¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

E l espionaje profesional en el cine es una gran mentira financiada por la industria de las gabardinas.

Averiguar dónde encontrarlo ha sido la única parte sencilla de todo este asunto.

Me bastó con sacarle una foto con el móvil a la tarjeta de visita que Roi se dejó en la recepción tras nuestro primer encuentro y buscar su empresa en Google mientras me tomaba el café en la cocina.

La dirección de su oficina de inversiones estaba a dos toques de pantalla.

Son las ocho y media de la mañana y llevo cuarenta minutos apostada frente al edificio corporativo, intentando mantener la verticalidad sobre unas baldosas húmedas.

Me he plantado aquí antes de la apertura por pura estrategia: con el ritmo que lleva el tío, no sé si se va a quedar encerrado entre cuatro paredes firmando informes o si va a salir pitando a las nueve y un minuto a seguir amenazando a pobres ancianas indefensas para que le vendan sus locales.

Tengo que cazarlo en cuanto asome la cabeza.

El problema añadido de mi disfraz es puramente óptico.

Los cristales de plástico de las gafas de Puri tienen más arañazos que el rascador de Loki, lo que reduce mi visión periférica a un borrón grisáceo muy poco operativo.

Cada vez que pasa un camión de reparto, tengo que inclinar la cabeza treinta grados hacia la izquierda para comprobar si la puerta del edificio sigue en su sitio.

A las nueve menos diez, Roi aparece al final de la calle.

Avanza a paso rápido, con su tableta digital bajo el brazo y cara de tener tres reuniones de optimización antes del almuerzo.

Abro el periódico que he cogido de recepción antes de salir y me tapo la cara justo cuando pasa por delante.

La puerta automática de cristal del edificio de oficinas se desliza con un zumbido limpio, Roi cruza el umbral sin reparar en mí y se mete en el bloque. El objetivo está oficialmente dentro.

Y ahora viene la tortura real. Me quedo clavada en la acera, cambiando el peso del cuerpo de un pie a otro mientras veo entrar a un desfile aburrido de administrativos, mensajeros y secretarias.

La incertidumbre empieza a pesarme en los gemelos: no tengo ni la más remota idea de si el tío tiene pensado quedarse atrincherado en su despacho hasta la noche o si va a salir en cualquier momento a por un café o a ir amenazando a pobres ancianas indefensas para que le vendan.

No puedo apartar los ojos de la entrada ni para mirar el móvil; si me despisto dos segundos a mirar la pantalla, el tipo puede escabullirse entre la multitud de la acera y le habré regalado la mañana.

El sol empieza a calentar el asfalto cuando, por fin, las hojas de cristal vuelven a abrirse.

Roi sale a la acera. Camina con ese paso firme y decidido de la gente que tiene un plan de negocio para cada hora del día.

Da un par de zancadas, dobla la esquina a la derecha y se encamina directo a la cafetería moderna de la esquina para pedir un café para llevar.

—En marcha, Garrido —me susurro a mí misma, saliendo de mi escondite con el periódico doblado bajo el brazo.

Mantener una distancia de seguridad de quince metros es relativamente fácil cuando juegas en un mapa vacío, pero en una acera a hora punta es una odisea deportiva.

Roi camina rápido. Jodidamente rápido. Tiene las piernas largas y avanza esquivando a los peatones con la agilidad de un patinador.

Yo, en cambio, tengo que dar tres pasitos cortos por cada zancada suya, arrastrando unas zapatillas que hoy han decidido que les falta agarre en el suelo liso.

A las pocas manzanas, mi falta de visión periférica me pasa la primera factura en directo.

Por ir mirando fijamente la nuca de Roi a través del único trozo limpio de mi cristal izquierdo, no veo venir el carrito de la compra que arrastra una vecina a paso lento.

El impacto es inevitable. Rebotamos de lado, la mujer suelta un juramento en voz alta y yo pierdo el equilibrio, tambaleándome por la acera hasta tener que agarrarme a la primera farola que encuentro para no acabar en el suelo.

—¡Perdone, de verdad, que iba distraída! —improviso a toda prisa, mientras me recoloco la gorra de un manotazo bajo la mirada asesina de la señora, que se aleja refunfuñando entre dientes sobre la juventud de hoy en día.

Cuando levanto la vista, el pánico me sacude las costillas. He perdido el rastro de la camisa blanca. Miro a izquierda y derecha, parpadeando con desesperación, hasta que descubro que Roi no se ha escabullido; se ha detenido en seco frente a un quiosco de prensa a media manzana de distancia.

