CAPÍTULO CUATRO
E l motor de búsqueda de Google no está diseñado para la desesperación absoluta.
Si tecleas «cómo conseguir treinta mil euros en veintinueve días», los tres primeros resultados son anuncios de créditos rápidos con unos intereses que harían palidecer a la mafia calabresa.
Los siguientes cinco son blogs de autoayuda financiera que te aconsejan dejar de comprar cafés para ahorrar un millón de euros en tres siglos.
—Inútiles —mascullo.
Puri se ha ido a casa a llorar en silencio y yo me he quedado sola frente a la pantalla, con el fluorescente parpadeando sobre mi cabeza y el estómago hecho un nudo.
Borja y Nayara ya han hecho el equipaje y se han marchado directos a la oficina de turismo a poner la reclamación, prometiendo el apocalipsis digital para nuestra cuenta de TripAdvisor.
Vuelvo a teclear, bajando el listón de mis principios éticos: «trabajos urgentes dinero negro Barcelona».
Aparecen los sospechosos habituales. Portales de anuncios clasificados llenos de ofertas para repartir publicidad por tres euros la hora o masajistas nocturnos sin experiencia.
Sigo bajando, pasando a la tercera página de resultados, ese lugar lúgubre de internet donde nadie entra a menos que esté a punto de perder su casa.
Entre un anuncio de tarot telefónico y un foro de esoterismo, aparece un enlace escueto, sin descripción ni adornos.
Solo una dirección web extraña, un bloque de letras y números que termina en una extensión que no reconozco.
El título del enlace dice: «Resolución de problemas complejos.
Discreción absoluta. Presupuestos altos».
—Problemas complejos —le digo al vacío—. El mío es de campeonato.
Hago clic. La pantalla tarda tres parpadeos agónicos en cargar una página completamente negra.
No hay menús, no hay imágenes, no hay logotipos.
Solo una tipografía gris, militar, colocada en el centro de la pantalla.
Parece una web de esas cooperativas clandestinas de reformas o algún tinglado de vaciado de pisos de dudosa legalidad.
Justo el tipo de peligro en el que necesito meterme si quiero pagar al banco.
En el centro del fondo oscuro, aparece un recuadro de texto precedido por una sola pregunta:
«Para una eliminación total y sin dejar rastro biológico en superficies porosas, ¿cuál es el agente de disolución idóneo para neutralizar el tejido antes de la fase ácida?».
Parpadeo dos veces frente al monitor. ¿Agente de disolución? ¿Superficies porosas?
—Vaya mierda de filtro de seguridad —refunfuño, apoyando los codos en la madera—. Es sosa cáustica de toda la vida, ignorantes.
Cualquiera que haya tenido que desatascar la tubería general de la planta baja de la Pensión Garrido después de que un grupo de estudiantes franceses confunda el váter con un contenedor de residuos sabe eso.
La sosa se come el pelo, la grasa, la materia orgánica y las tuberías si te pasas de frenada.
Llevo usando ese polvo blanco en cubos industriales desde los dieciocho años para limpiar los desagües del patio.
Tecleo la respuesta en el recuadro, utilizando el término técnico que viene en las garrafas que compramos al por mayor: «Hidróxido de sodio».
Le doy a la tecla de intro esperando que la página me mande a freír espárragos o me salte un virus informático. En lugar de eso, la pantalla parpadea en verde. El recuadro desaparece y emerge un mensaje corto, directo, escrito en letras mayúsculas:
«CÓDIGO DE ACCESO VALIDADO. BIENVENIDO AL CANAL DE CONTRATACIÓN.
TRABAJO DISPONIBLE EN ZONA METROPOLITANA DE BARCELONA.
REMUNERACIÓN: CIEN MIL EUROS. CINCUENTA POR CIENTO AL INICIO, CINCUENTA POR CIENTO AL CIERRE.
OBJETO A ELIMINAR: POR DETERMINAR. CONFIRME DISPONIBILIDAD PARA ENCUENTRO PRESENCIAL».
Me quedo pegada a la silla, parpadeando ante la cifra.
Cien mil euros. Cincuenta mil por adelantado.
Eso no solo liquida la ejecución del banco y nos quita el desahucio de encima; eso salva la pensión y me devuelve la vida de un plumazo.
La pantalla sigue brillando en la penumbra de la recepción, ofreciéndome una salida de la que no sé absolutamente nada, salvo que es turbia, ilegal y que me viene asombrosamente grande.
Cierro la ventana del navegador de un manotazo, con el corazón golpeándome las costillas. Necesito salir de aquí. Necesito que me dé el aire en la cara antes de cometer la mayor estupidez de mi vida o de contestar a ese mensaje confirmando que estoy dispuesta a reunirme con un desconocido.
