¡Muere, Cabrón! CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

E l sonido de la puerta de la calle al abrirse es diferente al de todas las mañanas.

No es el golpe seco de la señora Ramona al salir a por el pan, ni el arrastrar de pies de los influencers buscando cobertura en el rellano.

Son unas pisadas firmes que avanzan por el terrazo directo hacia el mostrador.

Me pillo el dedo índice con la grapadora vieja al levantar la vista.

—¡Joder! —mascullo, metiéndome el dedo en la boca mientras intento mantener la dignidad ante el desconocido que se planta frente a mí.

El tipo no se parece en nada a nuestros clientes habituales.

Se detiene justo al lado de la esquina donde el papel pintado de flores ha decidido independizarse de la pared y echa un vistazo al vestíbulo.

Es un hombre indiscutiblemente atractivo, de esos que hacen que te des cuenta de que llevas una sudadera manchada de café antes de que él llegue a mirarte.

—Buenos días —dice, con una tranquilidad que me irrita—. Busco a la persona encargada de la gestión del edificio.

Me saco el dedo de la boca y me apoyo en el mostrador de roble, cruzando los brazos para tapar el churrete del desayuno.

El estómago se me contrae. Con la llamada que recibimos ayer del banco, este hombre solo puede significar una cosa: es el cobrador que viene a ejecutar el desahucio. No pienso ponérselo fácil.

—La encargada no está disponible en este momento —miento sin pestañear—. Pero soy la asistente de dirección. Puede hablar conmigo y yo le pasaré el recado cuando vuelva.

El hombre enarca una ceja. Mira la grapadora desvencijada, luego el monitor de tubo del ordenador que emite un zumbido constante y, finalmente, vuelve a mirarme con una chispa de diversión.

—Bien, asistente —dice, apoyando una mano en la madera—. Mi nombre es Roi Pascual.

—Mucho gusto, señor Pascual —respondo, manteniendo los brazos cruzados—.

Si viene por algún asunto de facturas, cobros o cualquier tema del banco, le informo de que la dirección lleva esos asuntos de forma externa.

Puede dejarme una tarjeta y yo se la haré llegar a la propiedad en cuanto sea posible.

Roi sonríe de lado, mirándome con una fijeza que empieza a ponerme nerviosa.

—No vengo por ninguna factura, asistente —dice, desviando la vista hacia el techo de la recepción—. Aunque viendo el panorama, no me extraña que sea su primera línea de defensa. Este vestíbulo huele a humedad y a decisiones financieras cuestionables tomadas en los años setenta.

Noto cómo la uña del dedo que me acabo de grapar se clava en la palma de mi mano.

—Es desinfectante de pino —replico, entornando los ojos—. Y a nuestros clientes les encanta. Le da un toque rústico que dudo mucho que entienda alguien que confunde una pensión familiar con una oficina de embargos.

—¿Rústico? —Roi suelta una risa corta—. Si por rústico se refiere a que la barandilla de la escalera se tambalea cada vez que sube alguien, entonces sí, es idílico. No vengo a cobrar nada. Vengo porque estoy interesado en el edificio. En comprarlo, principalmente.

Me quedo helada, con los nudillos apoyados en la madera.

—¿Comprar el edificio? —consigo articular.

—Sí. La estructura es aprovechable, pero la gestión actual es comercialmente inviable.

El negocio está obsoleto, las críticas en internet son un castigo y competir hoy en Barcelona con un sistema de reservas que parece funcionar con fichas de papel es un suicidio.

Un espacio así, reformado de arriba abajo y enfocado a un público moderno, triplicaría su valor en seis meses.

Pero claro, para eso hace falta estrategia. Y capital.

Me inclino hacia delante sobre el mostrador. Las cisternas rotas y el dolor del dedo se me olvidan de golpe. Mi lengua afilada toma el control antes de que pueda frenarla.

—Mire, señor Pascual, o como se llame. No sé de qué escuela de negocios barata ha salido usted, pero esta pensión lleva abierta desde antes de que usted supiera lo que significa la palabra capital.

Aquí se aloja gente, no estrategias. Así que puede coger su público moderno y marcharse por donde ha entrado. La propiedad no se vende.