Me freno en seco para no chocar contra él. Si se gira ahora mismo, me pilla de pleno, así que pego un quiebro rápido a la izquierda y me coloco de cara al escaparate de una ortopedia que me pilla justo al lado.

Me quedo mirando fijamente una exposición de fajas lumbares de color carne y prótesis de silicona para juanetes con una intensidad tremenda, usando el cristal para controlar lo que hace este hombre a mis espaldas.

Roi está pagando una revista financiera con total tranquilidad.

El quiosquero le da el cambio, él sonríe y, en lugar de continuar su ruta en línea recta, se gira sobre sus talones ciento ochenta grados y empieza a caminar exactamente en mi dirección.

El pánico me atenaza los músculos de las piernas. Va a pasar a un palmo de mí.

Sin pensar, empujo la puerta de la ortopedia y me meto dentro del local mientras el tintineo de una campanilla anuncia mi entrada. Un dependiente con bata blanca y cara de aburrimiento me mira desde detrás del mostrador.

—Buenos días —dice el hombre, arqueando una ceja ante mis gafas de sol de tamaño familiar—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Verá… —miro a mi alrededor, buscando desesperadamente un bulto que justifique mi presencia mientras vigilo la silueta de Roi pasando por delante del cristal de la tienda—.

Estaba buscando… un andador de aluminio reforzado con tracción a las cuatro ruedas y frenos de disco.

Para mi tía. Puri. Es que le gusta mucho la velocidad en los pasillos y el modelo básico se le queda corto.

El dependiente se me queda mirando un segundo y, oliendo la posibilidad de colocarme el modelo más caro de la tienda, recupera la sonrisa comercial a la velocidad del rayo. Fuera, la silueta de Roi se aleja calle abajo con total tranquilidad.

—Los de frenos de disco los tenemos agotados ahora mismo, señorita —responde con una amabilidad repentina—, pero tengo uno importado, con cesta de aluminio reforzada y amortiguación dinámica, que le iría de perlas a su tía.

—Me lo apunto. Gracias. Le diré que venga ella a probárselo —escupo, saliendo de la tienda a la velocidad del rayo antes de que me encalome el catálogo entero.

Salgo a la acera de nuevo, sudando por debajo de la gorra.

Roi ya me saca media manzana de ventaja y avanza directo hacia un cruce de calles principal.

Aprieto el paso, casi trotando, intentando esquivar a un grupo de turistas que camina a paso de procesión mirando las fachadas.

Lo tengo a tiro otra vez. Solo un poco más.

De repente, se detiene en mitad del paso de peatones, saca el teléfono móvil del bolsillo y se da la vuelta por completo para mirar hacia atrás, buscando orientación o comprobando el nombre de la calle en la esquina.

Su mirada barre la acera exactamente en mi dirección.

No hay contenedores cerca. No hay más tiendas donde meterme, ni portales abiertos en los que esconderme a toda prisa.

Lo único que tengo a mano es una farola gris de hierro forjado.

En un acto de desesperación absoluta, me pego de espaldas contra el poste metálico, me coloco el periódico abierto delante de la cara y encojo los hombros, intentando convencerme de que una farola de quince centímetros de ancho puede tapar de forma efectiva mi contorno con la sudadera holgada.

Pasan diez segundos agónicos. Noto el frío del hierro en la nuca y el olor a tinta del periódico arrugado en las narices. Al cabo de lo que me parece un siglo, bajo el borde del papel un par de milímetros para mirar por encima de las páginas.

Roi sigue en el cruce. Está mirando su teléfono, pero tiene la cabeza alzada en mi dirección.

No parece enfadado; al contrario, la maldita chispa de diversión que tanto detesto ha vuelto a instalarse en sus ojos.

Se guarda el móvil en el bolsillo, levanta una mano y me saluda con dos dedos desde la distancia, dibujando esa media sonrisa de suficiencia que me revuelve las tripas.

Luego, se da la vuelta, levanta el brazo para parar un taxi que pasa por allí, se mete dentro y el coche arranca, perdiéndose entre el tráfico de la avenida.

Me despego de la farola, doblo el periódico arrugado con las manos temblorosas y me quito las gafas de sol de un tirón.

Estoy empapada en sudor, me duelen los gemelos de dar saltos por las aceras y este hombre se ha marchado dedicándome un saludo de despedida.

Por primera vez, la magnitud del marrón en el que me he metido me cae encima con todo su peso real.