CAPÍTULO TRES
L a realidad tiene un tacto frío, plano y cortante, igual que el folio que el procurador del juzgado me acaba de dejar sobre el mostrador de recepción.
Puri se ha tapado la boca con las dos manos, con los ojos fijos en el membrete oficial del documento. La pantalla de tubo del ordenador sigue emitiendo su zumbido habitual, pero ahora suena a cuenta atrás.
—Treinta días —consigo articular, sintiendo la garganta completamente seca—. Nos dan treinta días, Puri.
—Mel, cariño… ¿Treinta días para ponernos al corriente con el descubierto del préstamo?
—La voz de mi tía tiembla tanto como su flequillo—.
Pero si no tenemos ese dinero en la caja.
Aunque llenemos las habitaciones las próximas semanas, entre lo que se llevan las plataformas de reservas y los gastos corrientes, no juntamos esa cifra ni de broma.
Paso la yema del dedo por la firma del juez.
El préstamo que pedimos para cambiar la caldera del edificio ha sido el último clavo de nuestro ataúd financiero.
El banco se ha cansado de esperar los plazos atrasados del último año y ha ejecutado la garantía.
Si el día veinte del mes que viene no ingresamos la totalidad de lo que nos reclaman, se ejecuta el desahucio.
Fin de la Pensión Garrido. Fin de mi casa. Fin de los recuerdos de mi familia.
No hay banco que me vaya a escuchar ahora. El departamento de riesgos ya ha tomado su decisión y un destornillador plano no sirve para frenar a un secretario judicial. Necesito mucho dinero y lo necesito ya. Un milagro de los grandes.
El sonido del pomo de la puerta al girar me hace dar un respingo.
Me guardo el papel judicial detrás de la espalda por puro instinto defensivo. Al levantar la vista, la rabia me sube directamente al cuello al ver quién acaba de entrar.
Roi Pascual avanza por el terrazo con la misma tranquilidad exasperante de ayer. No trae ninguna carpeta gris, ni trajes oscuros, pero su sola presencia en este momento exacto se siente como una burla del destino. Viene con cara de tener todo el tiempo del mundo y ninguna prisa.
Se detiene frente al mostrador y me mira fijamente, bajando la vista un segundo hacia mi postura forzada.
—Buenos días, asistente —dice, con esa media sonrisa que me dan ganas de estamparle la grapadora rota en la frente—. Veo que hoy no hay papeles volando por la recepción. Es un avance.
—No tengo tiempo para sus bromas, señor Pascual —respondo, pegando la espalda al mostrador para asegurarme de que el papel del juzgado no asome ni un milímetro—. La dirección está ocupada. Si ha venido a traer más folios grises, los puede dejar en la papelera, con los de ayer.
—No he venido a traer folios, Melisa. He venido a ver si ha recapacitado —dice, apoyando un codo en el mostrador con una tranquilidad que me revuelve el estómago—.
Sé que es una decisión difícil, pero a veces hay que saber cuándo retirarse antes de que la situación se vuelva insostenible.
Aceptar mi propuesta es la única forma de que salgan de aquí con la cabeza alta.
«Antes de que la situación se vuelva insostenible». Lo sabe. No sé cómo, pero el tío sabe que el banco nos tiene contra las cuerdas y está relamiéndose, esperando a que nos ahoguemos para quedarse con la casa por cuatro euros.
—Esta pensión es perfectamente sostenible —escupo, entornando los ojos—. Lo que es insostenible es su insistencia. Le dije ayer que no vendemos y se lo repito hoy. No necesitamos que ningún fondo de inversión venga a rescatarnos con limosnas corporativas.
En ese momento, las escaleras de madera crujen con su quejido habitual y la señora Ramona empieza a bajar con su paso vacilante de los ochenta y siete años, agarrada a la barandilla desvencijada con las dos manos.
Roi se gira al escuchar los pasos y observa a la anciana.
Luego, vuelve a mirarme a mí con el ceño ligeramente fruncido.
—Señora, tenga mucho cuidado con los tres últimos peldaños —le dice Roi en voz alta, con un tono firme—. Esa madera está completamente cedida por debajo y el apoyo no es seguro. Si no se va con pies de plomo, el susto va a ser inevitable.
La sangre me da un vuelco. Me inclino sobre el mostrador, con los nudillos blancos de la rabia, fulminándolo con la mirada.
El muy desgraciado no solo está criticando las deficiencias de mi hostal en mi propia cara para llamarme incompetente; ahora está utilizando a mis clientes habituales para amedrentarme.
Está amenazando a una anciana con que se va a romper la crisma si yo no le firmo sus malditos papeles de compra.
—¡Deje en paz a Ramona! —le espeto en un susurro furioso, cuidando de que la mujer no me oiga—. Las escaleras de esta pensión están perfectamente. Si alguien se va a llevar un susto aquí, va a ser usted como vuelva a meterse con mis huéspedes.
Roi parpadea, mirándome con una mezcla de desconcierto y absoluta incredulidad.
—Solo le estoy diciendo que se agarre bien porque la estructura necesita un mantenimiento urgente antes de que ocurra una desgracia, asistente —replica él, bajando la voz y cruzándose de brazos—.
Es una simple cuestión de seguridad. Pero veo que prefiere ignorar los puntos débiles hasta que sea demasiado tarde para arreglarlos.