Roi no se inmuta. Al contrario, dibuja una sonrisa de absoluta suficiencia y me mira como si le estuviera divirtiendo enormemente el espectáculo.

—Vaya —dice, apoyando los dos brazos en el mostrador—. Para ser solo la asistente de dirección, se toma usted el patrimonio ajeno de forma muy personal.

El calor me sube a las mejillas. Me quedo muda, con la boca entreabierta, maldiciendo internamente mi incapacidad para mantener la boca cerrada cuando me tocan la fibra. Roi me sostiene la mirada, disfrutando del silencio sepulcral que ha inundado la recepción.

—No sé de qué me habla —consigo decir, intentando recuperar el tono profesional mientras noto los latidos del corazón en las sienes—. Defiendo el negocio porque soy una empleada eficiente. Y ahora, si me disculpa, tengo mucho trabajo.

Roi mete la mano en el bolsillo y saca un sobre alargado de color gris claro. Lo apoya con suavidad sobre la madera del mostrador, justo al lado de mi grapadora rota.

—Aquí dentro está la propuesta formal de adquisición para los propietarios. No hace falta que siga con el teatro, asistente. Sé perfectamente quién es usted, igual que sé que a este sitio le queda muy poco margen de maniobra. Léasela. Es una salida más que digna.

Miro el sobre gris como si fuera una tarántula. La suficiencia con la que habla, esa forma de asumir que puede llegar aquí y ponerle precio a los recuerdos de mis padres, me revuelve el estómago.

—Le he dicho que no vendemos —respondo.

Agarro el sobre con las dos manos y tiro con fuerza hacia los lados.

El papel es grueso, corporativo y resistente, de modo que el primer tirón solo consigue arrugarlo de mala manera.

Aprieto los dientes, pego un segundo viaje con rabia y el sobre cruje, partiéndose en dos mitades desiguales de las que asoman varios folios doblados.

Antes de que él pueda reaccionar, lanzo los pedazos con desprecio directo a su cara.

Los trozos de papel y una tarjeta de visita rebotan en su barbilla y caen esparcidos sobre el terrazo.

—Así que coja su salida digna, salga por esa puerta y no vuelva a pisar esta pensión.

Roi recoge el sobre sin perder la compostura. Se lo guarda de nuevo con una paciencia que me desquicia. Da un paso atrás, se gira hacia la salida y, justo antes de empujar la puerta de la calle, se detiene y me mira de reojo por encima del hombro.

—Como quiera, Melisa —dice, usando mi nombre por primera vez con una tranquilidad pasmosa—. Pero piénselo bien. Un edificio viejo en estas condiciones no aguanta mucho más. Si no se actúa desde dentro, el derrumbe es inevitable.

La puerta se cierra a sus espaldas con un golpe seco que hace vibrar los cristales del vestíbulo.

Me quedo temblando de rabia detrás del mostrador, con los ojos clavados en los papeles rotos que han quedado desparramados por el suelo de terrazo.

¿El derrumbe es inevitable? ¿Si no se actúa desde dentro?

El muy miserable se ha marchado dándome una lección de arquitectura barata en mi propia cara.

Ha venido a decirme, con toda su superioridad y su sonrisa de suficiencia, que soy incapaz de sostener las paredes de mi propia casa y que la pensión se me va a caer encima por pura incompetencia.

Miro la tarjeta de visita que ha quedado boca arriba sobre el suelo. «Roi Pascual. Inversiones».

Es un cabrón sin escrúpulos. El típico tiburón que va por ahí oliendo la debilidad de los pequeños negocios, esperando a que los edificios envejezcan para comprarlos por cuatro duros, ponerles cuatro luces modernas y colgarse una medalla.

Se cree que por tener un fajo de folios corporativos y una voz tranquila puede decidir qué negocios tienen futuro y cuáles están obsoletos.

Aprieto los dientes mientras salgo del mostrador para empezar a recoger los trozos de papel antes de que los vea Puri.

Si Roi Pascual cree que me he asustado o que voy a dejar que toque una sola baldosa de esta pensión, es que no tiene ni idea de lo cabezota que puedo llegar a ser.

Esta pensión no se va a derrumbar. Y mucho menos porque lo diga él.