CAPÍTULO SEIS
L as aseguradoras no tienen corazón, solo tienen cláusulas en letra de tipo tres que requieren una lupa de joyero para ser leídas.
El perito de la compañía de seguros se ajusta las gafas y da un golpecito con la punta del bolígrafo en el techo desconchado del pasillo de la primera planta.
La llave de paso general del edificio ya está cerrada y el flujo cortado, pero el yeso del falso techo sigue escupiendo un goteo rítmico, sucio y persistente, fruto de todo el agua que se ha quedado acumulada en el forjado.
Yo sostengo un cubo de fregar de plástico azul bajo el punto principal, con el agua calándome los puños de la sudadera.
—Lo siento mucho, Melisa —dice el hombre, guardando el bloc de notas en el maletín con un aplomo que me dan ganas de ahogarlo en mi cubo—.
El informe es bastante claro. No es un siniestro accidental.
Es un escape por degradación de materiales debido a la falta de conservación y al desgaste por el tiempo.
Tuberías de plomo de más de cincuenta años.
La póliza excluye explícitamente los daños derivados de la falta de mantenimiento estructural.
—He tardado tres minutos en localizar la fuga y cortar el agua general —le espeto, señalando las manchas de humedad con el dedo—. El destrozo gordo lo he frenado yo. ¿Para qué pago un seguro de comercio y vivienda si cuando una tubería revienta por vieja se lavan las manos?
—Para accidentes, Melisa. Esto no es un accidente, es el ciclo natural de un metal que debió cambiarse en el siglo pasado —sentencia el perito, dándose la vuelta hacia las escaleras—.
Te llegará la resolución por escrito mañana, pero ya te adelanto que la compañía no se hace cargo ni de la reparación de la fontanería ni de los daños en el falso techo. Buenos días.
El golpe de la puerta de la calle al cerrarse suena a sentencia definitiva.
Me quedo sola en el pasillo, escuchando el ploc-ploc del agua remanente al golpear el fondo del cubo. Puri asoma la cabeza desde las escaleras de la recepción, con los ojos empañados y las manos apretadas contra el pecho.
—¿Qué ha dicho, Mel? —pregunta en un susurro.
—Que nos busquemos la vida, Puri —respondo, arrastrando las palabras—. Que las tuberías son viejas. Que la casa es vieja. Que todo en este puto sitio está caducado.
Puri se da la vuelta sin decir nada, sorbiéndose los mocos, y regresa a su mostrador con los hombros hundidos.
La veo alejarse y se me parte el alma. Esta pensión no es solo mi casa; es la suya.
Puri lleva metida entre estas paredes desde antes de que yo naciera, cuidándome desde que faltaron mis padres y sosteniendo este negocio con una sonrisa aunque todo se fuera a la porra.
Si el banco ejecuta el desahucio, yo aún soy joven y puedo acabar en cualquier sitio, pero ella no tiene a dónde ir.
Se quedaría en la calle, sin un duro, sin jubilación y sin el único hogar que conoce.
Me apoyo contra la pared, mirando las manchas oscuras del techo.
No es solo que no tenga el dinero para pagarle al banco el mes que viene; es que ni siquiera tengo los tres mil euros que me va a pedir el fontanero para picar el suelo, cambiar el tramo general y poder volver a darles agua a los huéspedes de la primera planta.
El edificio se está muriendo por dentro, se está llevando por delante a mi tía y yo solo tengo un destornillador plano que ya no sirve para nada.
Miro el reloj de la pared de la recepción. Son las seis de la tarde. Faltan cuatro horas para las diez.
La duda que me ha tenido desvelada, ese pánico visceral a convertirme en un monstruo por aceptar un encargo de asesinato, se evapora de golpe en este pasillo a oscuras y sin agua corriente.
Ya no hay debate moral que valga. Ya no hay espacio para las reticencias.
El universo me ha acorralado y me está obligando a elegir entre la vida de un desconocido o el futuro de la mujer que me lo ha dado todo.
Y elijo a Puri. Vaya si la elijo.
A las diez menos cuarto le digo a Puri que salgo a dar una vuelta para despejarme la cabeza, dejo que se quede a cargo de la recepción y me echo a la calle.
El intermediario del canal de contratación me ha citado en un parking subterráneo cercano, en la tercera planta, al fondo del todo, junto a la salida de emergencias.
Es un lugar húmedo, que huele a cemento y a gasolina quemada.
Mis pasos resuenan en el hormigón mientras avanzo esquivando los pilares pintados de amarillo.
El corazón me va a una velocidad ridícula, tanto que noto los golpes en la garganta.
No hay nadie esperándome. Solo un coche familiar de color gris oscuro, aparcado de frente, con los cristales tintados y el motor apagado.
Me acerco despacio, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera para disimular el temblor. Justo cuando me planto a dos pasos de la ventanilla del conductor, el cristal eléctrico baja tres dedos con un zumbido limpio. Dentro no se ve casi nada, solo la silueta de un hombre con gorra.
—¿Usuario 404? —pregunta una voz distorsionada por un modulador electrónico, que suena mecánica y fría a través de la rendija.
—Sí —consigo articular, tragando saliva con dificultad.
Una mano enguantada asoma por la ranura de la ventanilla sosteniendo un sobre de papel de estraza marrón, grueso y cerrado con cinta americana.
—Abra el sobre ahora —ordena la voz metálica—.
Cincuenta mil en efectivo dentro, en billetes no correlativos.
Las coordenadas del canal de comunicación están en la primera página.
El resto se entregará al confirmar el deceso.
Tiene treinta días para ejecutar. Mire la documentación y confirme el objetivo.
Agarro el sobre. Pesa muchísimo más de lo que imaginaba.
Con los dedos temblando de forma descontrolada, rasgo la cinta americana allí mismo, bajo la luz mortecina del fluorescente del parking.
Lo primero que asoma es un fajo enorme de billetes atados con gomas elásticas.
Dinero real. Dinero que salva mi casa mañana mismo.
Debajo del fajo hay un único folio en blanco con un par de líneas escritas a máquina y una fotografía de carné grapada en la esquina superior derecha.
Saco el papel. Dirijo la hoja hacia el haz de luz que entra por la rendija de la ventanilla.
Me quedo completamente congelada, con las botas clavadas en la resina del suelo y la respiración suspendida en el aire. El parking entero parece enmudecer a mi alrededor.
Miro la foto una, dos, tres veces, convencida de que el cerebro me está jugando una mala pasada por la falta de sueño. Pero no hay ningún error. La barbilla firme, la mirada tranquila y esa media sonrisa de suficiencia que conozco demasiado bien están clavadas en el papel.
Es él.
Es Roi Pascual. El hombre que quiere quedarse con mi negocio, el hombre al que llevo días odiando y al que detesto con todas mis fuerzas.
La ironía del universo es tan perfecta que da miedo: el dinero que va a salvar mi casa de las garras del inversor consiste exactamente en eliminar al mismísimo inversor.
—¿Confirmado? —presiona el intermediario desde el interior del vehículo, impaciente—. Si se queda el sobre, el contrato entra en vigor. Si abre la boca fuera del canal, está muerta.
Trago saliva, aprieto el fajo contra mi costado y asiento con la cabeza, incapaz de articular palabra.
El cristal de la ventanilla sube de golpe, el conductor arranca el motor con un rugido sordo, mete la marcha atrás y el coche sale del parking chirriando las ruedas, dejándome sola en la penumbra con el retrato del hombre al que acabo de comprometerme a matar.