezosas a través de los cristales con los autónomos de la zona.
Reviso la lista completa una vez más a solas, sentada detrás del mostrador de recepción en mitad de la noche, mientras escucho el zumbido constante de la nevera en el pasillo.
Ningún dato de los que he apuntado sirve para nada.
No hay una hora exacta en la que esté completamente solo, ni un callejón fijo, ni una rutina que se repita con la precisión necesaria para planificar nada serio.
Debería estar frustrada. El tiempo sigue corriendo y sigo sin un solo dato que me sirva de verdad.
Pero no es frustración lo que siento al apagar la pantalla. Es otra cosa, más incómoda, que no me apetece nombrar todavía. Guardo el móvil en el cajón del mostrador, bajo llave, como si eso sirviera de algo.