Capítulo 30
Iris
Goo Goo Dolls
Pasaban los días como una carretera con niebla: avanzábamos, aunque sin saber hacia dónde.
Montábamos juntos por carreteras vacías, devorando kilómetros sin decir mucho.
Las ruedas zumbaban como si cantaran una canción secreta solo para nosotros.
A veces él aceleraba un poco, solo para verme alcanzarlo por el espejo retrovisor.
Por las tardes, caminábamos por la playa. El agua nos lamía los tobillos, fría y honesta. El sol bajaba como un telón dorado, tiñendo todo con ese color que siempre parece el último.
Dean me hablaba con esa voz que cargaba el polvo de la ruta y el peso de los años no vividos.
Historias de coches viejos, de una infancia con olor a grasa y metal caliente, de sueños que nunca se atrevió a escribir o vivir.
Hablaba de motos como quien habla de libertad.
Quería recorrer el mundo sobre dos ruedas, pero había algo en su voz que confesaba, sin decirlo, que no quería hacerlo solo.
Me regaló un casco nuevo. Lo sostenía entre las manos con una mezcla de orgullo y timidez, como un niño que espera la aprobación de un dibujo hecho con paciencia.
La pintura no era perfecta; algunas líneas temblaban apenas y los colores se mezclaban donde el pincel había insistido demasiado.
En un costado había pintado una luna blanca.
Del otro, unas llamas que, al avanzar, se transformaban en olas azules, como si el fuego y el mar hubieran decidido convivir en un mismo lugar.
Pasé los dedos con cuidado sobre la superficie brillante, siguiendo los relieves de la pintura ya seca.
—Lo hice yo —dijo, rascándose distraídamente la nuca—. Pensé que un casco negro era demasiado aburrido para ti.
No pude evitar sonreír. No era un objeto costoso ni perfecto. Justamente por eso tenía valor. Porque llevaba tiempo, intención y cariño.
—Es hermoso, Dean. Gracias.
Él sonrió con esa satisfacción sencilla de quien no espera nada a cambio. Me puse el casco lentamente. Sentí que no me estaba regalando solo una protección para la ruta. Me estaba regalando un lugar en su mundo.
Pero nunca lo dejé besarme. Cada vez que sus labios se acercaban, encontraba alguna forma de escapar. Siempre a donde fuera con las gafas puestas. A veces, él solo suspiraba. Otras, bajaba la mirada, como si no entendiera mi actitud.
Una noche, subimos a una colina. La manta estaba extendida sobre la hierba húmeda, y la luna brillaba con descaro sobre el cielo limpio.
Contemplábamos cómo el pueblo dormía a nuestros pies, mientras compartíamos una botella de vino barato que sabía a libertad.
El sonido de los grillos nos rodeaba como un murmullo.
Por un largo rato, no dijimos nada. El viento levantaba apenas algunos mechones de mi cabello y, por primera vez en muchísimo tiempo, el silencio no me resultaba incómodo.
Era un silencio compartido, de esos que solo existen cuando dos personas dejan de sentirse obligadas a llenar cada espacio con palabras.
Dean jugaba distraídamente con el corcho de la botella entre los dedos. Parecía buscar la manera de decir algo sin romper la paz del momento. Lo observé de reojo. Con otros hombres siempre había podido anticipar el instante en que llegaría el deseo. Con él era diferente.
Entonces dejó escapar un suspiro y habló.
—¿Por qué no me dejas besarte?
Bajé la vista hacia la botella apoyada entre los dos. Podía mentir. Podía inventar cualquier excusa. Podía decir que aún no estaba preparada o simplemente levantarme e irme, como había hecho cientos de veces a lo largo de los siglos. Era lo más fácil.
Pero con Dean cada mentira empezaba a pesarme más que la verdad. Respiré hondo, intentando ordenar un corazón que hacía demasiado tiempo había olvidado cómo latir por alguien.
Sentí que el mundo se detenía un segundo ante esa pregunta. Lo esperaba, pero igual, dolió. Me giré, lento. Serena por fuera, pero nerviosa por dentro.
—Yo sé que tú también quieres besarme.
Suspiró mirando el cielo y agregó:
—Cada vez que me acerco, te vas. Y no sé si es miedo o si soy yo. ¿Tengo mal aliento?
—No eres tú, Dean —dije bajando la cabeza y riendo por su pregunta—. A veces... un beso no significa lo que uno cree. A veces no es un principio, sino el final.
Frunció el ceño.
—No entiendo.
—Hay besos que curan, otros que hieren y algunos... que matan.
—¿Eso es poesía o una advertencia?
—Tal vez las dos.
Se inclinó, frustrado.
—No quiero presionarte, Elina. Pero me gustas, mucho. Siento que nunca conocí a alguien como tú. Y si no me quieres besar, está bien... pero dime por qué, dime la verdad.
Yo miré la luna.
—¿Y si te dijera que cada beso que doy... tiene un precio?
Él me miró, desconcertado.
—¿De qué estás hablando?
—De que tal vez no fui hecha para amar, solo desear. Que cada vez que mis labios rozan a otro, la vida se detiene.
El silencio que siguió fue distinto. No incómodo, no incrédulo, fue denso como una niebla que lo envolvía todo.
—¿Estás diciendo que besarme te haría perderme?
Lo miré por fin.
—Sí.
Me costó decirlo.
—Y perderme me dolería más que no besarte nunca.
Dean no dijo nada. Bajó la mirada, se recostó sobre la manta, con los brazos detrás de la cabeza. Miró las estrellas como si buscara en ellas una explicación que yo no podía darle.
Lo observé. Mi mano tembló, solo un segundo. Por un instante, mis dedos rozaron la patilla de las gafas. Casi las retiro, casi. Pero no lo hice.
Dean buscó mi mano sobre la manta. Esta vez no intentó besarme. Solo entrelazó sus dedos con los míos.
Mientras el mundo giraba en su eje con indiferencia cósmica... yo me quedé allí, entera y rota, queriendo ser una mujer que pudiera amar sin miedo.