¡Muere, Cabrón!
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CAPÍTULO UNO
E l destornillador plano de mi padre no soluciona problemas, solo los pospone.
—Un giro más —me digo a mí misma, apretando los dientes—. Solo un giro y dejas de sangrar, desgraciada.
La Pensión Garrido tiene diez habitaciones, tres plantas y una personalidad arquitectónica insoportable.
Mi abuelo la construyó en los años setenta pensando que el hormigón duraría para siempre.
No contó con la cal del agua, ni con los turistas alemanes que tiran de la cadena como si estuvieran activando la palanca de un pozo de petróleo.
Hago palanca. El plástico cruje. Un chorro helado me salta directo al ojo izquierdo.
—¡Joder! —exclamo, apartando la cabeza.
—¿Todo bien ahí dentro, querida? —pregunta una voz desde el pasillo. Es la señora Ramona, de la 102. Lleva alojada aquí desde el martes negro de la bolsa de 1987 y cree que el pasillo de la primera planta es su salón privado.
—¡Todo bajo control, Ramona! —grito, parpadeando para quitarme el agua bendita de la fontanería—. ¡Un ajuste de rutina!
—¡Es que el silbido no me deja oír el programa de las tardes! —protesta—. ¡Y dice el del tiempo que va a granizar!
—¡Ya no silba! —le devuelvo el grito.
Aporreo el flotador de la cisterna con el mango del destornillador.
Un golpe seco. Mano de santo. El agua deja de correr con un último borboteo que suena a derrota.
Me quedo sentada en el suelo, secándome la cara con la manga de la sudadera, respirando el sutil aroma a humedad añeja y desinfectante de pino de marca blanca que define mi existencia.
Lo he solucionado. Otra vez. Soy la reina de las cisternas, la diosa de las humedades capilares.
El problema es que un destornillador plano no sirve para arreglar una cuenta bancaria en números rojos.
Me pongo en pie con las rodillas crujiendo al mismo ritmo que el suelo de la pensión. Salgo de la 104 arrastrando los pies calzados en unas zapatillas que han visto tiempos mejores, cargando mi caja de herramientas como si fuera el maletín de un cirujano de urgencias.
En el pasillo, la señora Ramona me mira de arriba abajo desde el umbral de su puerta. Lleva puesto una bata de flores y sostiene un tazón de caldo que huele sospechosamente a ajo a las cuatro de la tarde.
—Tienes cara de cansada, Melisa —sentencia con la sutil delicadeza de un camión de mudanzas—. Tu madre a tu edad no tenía esas ojeras. Claro que tu madre no se pasaba el día metida en las tuberías.
—Es el nuevo corrector de ojeras, Ramona. Se llama «estilo mapache», lo está petando en París —le dedico una sonrisa de compromiso y sigo de largo hacia las escaleras—. Si vuelve a silbar la cisterna, me da un silbido usted a mí.
Me dirijo a la planta baja, donde se encuentra la recepción.
La Pensión Garrido en su época dorada —es decir, cuando Franco aún salía en las monedas— debía de tener su encanto con toda esa madera de roble y las lámparas de latón.
Hoy parece el decorado de una película de suspense de bajo presupuesto.
Detrás del mostrador de madera desgastada me espera mi tía y recepcionista a tiempo parcial, Puri. Está intentando peinar su flequillo cardado mientras se pelea con la pantalla de tubo del ordenador que compramos en el año 2002.
—Mel, cariño, ha vuelto a llamar el del banco —dice Puri sin apartar los ojos del monitor, dándole un golpe seco al lateral de la pantalla para que deje de parpadear—.
El señor Martínez. Dice que el periodo de gracia para el préstamo de la caldera terminó el mes pasado, y que si no pasas firmar no sé qué papeles de la ejecución, se verán obligados a iniciar el trámite.
El estómago se me cae directamente a los tobillos, justo al lado del agua fría que aún me empapa los vaqueros.
—¿El Martínez de siempre? ¿El que venía a comer los domingos al restaurante de mi padre? —pregunto, apoyando las manos en el mostrador.
—El mismo. Pero hoy tenía voz de no haber comido un domingo en su vida. Ha dicho que lo siente mucho, pero que son órdenes de la central. Que la deuda ya está en el departamento de riesgos.
Riesgos. Odio esa palabra. Suena a hombres con trajes oscuros y carpetas grises que vienen a ponerle pegatinas con códigos de barras a la cama donde nací.
Porque esa es la gracia del asunto: la pensión no es solo el sitio donde gano un sueldo que apenas me da para pipas.