«Antes de que ocurra una desgracia». «Demasiado tarde para arreglarlos».
Cada palabra que sale de su boca es un ultimátum velado.
Es el lenguaje sutil de los mafiosos de los negocios: o me vendes el edificio por las buenas o veré cómo hacer que tu vida aquí sea un infierno de inspecciones, accidentes y cierres.
Quiere asfixiar el legado de mi abuelo y quedarse con nuestro solar a precio de saldo aprovechándose de nuestra desesperación.
—Sé perfectamente lo que está haciendo, señor Pascual —digo, con la voz temblando por el esfuerzo de no gritar—.
Y no va a funcionar. La propiedad tiene recursos de sobra para mantener este edificio en pie cien años más.
Así que haga el favor de salir de mi recepción antes de que llame a la policía por acoso.
Roi me sostiene la mirada unos segundos. No parece asustado; de hecho, esa maldita chispa de diversión vuelve a asomar en sus ojos oscuros, como si mi ataque de furia le resultara el entretenimiento más fascinante de la semana.
—Como quiera, asistente —dice, dando un paso atrás hacia la salida—. Pero recuerde que el tiempo corre. Y las oportunidades de tener un trato justo no duran para siempre.
La puerta se cierra y me quedo sola con Puri, que me mira con los ojos como platos. Saco el folio arrugado del juzgado de detrás de mi espalda y lo dejo sobre el mostrador. Las manos todavía me tiemblan.
—¿Has visto? —digo, señalando la calle con el dedo—. El tío viene aquí a amedrentar a nuestros huéspedes. A decirles que se van a matar en la escalera. Es una estrategia de manual para hundirnos la reputación desde dentro y obligarnos a firmar. Qué cabrón. Qué pedazo de cabrón.
—Mel, cariño, yo creo que el chico solo quería que Ramona no se cayera... —empieza Puri, pero no la dejo terminar.
—¡Eso es lo que él quiere que pienses! Es manipulación psicológica de alta escuela, Puri.
No me da tiempo a desarrollar mi teoría conspirativa.
El arrastrar de unas chanclas de piscina sobre el terrazo anuncia la llegada del segundo dolor de cabeza del día.
Borja y Nayara, los influencers de la 206, bajan las escaleras a paso de tortuga.
Él viste un chándal de marca que cuesta más que nuestra caldera nueva y sostiene el teléfono móvil en alto, buscando cobertura como quien busca agua en el desierto.
Ella lo sigue con los brazos cruzados y cara de haber masticado un limón.
—Oye, de verdad, esto es un troleo masivo —dice Borja, plantándose ante el mostrador sin molestarse en saludar—. Llevamos dos horas intentando subir un vídeo de colaboración con una marca de batidos détox y el wifi va a pedales. Esto es un entorno hostil para el teletrabajo, en serio.
—Ayer nos dijiste que el wifi era «vintage» —interviene Nayara, clavándome una mirada llena de superioridad estética—.
Pero una cosa es ser vintage y otra que la velocidad de bajada sea del siglo pasado.
Mis seguidores están esperando el directo del «unboxing» de los cosméticos y nos estáis jodiendo el compromiso del canal. El algoritmo no perdona.
Respiro hondo por la nariz. Noto cómo el labio superior me tiembla ligeramente.
Tengo un ultimátum de desahucio de treinta días en el bolsillo, un inversor arrogante intentando quedarse con mi casa y dos personas de veintitantos años bloqueando la recepción porque no pueden enseñar botes de crema en internet.
Mi lengua afilada, que ya venía caliente de la discusión con Roi, se suelta del todo.
—Miren, chicos —digo, entornando los ojos y forzando una sonrisa que debe de parecer la de un psicópata—.
Siento muchísimo que el algoritmo sufra por los cosméticos.
Pero les aseguro que el wifi funciona perfectamente para las cosas importantes de la vida, como mirar el correo electrónico o buscar un billete de tren de vuelta.
Si sus batidos détox necesitan más megas para salvar el mundo, les sugiero que salgan al patio interior, se suban a la duna de escombros de la reforma y levanten los brazos.
A lo mejor así captan la señal del satélite.
Borja parpadea, completamente descolocado. Se mira la pantalla del teléfono y luego me mira a mí, como si acabara de hablarle en arameo.
—¿Nos estás vacilando? —pregunta, indignado.
—Para nada —interviene Puri, intentando salvar los muebles con una sonrisa nerviosa que solo empeora las cosas—. Mel se refiere a que el patio tiene muy buena ventilación. Y el aire de Barcelona abre mucho la mente para la introspección.
—Esto es surrealista —sentencia Nayara, sacando su propio teléfono de inmediato—. Nos vamos a ir ahora mismo. Pero que sepáis que os va a caer una crítica en TripAdvisor que va a hacer que este sitio parezca una película de terror. Os vamos a hundir el negocio en las redes.
—¡Esperad, no os vayáis así! —suplica Puri, estirando los brazos sobre el mostrador.
—Déjalos, Puri —le digo, cruzándome de brazos mientras los veo darse la vuelta hacia las escaleras para ir a hacer las maletas—. Si quieren ponernos una estrella, que la pongan. El cielo está lleno de ellas y la pensión sigue en pie.