CAPÍTULO OCHO
E l historial de búsqueda de un ordenador es el billete de ida más rápido para la prisión de Can Brians si no se vigila la sintaxis.
He esperado a que Puri se fuera a dormir y me he encerrado en la recepción, con el faldón de la sudadera bajado y la luz de la pantalla iluminándome la cara en la penumbra.
Martínez ya tiene su dinero, el desahucio está paralizado y la pensión vuelve a ser técnicamente nuestra.
El problema es que para mantener este techo tengo que conseguir que Roi Pascual deje de respirar.
Si tecleas en el buscador «cómo matar a un hombre de forma limpia en Barcelona», lo más probable es que salte una alerta en la Jefatura de Vía Laietana antes de que termines de pulsar el intro.
Hace falta astucia. Filtros. Eufemismos que confundan a los algoritmos de la brigada de delitos informáticos.
Apoyo los dedos en el teclado y busco el primer rodeo conceptual: «cómo neutralizar mamífero de ochenta kilos sin dejar rastro biológico».
Los resultados de la pantalla se lo toman por el lado de la ganadería extensiva.
El primer enlace es un foro de veterinarios de Teruel discutiendo sobre el sacrificio humanitario de cerdos sementales mediante descarga eléctrica.
El segundo es un manual de taxidermia avanzada para osos pardos donde explican, con todo lujo de detalles, cómo vaciar las vísceras en una bañera utilizando ganchos de carnicero.
Se me revuelve el estómago y aparto la vista un segundo, buscando el aire de la ventana del patio.
—Vaya asco —le susurro a la pantalla—. Ganchos no. Definitivamente ganchos no.
Borro la línea y pruebo por el lado de la gestión de residuos: «método discreto eliminación volumen orgánico en entorno urbano».
La primera página me devuelve un folleto en PDF del Ayuntamiento de Barcelona sobre la recogida selectiva de muebles viejos y restos de poda industrial.
Según el bando municipal, si dejas un bulto grande en la acera fuera del horario indicado, la Guardia Urbana te puede clavar una multa de trescientos euros.
Me quedo mirando las letras grises. Me río por no llorar.
Imagina cometer el crimen perfecto, limpiar los rastros con sosa cáustica, y que te pillen con las manos en la masa porque los de la limpieza se quejan de que el objetivo no cabe en el contenedor marrón del reciclaje orgánico.
Aquí es donde la cruda realidad del mundillo del asesinato me mete un directo al mentón.
En las películas todo parece una coreografía limpia: el malo aprieta el gatillo, suena música de violines y el plano cambia a la siguiente escena.
Nadie te habla del después. Nadie te explica la logística infernal que viene integrada con un cuerpo sin vida.
No existe el «lo mato y ya está».
Hay un cadáver que pesa exactamente lo mismo que un saco de cemento húmedo y que no colabora para entrar en el maletero.
Hay fluidos que se empeñan en manchar el terrazo.
Hay vecinos cotillas como la señora Ramona que miran por la mirilla si arrastras los pies a deshoras.
Hay forenses capaces de saber qué marca de desinfectante usaste por culpa de un puto miligramo de cloro residual en las baldosas.
Y, sobre todo, hay consecuencias penales que no se arreglan pidiendo perdón ni pagando un suplemento por el aire puro del patio.
Borro la línea del ayuntamiento con un suspiro y decido atacar el problema de los fluidos biológicos. En las series de televisión siempre hay un forense repelente que encuentra una gota de sangre microscópica en el reverso de un interruptor tres años después del crimen.
Tecleo en la barra del buscador: «cómo eliminar manchas de óxido ferroso persistentes en superficies porosas».
El primer resultado me manda a un foro de restauración de suelos antiguos.
Un usuario asegura que el ácido oxálico puro disuelve cualquier rastro de hierro incrustado, pero advierte con mayúsculas que si te pasas con la dosis «te cargas el material original y la superficie se queda blanca como la nieve, cantando a leguas que ahí ha habido un estropicio».
Me rasco la nuca. Maravilloso. Imagina limpiar la escena del crimen tan bien que el suelo se quede decolorada en forma de silueta humana.
El inspector de policía no necesitaría ni usar las luces ultravioletas; le bastaría con ver el dibujo blanquecino para saber exactamente dónde cayó el cuerpo.
—Descartado —murmuro, pasando el cursor al siguiente bloque—. Nada de ácidos que decoloren.
Paso al espinoso asunto del transporte de bultos pesados. Suponiendo que consiga que Roi Pascual deje de respirar en cualquier rincón de Barcelona, en algún momento habrá que sacarlo de allí o moverlo. Pesa unos ochenta kilos y yo tengo la espalda molida de arrastrar colchones viejos.