Es mi casa. El piso de arriba es donde vivo, donde guardo mis libros, donde conservo los recuerdos de mis padres y donde se supone que debería envejecer de forma digna.
Si la pensión cae, yo me voy a la calle con una mano delante y otra detrás.
—Dile que pasaré mañana a primera hora —consigo articular, tragando saliva—. Que tengo una estrategia.
Mentira. Mi estrategia actual consiste en rezar para que un millonario excéntrico se equivoque de ciudad, llegue a nuestro hostal desfasado y decida pagar diez mil euros la noche por el privilegio de usar una ducha con presión variable.
—¿Y qué hacemos con los de la habitación 206? —pregunta Puri, bajando la voz—. Los influencers esos. Dicen que el wifi no tiene suficientes megas para subir sus «historias» y que nos van a poner una reseña de una estrella en TripAdvisor si no les devolvemos el dinero de la estancia.
—Diles que el wifi de la pensión es «vintage» y desconecta de las redes para fomentar la introspección personal —respondo, dándome la vuelta hacia las escaleras privadas que suben a mi piso—. Y si insisten, diles que les cobro un suplemento por el aire puro del patio interior.
Necesito cerrar los ojos cinco minutos. O cinco años.
Subo los escalones de madera que crujen con un quejido familiar, abro la puerta de mi vivienda y la cierro a mis espaldas, echando el cerrojo.
El silencio me cae encima como una manta pesada.
Me descalzo las zapatillas mojadas, dejo la caja de herramientas en el suelo del pasillo y avanzo hacia el salón arrastrando los pies.
Allí, sentado majestuosamente en el centro del sofá, está el único ser vivo que no me debe dinero, no me pide explicaciones y no espera absolutamente nada de mí.
Loki.
Es un gato completamente negro, excepto por una manchita blanca en el pecho y dos patitas delanteras que dan la impresión de que lleva calcetines de ejecutivo.
Al escucharme entrar, ni siquiera se molesta en levantar la cabeza.
Se limita a mover la punta de la cola dos veces contra el cojín, un gesto que en su idioma significa algo parecido a: « Has vuelto, humana insignificante.
Mi comedero está a tres cuartos de su capacidad, lo cual es inaceptable ».
Me dejo caer a su lado, hundiendo la cara en las manos. El olor a desinfectante de pino me invade las fosas nasales.
—Estamos jodidos, Loki —le digo en voz alta—. Martínez ha llamado. El plazo de gracia del préstamo de la reforma de la caldera se terminó el mes pasado. Si no pago… Nos van a quitar la pensión, Loki. Nos van a quitar la casa.
El gato se lame una pata delantera con total tranquilidad, ajeno a mi crisis existencial pero manteniéndose firme a mi lado.
—Sé lo que estás pensando. Estás pensando que debí haber aceptado aquella oferta de la franquicia de hamburguesas el año pasado. Pero aquello habría destruido el legado de la familia, Loki. Tienes que entenderlo. No podía simplemente rendirme.
Loki se estira lentamente, suelta un bostezo largo y se acomoda un poco más cerca, clavándome esa mirada suya tan fija y analítica. Para mí, ese pestañeo pausado es un juicio sumarísimo. Es un: «Te lo dije, Melisa, eres una sentimental y por tu culpa voy a tener que comer pienso de marca blanca».
—No me mires así —le recrimino, apoyando la espalda en el respaldo—.
Mañana solucionaré lo de Martínez. Inventaré algo.
Hablaré con él en la sucursal y le recordaré cuando venía a comer los domingos y le poníamos doble ración de tarta de Santiago gratis.
Nadie desahucia a una vecina que le ha endulzado las arterias durante una década.
Tiene que ser ilegal en alguna parte de la Constitución, seguro.
Me quedo mirando al techo, disfrutando de la tregua momentánea de las tuberías. Todo a mi alrededor amenaza con desplomarse a una velocidad de vértigo, y yo solo tengo un destornillador plano y una lengua demasiado rápida para frenar el golpe.
Mañana será otro día. Mañana veré cómo pagar las facturas, cómo convencer a los de la 206 de que no nos destruyan en internet con sus comentarios sobre el wifi y cómo evitar que nos echen a la calle.
Aflojo los músculos mientras noto el peso tibio del gato, que termina usando mi muslo como almohada. Lo que ignoro en este instante es que mi mayor amenaza no viste el uniforme corporativo del banco, sino alguien que camina directo hacia mí con una oferta de compra imposible de rechazar.