¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

E l mercado laboral para una mujer de treinta y cuatro años sin experiencia en el sector del bienestar nocturno es implacable.

Estoy sentada en una silla de plástico coja, en el pasillo de un entresuelo que huele a incienso barato y a humedad tapada con ambientador de vainilla. Al otro lado de la mesa, un tipo con demasiados anillos de oro y una camisa abierta hasta el ombligo repasa mi ficha con una mueca de desgana.

—A ver, Melisa —dice, dándole unos golpecitos al papel con una uña larga—. El perfil que buscamos para el centro de masajes orientales es más… juvenil. Fresco. Dinámico. Las chicas que tenemos suelen estar en los veintidós, veintitrés a lo sumo.

—Tengo treinta y cuatro —replico, irguiendo la espalda en la silla—. Y soy extremadamente dinámica. Puedo aguantar turnos de doce horas de pie y tengo una fuerza en los brazos que ya querrían muchas de veintidós. Llevo quince años cargando colchones y moviendo muebles en una pensión.

—Ya, si el vigor físico se te nota —el tipo sonríe de una forma babosa que me revuelve las tripas—.

Pero nuestros clientes buscan otra estética.

Un enfoque más… delicado. Para el masaje con final feliz hace falta una presencia que transmita juventud inocente, ¿me entiendes?

A tu edad, el mercado está complicado para arrancar en esto.

Estás un poco pasada de fecha para el puesto.

¿Pasada de fecha? ¿Vieja? ¿Con treinta y cuatro años? La indignación me sube por el cuello a la velocidad del rayo. Me dan ganas de agarrarle la corbata fina y arrastrarle la cara por su mesa de formica, pero me muerdo la lengua porque necesito el dinero.

—Entiendo —consigo decir, tragando saliva con dificultad—. Pero soy muy resolutiva. Aprendo rápido.

—Lo siento, guapa. Suerte en la próxima —dice, archivando mi solicitud directamente en la papelera que tiene a los pies de la mesa.

Salgo al portal de la calle con las mejillas ardiendo de pura rabia y humillación. Vieja. Me ha llamado vieja un tío que parece un extra de una película de mafiosos de bajo presupuesto.

Este ha sido mi tercer intento desesperado del día.

Por la mañana intenté vender mi pelo en una clínica estética, pero resulta que las mechas caseras que me di en Navidades lo han dejado «demasiado poroso para la venta».

Al mediodía me ofrecí en un desguace para el vaciado rápido de locales nocturnos, pero el encargado me miró las manos y me dijo que no contrataba a gente que pudiera romperse una uña al levantar una viga.

No hay opciones legales. No existen los milagros de treinta mil euros en veintiocho días para una mujer normal que solo sabe arreglar cisternas y cuadrar sábanas.

Camino de vuelta hacia la pensión masticando la frustración, con los puños hundidos en los bolsillos. Al cruzar la plaza que da acceso a nuestra calle, el destino decide rematarme el día.

Roi Pascual sale de una cafetería moderna sosteniendo un vaso de cartón. Lleva su habitual aspecto impecable y avanza con esa seguridad del que tiene la cuenta bancaria llena y el futuro asegurado. Al verme, detiene el paso y me clava esa mirada suya que siempre parece estar analizándolo todo.

—Vaya, asistente —dice, dándole un sorbo a su café—. Tiene usted una cara de pocos amigos que asustaría a cualquiera. ¿Ha vuelto a tener problemas con la velocidad del wifi o es que la barandilla ha decidido ceder del todo?

—No es asunto suyo, señor Pascual —respondo, intentando que no se me note en la voz que hace diez minutos un baboso me ha echado de un antro por estar pasada de fecha—. La barandilla está perfectamente. Y mis amigos son muy selectos, por eso usted no está entre ellos.

Roi ladea la cabeza y me mira con esa chispa de diversión que ya empieza a ser una constante entre nosotros.

—Me alegra ver que la hostilidad sigue intacta —dice, dando un paso hacia mí—.

Aunque esa tensión no es buena para los negocios.

Mis socios me están pidiendo que agilice los trámites.

Mañana mismo tenemos previsto enviar un perito técnico al edificio contiguo para evaluar el impacto de la reforma en la manzana.

Les convendría revisar los papeles antes de que las excavadoras se planten en su acera.

¿Excavadoras? ¿Impacto en la manzana? Noto un pinchazo frío en el estómago.

El tío me está soltando una amenaza de derribo urbanístico envuelta en un vocabulario de oficina técnica.

Quiere acorralarme, quiere asustarme y está usando todos sus recursos para que mi pensión parezca un obstáculo que va a ser demolido por las buenas o por las malas.

—Haga lo que quiera con sus excavadoras, pero de mi acera no van a tocar ni un grano de arena —le espeto, dando un paso al frente para aguantarle la mirada—. No nos va a asustar con sus peritos. Buenos días.

