CAPÍTULO SIETE
L a mente humana es un mecanismo retorcido. Cruzo el umbral de la pensión a las diez y media de la noche con cincuenta mil euros de dinero negro pegados a las costillas y, por una milésima de segundo, experimento un chispazo de alivio.
Me apoyo contra la puerta cerrada del vestíbulo y suelto una bocanada de aire tembloroso.
Bueno, me digo a mí misma, podría haber sido peor.
Podría haber sido una madre de familia, un chaval inocente o un panadero simpático.
Matar a Roi Pascual —el hombre que viene a desahuciarme, el tiburón corporativo que se ríe en mi cara— parece sobre el papel un trámite bastante más sencillo que liquidar a un completo desconocido.
Pero el autoengaño me dura exactamente lo que tardo en subir los escalones hacia mi piso.
En cuanto cierro el cerrojo de mi vivienda, la realidad me mete un directo al mentón.
Alivio una mierda, Melisa. Tienes que matar a una persona de carne y hueso.
Y tú eres incapaz de aplastar una araña sin pedirle perdón primero.
Me descalzo de mala manera y voy directa al salón. Me dejo caer en el sofá y saco el sobre marrón, esparciendo los fajos de billetes sobre la mesa de centro. Loki aparece al cabo de un momento. Salta con ligereza, se planta ante el dinero y me clava sus ojos fijos, analizando el percal.
—Estamos en un lío monumental, Loki —le susurro, hundiendo los dedos en el lomo del gato—.
Los cincuenta mil del adelanto están aquí.
Pero el objetivo… el objetivo es él. Roi Pascual.
El del banco no, el del traje impecable y la sonrisita de suficiencia.
El universo me ha puesto en bandeja pagar la deuda eliminando precisamente al tío que quiere derribar nuestra casa.
Loki se sienta al lado del fajo más grande, pasa la punta de la cola sobre los billetes y suelta un parpadeo lento.
—Sé lo que piensas. Que es poético. Que es justicia divina.
Pero una cosa es odiarlo cuando se pone chulo en la recepción y otra muy distinta hacer que deje de respirar.
¿Cómo se mata a un hombre, Loki? ¿Se compra veneno por internet?
¿Se le empuja por las escaleras? No tengo ni idea de logística criminal.
Soy una mujer normal. Estoy a esto de devolver el dinero y esperar a que nos echen.
El gato estira una pata delantera y empieza a lamerse las almohadillas con una parsimonia total, ignorando mi amago de arrepentimiento. Para mí, ese desdén es un reproche directo. Es un: «Si devuelves ese sobre, Melisa, el mes que viene estamos durmiendo debajo de un puente, así que espabila».
Paso la noche en blanco, vigilando los billetes como si fueran a evaporarse.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, la realidad se impone.
El fontanero termina de picar el suelo de la primera planta, suelda el tramo de la tubería general y limpia sus herramientas.
Cuando me da la factura de tres mil doscientos euros, saco el fajo de mi sudadera y le entrego los billetes uno a uno ante la mirada atónita de mi tía.
En cuanto el fontanero cruza la puerta de la calle con su caja de herramientas, Puri se me planta delante en el mostrador. Tiene los ojos como platos y el flequillo rígido por la tensión.
—Melisa —me dice, bajando la voz hasta convertirla en un hilo—. ¿De dónde ha salido ese dinero? Por favor, dime que no has vendido un riñón en el mercado negro.
—No lo he hecho porque no encontré comprador para mi grupo sanguíneo, Puri —respondo, forzando un tono ligero mientras recojo el cubo de plástico azul—. Además, con el café que tomo, mi riñón derecho no pasaría ningún control de calidad.
—No me hagas bromas, que me da un síncope aquí mismo —presiona ella, agarrándome del brazo—.
¿Qué fondo privado es ese? ¿Qué te traes entre manos?
¿Le has pedido dinero a algún usurero de esos de la tele?
Mira que esos hombres vienen luego a romperte las piernas si te retrasas un día, Melisa.
Prefiero acabar viviendo en un cajón de cartón antes de que te metan en la cárcel o algo peor.
¿Cómo se llama la empresa? ¿Qué aval te han pedido?
El estómago se me contrae mientras busco una mentira que no suene a película de mafiosos.
—Se llaman… Inversiones del Norte, Puri.
No son usureros, es una entidad crediticia de micropréstamos para empresas familiares en dificultades.
El aval es un porcentaje de las futuras reservas de verano y un recargo sobre el rendimiento del hostal.
Nos da el aire justo para pagar al fontanero y para ir liquidar el descubierto del banco.
De verdad, tía, está todo controlado. Es legal.
Puri se lleva las manos al pecho y rompe a llorar, pero esta vez es un llanto de puro alivio.
Se abraza a mi cuello con fuerza, repitiendo que sabía que lo solucionaríamos, que el abuelo estaría orgulloso de mí y que por fin vamos a poder dormir tranquilas sin miedo a que vengan a ponernos pegatinas con códigos de barras en las camas.