Pruebo con: «herramientas ergonómicas para el traslado de bultos flácidos de gran tonelaje por escaleras estrechas».
Google decide que soy una empresaria del sector de las mudanzas autónomas o una autónoma de la construcción.
Me ofrece un catálogo de carretillas eléctricas de tres ruedas especializadas en subir sacos de cemento por tramos de escalera de caracol, con un precio de oferta de dos mil cuatrocientos euros más IVA.
Sigo bajando y me topo con un blog de fisioterapia laboral que incluye un vídeo titulado: Cómo mover a un paciente anestesiado sin sufrir una hernia discal .
El fisioterapeuta del vídeo utiliza un maniquí de plástico blando y explica que el truco consiste en «doblar las rodillas, mantener el centro de gravedad del bulto pegado a tu propio pecho y sincronizar los movimientos balanceando la cadera».
Me tapo la cara con las manos de pura vergüenza ajena.
Visualizo la escena: yo en mitad de un callejón o de cualquier habitación, pegada al pecho de Roi Pascual sin vida, haciendo un balanceo rítmico de cadera para mover el cuerpo mientras arrastro los pies a deshoras.
Me meterían en el manicomio por pervertida antes de llegar a la comisaría.
Desesperada, decido buscar algo sobre el blindaje legal y las coartadas. Al fin y al cabo, de nada sirve salvar la casa si voy a pasar los próximos veinte años compartiendo celda en una prisión.
Tecleo: «cómo justificar no haber estado en un sitio a una hora concreta sin testigos presenciales».
Los algoritmos me envían de cabeza a un pozo sin fondo de agencias de detectives privados y páginas de coartadas para infidelidades conyugales.
Hay empresas que se dedican a crearte facturas de hotel falsas, invitaciones a congresos médicos inexistentes y SMS programados desde centralitas extranjeras por cincuenta euros la noche.
Hay un testimonio de un usuario anónimo que dice: «Gracias a su servicio de billete de tren falso, mi mujer creyó que estaba en un seminario en Madrid».
Me froto las sienes. Imagina el panorama ante el inspector de homicidios: «Mire, agente, yo no pude liquidar a Roi Pascual a las diez de la noche porque estaba en un simposio de urología avanzada en Perpiñán, aquí tiene mi folleto y mi ticket de la autopista».
El policía me mandaría al calabozo por imbécil antes de que pudiera terminar de enseñarle el resguardo.
Borro la pantalla. Esto es una locura. Las coartadas digitales dejan rastro geográfico en el teléfono móvil y yo no sé cómo hackear un satélite para que mi señal aparezca en Francia.
Pruebo con la logística material, buscando eufemismos para el veneno. Al fin y al cabo, mi destornillador plano es un arma demasiado íntima, ruidosa y medieval. Tecleo: «sustancias de uso doméstico que alteren el ritmo cardíaco de forma fulminante en mamíferos».
La pantalla parpadea y me redirige a un blog de jardinería ecológica sobre cómo erradicar plagas de topos en plantaciones de patatas sin usar pesticidas industriales.
El autor explica con entusiasmo que las semillas de adelfa machacadas y mezcladas con agua tibia provocan un paro cardíaco inmediato en cualquier animal de sangre caliente que se acerque a morder la raíz.
Me quedo mirando la foto de la planta con los ojos como platos.
El patio interior de nuestra pensión está a reventar de maceteros gigantes con adelfas que Puri lleva regando desde los años noventa porque «dan un color muy alegre en primavera y aguantan lo que les eches».
Siento un escalofrío que me recorre la espina dorsal. Llevo conviviendo con un arsenal químico letal en mi propio pasillo desde que tengo uso de razón y yo preocupada por buscar laboratorios clandestinos o camellos en los callejones oscuros.
—Adelfas —le digo en voz alta a la pantalla, con la voz temblando—. Té de adelfas.
Cierro la ventana de incógnito del navegador antes de que me dé un ataque de pánico real en mitad del vestíbulo.
Apago el monitor, me levanto de la silla de la recepción y subo las escaleras hacia mi piso completamente a oscuras, sintiendo que los peldaños crujen más que nunca.
Me meto en la cama sin desvestirme, con las palabras de la web de jardinería flotando en la penumbra del dormitorio.
No hay vuelta atrás. El fajo de billetes ya está en la sucursal de Martínez, Puri ha dejado de llorar por primera vez en meses y el reloj de treinta días ya está corriendo en mi contra.
Mañana tengo que empezar a vigilar a Roi Pascual para saber a qué hora exacta se toma su maldito café.