Pongo el cartel de «vuelvo en diez minutos» sobre el mostrador, cierro la puerta de la calle con llave y salgo a la acera. El sol de la tarde calienta el asfalto, pero yo llevo el frío metido en el cuerpo. Camino sin rumbo, intentando digerir esos cien mil euros.
No llego a avanzar tres manzanas. Al doblar la esquina de la calle peatonal, me detengo en seco al reconocer una silueta que se me ha quedado grabada a fuego.
Roi Pascual está plantado en la acera de enfrente, justo delante de la fachada de la mercería de las hermanas Torrent, un negocio de toda la vida.
Sostiene una tableta digital en la mano, señalando con el dedo el escaparate de madera noble donde descansan los encajes y los botones.
A su lado, la señora Montserrat, con un pañuelo arrugado entre las manos, lo escucha con la cabeza baja.
—Es una cuestión de optimización del suelo, Montserrat —le llega la voz de Roi, nítida y desprovista de cualquier emoción—.
El comercio de barrio ya no es competitivo en este distrito.
Mantener este local abierto solo les genera pérdidas mensuales.
Mi propuesta les garantiza una jubilación tranquila y la oportunidad de que este espacio se transforme en algo productivo para la nueva demanda de la ciudad.
La mercera asiente con resignación, limpiándose una lágrima antes de darse la vuelta y entrar en su tienda arrastrando los pies.
Me quedo paralizada en la acera, con los puños apretados dentro de los bolsillos de la sudadera.
Noto cómo la sangre me hierve. El tío no tiene suficiente con querer derribar la pensión de mi abuelo; es un depredador en serie.
Se dedica a recorrer el barrio buscando comercios ahogados para asfixiarlos con su palabrería corporativa de «optimización» y «nueva demanda».
Viene a devorar la identidad de nuestras calles para llenarlas de sus franquicias clonadas.
Roi apaga la tableta, se gira y clava la mirada directamente en mí. Al descubrirme espiándolo, no muestra la más mínima vergüenza. Al contrario, relaja los hombros y esboza esa sonrisa de suficiencia que me revuelve las tripas.
—Vaya, la asistente de dirección —dice, cruzando la calle hacia mí con paso tranquilo—. No sabía que su agenda incluía labores de vigilancia vecinal. ¿Ha venido a ver cómo trabaja un profesional de verdad?
—He venido a comprobar si su falta de escrúpulos tiene un límite, pero veo que no —respondo, clavando los talones en el suelo y manteniendo los puños hundidos en los bolsillos—.
Lo suyo es patológico. ¿No tiene suficiente con acosar a mi propiedad?
¿También tiene que ir por ahí haciendo llorar a las ancianas del barrio para engordar su cartera de inversiones?
Roi se detiene a un par de pasos de mí. Guarda la tableta digital bajo el brazo y mete las manos en los bolsillos con una calma que me dan ganas de gritar.
—Se equivoca de cabo a rabo, asistente —dice, mirándome desde arriba con esa tranquilidad exasperante—.
Las hermanas Torrent llevan tres años acumulando pérdidas y dolores de espalda.
Mi propuesta les permite jubilarse con un colchón económico que no habrían visto en su vida vendiendo botones de nácar.
Yo no hundo negocios, Melisa. Les doy una salida estratégica antes de que el mercado los barra por completo.
—Una salida estratégica —repito, soltando una risa amarga—. Qué bonito suena en su cabeza. Es un buitre con traje de diseño, Pascual. Va por ahí oliendo la desesperación de la gente de toda la vida para quedarse con sus locales a precio de saldo.
Roi dibuja una sonrisa leve, ladeando la cabeza de una forma que demuestra que mis insultos le resbalan por completo. Es más, diría que le divierten.
—El sentimentalismo no paga las facturas de la luz ni reforma los edificios antiguos —replica, dando medio paso hacia delante—.
El mundo avanza. Los que se empeñan en mirar hacia atrás terminan pisando en falso.
Piénselo. La oferta que dejé ayer en sus manos sigue en pie, pero la paciencia de mis socios no es infinita.
—Puede decirle a sus socios que se metan la oferta por donde les quepa —le espeto, dando un paso atrás para romper las distancias.
Le doy la espalda antes de que pueda soltar otra de sus frases de manual de economía y arrastro los pies de vuelta hacia la pensión.
La rabia me quema el pecho con tanta fuerza que casi puedo olvidar el frío del desahucio bancario.
El tipo es un monstruo frío, calculador y corporativo.
Alguien que merece que le desmonten los planes pieza por pieza.
Cuando vuelvo a entrar en la recepción, el silencio del vestíbulo me cae encima como una losa.
Me quedo parada detrás del mostrador, mirando la pantalla parpadeante donde ya no queda ni rastro de la oferta ilegal de los cien mil euros.
Me apoyo en la madera con las manos temblando de pura impotencia, con las palabras de Roi repitiéndoseme en bucle en la cabeza mientras la cuenta atrás del juzgado sigue corriendo en mi bolsillo.