Al notar sus lágrimas húmedas en mi hombro, el dolor del estómago se me estruja un poco más, pero todas mis dudas de la noche se disipan de golpe.
Miro las paredes desgastadas del vestíbulo.
He hecho lo correcto. Haría lo que fuera por mantener esa sonrisa en la cara de mi tía. Lo que fuera.
El sonido del pomo de la puerta al girar rompe el momento de golpe.
Me separo de Puri por puro instinto y me coloco delante del ordenador. Cuando la puerta de la calle se abre por completo, la sangre se me congela en las venas.
Roi Pascual entra en la recepción con la misma tranquilidad exasperante de siempre.
Trae un café para llevar en la mano y avanza por el terrazo con ese paso firme que ahora sé exactamente que tiene los días contados.
Se detiene frente al mostrador, echa un vistazo al techo —donde el goteo por fin ha cesado— y me clava esa mirada suya que antes me irritaba y que ahora me hace sudar frío.
—Buenos días, asistente —dice, apoyando el vaso de cartón en la madera—.
Veo que el ambiente está más seco hoy. ¿Han conseguido domar las tuberías o es que han decidido mudarse antes de que lleguen las máquinas?
Mis socios me presionan, Melisa. El perito del edificio de al lado necesita el informe de viabilidad estructural esta misma semana.
Les sugiero que dejen el orgullo a un lado y miren los papeles que les di. El tiempo corre.
Miro su cuello. Miro la arteria que le bombea suavemente bajo la piel de la garganta.
La cercanía del objetivo me revuelve las tripas, pero sus palabras corporativas vuelven a encenderme la mecha de la rabia.
El tío sigue dando por saco, presionando a dos mujeres solas con sus informes y sus amenazas de derribo urbanístico.
—No se preocupe por el tiempo, señor Pascual —le respondo, entornando los ojos y forzando una sonrisa que me sale completamente gélida—.
Las tuberías están arregladas y la deuda del banco se liquida esta tarde.
No nos vamos a mudar a ninguna parte. De hecho, le aseguro que sus planes para esta manzana van a sufrir un imprevisto muy serio a partir de hoy.
Roi enarca una ceja. Sostiene el vaso de café a medio camino de los labios y me mira con una fijeza que por un segundo me hace temer que haya visto el fajo de billetes a través de mi sudadera.
La chispa de diversión que siempre tiene en los ojos se apaga, sustituida por una curiosidad puramente analítica.
No está acostumbrado a que la víctima le enseñe los dientes con tanta seguridad cuando la tiene acorralada.
—¿Un imprevisto serio? —repite, bajando el vaso lentamente—. Vaya. Me impresiona su optimismo, asistente. No sabía que las empresas de fontanería también ofrecieran asesoramiento financiero milagroso.
—Hay muchas cosas sobre esta pensión que usted no sabe, señor Pascual —le espeto, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Así que disfrute de su café mientras pueda.
Roi ladea la cabeza, dibuja una media sonrisa que vuelve a ponerme los cables cruzados y da un paso atrás hacia la salida.
—Bien. Me alegra saber que no se rinde tan fácilmente. Hace que esto sea mucho más interesante. Nos vemos pronto, Melisa.
La puerta de la calle se cierra a sus espaldas con el clic habitual del pomo de latón.
Me quedo apoyada contra el mostrador de roble, escuchando el silencio que vuelve a inundar la recepción.
Miro fijamente el espacio vacío donde hace un momento estaba plantado su cuello.
La adrenalina me bombea con tanta fuerza en las sienes que casi me marea.
Ya no es una fantasía nocturna con Loki en el sofá; el objetivo ha estado aquí mismo, a un palmo de mi mano, oliendo a café y recordándome por qué tengo que sacarlo de mi mapa.
Puri sale de la cocina secándose los ojos con un pañuelo de papel y me mira con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Mel, cariño… ¿Qué ha sido eso del imprevisto serio? ¿Qué le has querido decir?
—Nada, tía —respondo, dándole una palmadita suave en el hombro mientras agarro mi bolso—. Solo le estaba recordando que las paredes de las Garrido somos bastante más duras de lo que él se cree. Quédate aquí, que voy al banco ahora mismo.
Salgo a la calle con el sobre bien oculto, apretado contra el costado.
La rabia que me ha dejado Roi en el cuerpo actúa como un escudo contra cualquier asomo de culpa.
Voy directa a la sucursal a ingresarle a Martínez lo que debemos para que nos quite la ejecución de encima de una santa vez.
La pensión se salva hoy. Y después, tendré exactamente veintiocho días para planificar cómo cumplir mi parte del trato con el coche gris oscuro.
La confirmación es absoluta. Ya no soy solo la asistente de dirección de una pensión desfasada; ahora soy la mujer que tiene que diseñar el final de Roi Pascual.