Paso por su lado pegándole un empujón involuntario con el hombro y sigo caminando hacia la pensión sin mirar atrás.

Sé que se ha quedado plantado en mitad de la plaza mirándome, probablemente con esa sonrisita de suficiencia que tanto odio, pero yo solo puedo pensar en los veintiocho días que me quedan, en la papelera del local de masajes y en las amenazas veladas de Roi sobre sus excavadoras.

Al entrar en la recepción, vuelvo a coger el teléfono.

Paso las siguientes cuarenta y ocho horas llamando a empresas de reformas urgentes, portales de empleo rápido y empresas de vaciado de inmuebles, buscando cualquier sustitución o turno nocturno que me permita rascar algo de efectivo.

Nada funciona. Nadie ofrece sumas importantes de inmediato, y la fecha del juzgado sigue grabada a fuego en mi cabeza. No hay alternativas legales.

El jueves por la tarde, aprovechando que Puri ha subido a la habitación 102 a llevarle un par de mantas a la señora Ramona porque se quejaba de frío, me planto sola detrás del mostrador.

El silencio del vestíbulo me oprime el pecho.

Me tiemblan los dedos sobre el ratón al abrir el navegador, buscar en el historial la página maldita de las letras grises y recargar el fondo negro.

El canal de contratación sigue parpadeando. Antes de volverme loca, tecleo una pregunta corta en el recuadro de texto: «¿En qué consiste exactamente el trabajo?».

La respuesta tarda menos de diez segundos en aparecer en la pantalla, escrita con la misma tipografía gris y fría:

«EL TRABAJO CONTIENE RIESGO PENAL ALTO. SE REQUIERE LA ELIMINACIÓN PERMANENTE E IRREVERSIBLE DE UN OBJETIVO EN LA CIUDAD DE BARCELONA. LOGÍSTICA Y RECURSOS A CARGO DEL CONTRATADO. ¿CONFIRMA CAPACIDAD PARA EJECUTAR?».

Me quedo helada, con los ojos clavados en la palabra «eliminación». No es un vaciado pirata de locales. No es una limpieza clandestina. Es un asesinato. Quieren que mate a alguien a cambio de esos cien mil euros.

Siento un mareo repentino y cierro la pestaña del navegador de un manotazo, apartándome del monitor como si quemara.

Subo las escaleras hacia mi piso con el estómago revuelto, me encierro en el salón y me dejo caer en el sofá.

Loki se acerca despacio, se sube a mis piernas y se acomoda mirándome fijamente.

Le pongo las manos heladas sobre el lomo.

—Quieren que mate a alguien, Loki —le digo en voz alta, y la palabra me sale de la boca como un trozo de cristal—. Cien mil euros por eliminar a una persona en Barcelona. No es limpiar un local de madrugada ni vaciar un piso pirata. Es un asesinato de verdad.

El gato entorna los ojos y mueve la punta de la cola, manteniéndose firme sobre mis muslos.

—Sé lo que me vas a decir. Que estoy loca, que está mal, que es una monstruosidad.

Y tienes razón. Soy incapaz de hacerle daño a nadie, si el mes pasado me pasé tres días disgustada contigo porque te pisé sin querer una pata en la cocina.

¿Cómo voy a ser capaz de quitarle la vida a alguien?

No sé cómo se hace eso, Loki. No soy una criminal.

Loki suelta un pequeño maullido sordo, estirando el cuello hacia mi mano para que siga acariciándolo.

—Pero no tengo otra salida —continúo, y noto cómo la voz me tiembla mientras lo miro—.

Es esto o la calle. Es esto o ver cómo el banco nos quita la pensión el mes que viene y cómo ese imbécil de Roi Pascual mete aquí sus excavadoras para reírse de nosotros.

Si acepto, será solo una vez. Una sola vez, Loki.

Hago el trabajo, cobro, limpio la deuda con el banco, salvamos la casa y volvemos a nuestra vida normal de sábanas y averías como si nada hubiera pasado.

Una mala decisión para rescatar todo nuestro futuro. Solo una. Tienes que entenderlo.

El gato parpadea despacio, un gesto que decido interpretar como una tregua o un pacto de silencio en mitad de mi propia locura.

Paso la noche entera en vela mirando al techo, digiriendo el peso de mis propias palabras.

Al día siguiente, en cuanto Puri sale a hacer los recados de la compra, bajo de nuevo a la recepción.

Entro en la web por última vez. Mis dedos se mueven firmes sobre el teclado, impulsados por la falta absoluta de opciones.

No acepto el encargo todavía, pero sí doy el paso definitivo. Tecleo las coordenadas y la confirmación para el siguiente paso del protocolo. Pulso intro y leo el último mensaje antes de que la pantalla quede limpia:

«CITA CONCERTADA. ENCUENTRO PERSONAL MAÑANA A LAS VEINTIDÓS HORAS. SE ENVIARÁ LOCALIZACIÓN».