Capítulo 31
Darkness - Oscuridad
Aerosmith
Estaba sentada al borde de la cama, rodeada por objetos que fui coleccionando por cientos de años: una mochila abierta, un bolso deportivo, ropa doblada con exactitud militar, libros, cuadernos llenos de mis historias y dibujos, dinero, oro, joyas, un mechero oxidado y viejas fotografías.
Pequeños restos de una existencia acumulada, fragmentos, huellas y recuerdos.
Sobre la mesa estaba el casco que Dean me había regalado.
A su lado, mis gafas. Los observé como si fueran testigos mudos de una decisión ya tomada.
Respiré hondo y cerré la mochila con esa determinación silenciosa que tienen las puertas cuando se cierran para siempre, sin estruendo, sin drama, pero sin retorno.
La mañana me encontró de pie frente a la cabaña, con el alma al borde de romperse otra vez. El aire húmedo, denso, cargado con el perfume de los pinos y el eco lejano del mar.
Encendí la moto; el rugido ronco del motor quebró el silencio como una confesión largamente contenida. Me senté sobre el cuero, las manos temblando sobre el manillar. Pero no arranqué, algo... me frenó. El aire estaba quieto, como si algo o alguien me esperara.
—¿Así que ibas a irte sin decir nada?
Su voz me alcanzó por detrás, quebrando la quietud como una espada. Dean estaba de pie en el sendero, con la luz del sol marcándole los contornos como una postal demasiado hermosa para ser real. Los ojos le brillaban con rabia contenida y tristeza.
Yo quise hablar, pero el dolor me tenía la garganta cosida con hilos invisibles.
—¿Eso era todo? —dijo, avanzando un paso—. ¿Una despedida muda? ¿Sin mirar atrás?
Bajé la cabeza.
—Lo siento, es complicado —murmuré, sabiendo que era una frase hueca.
Dean soltó una risa rota, no burlona, dolida.
—¿Complicado? ¿Sabes qué es complicado? Dormirme pensando en ti. Despertarme sin saber si todavía estás. Sentir que te pierdo... y ni siquiera sé por qué.
Cada palabra era un golpe.
—Yo nunca quise atraparte. Solo quería quedarme cerca, intentar entender. Pero nunca me dejaste entrar del todo a tu corazón ni a tu vida, nunca.
Tragué saliva.
—Es por tu bien. Para protegerte.
—¿Y quién me protege del vacío si te vas?
Él se acercó despacio, como si cada paso fuera una plegaria no dicha. Sus manos ásperas por la vida, tocaron mi rostro con una ternura que me rompió por dentro. No pidió permiso, solo actuó. Con esa fe ciega de quien ama sin garantías, sin seguridades.
Me besó y el mundo se detuvo. El aire quedó quieto, como conteniendo la respiración.
El sol se detuvo en el horizonte, sin atreverse a interrumpir.
Una hoja quedó suspendida en el aire, congelada en el gesto de caer.
Una gota de rocío se negó a dejar la hoja.
Todo se volvió oscuro, como si hubieran apagado la luz del mundo.
Mi corazón... dejó de latir. No por miedo ni por muerte. Sino por algo más temible: por sentir. Por ese instante eterno, por esa grieta en la historia, fui solo una mujer.
No la asesina.
No la inmortal.
No la condenada.
Solo una mujer, besada por alguien que te recuerda que alguna vez tuviste alma, que fuiste humana.
Pero cuando sus labios se separaron de los míos, retrocedí, jadeando. El pánico me escaló por la espalda.
—No... por favor…
Dean me miró con una sonrisa leve, extrañamente calma.
—Wow... me siento...
Y entonces cayó. Sus rodillas cedieron, su cuerpo golpeó la tierra con un susurro hueco. Me arrojé a su lado.
—¡Dean! ¡No, no, no!
Sus párpados temblaban, su piel estaba pálida, el pulso era leve. Apenas un susurro de vida.
El rugido de un motor resonó desde el bosque como un trueno que se arrastraba por el suelo. Y lo vi, Hades, montado sobre su moto roja. Frenó con un derrape suave y teatral.
—Bravo. Siglos de muertes, y finalmente... un beso real, con amor. Eso era todo lo que necesitabas. Y lo lograste. El juego terminó.
—¿Qué?
Él bajó de la moto con elegancia absurda.
—Nunca te lo conté del todo, ¿verdad? Claro que no. ¿Y cuál sería la diversión si te daba el mapa entero?
—¿Qué estás diciendo?
—Te di la maldición... pero también la llave. Nunca fue un beso cualquiera, Elina. Tenía que ser un beso elegido. Un beso nacido del amor, no del deseo ni de la condena. Uno donde dejaras de ser mi criatura... para volver a ser simplemente una mujer.
El corazón me golpeaba las costillas, pero no por miedo, por rabia, por angustia, por algo que no podía nombrar.
—¿Era posible?
—Siempre lo fue. Pero tú estabas tan ocupada huyendo, que olvidaste vivir. Siempre estuvo frente a ti: la salida, la posibilidad, la grieta. Elegiste a Dean, un simple mortal. Lo elegiste a él y no a mí, un dios que podría haberte dado todo lo que deseabas.
Sus pasos eran lentos, casi respetuosos, pero la rabia se adivinaba bajo cada palabra.
—¿Sabes lo que es ver cómo alguien escapa de tu reino, de tu control? ¿Ver cómo alguien deja de necesitarte? ¿Cómo alguien... elige a otro?
Se detuvo frente a mí. Me miró como quien observa una llama que ya no puede controlar.
—¿Estás celoso? —susurré, apenas.
Él no lo negó.
—Fui yo quien te mantuvo viva, a mi manera. Te cuidé del mundo, de ti misma. Mientras tú creías que era solo un castigo... también intentaba protegerte. ¿Y ahora? Ahora te vas. Libre, mortal y feliz. Con él.
Me sostuvo la mirada, sus ojos eran brasas, pero en el fondo... una tristeza que no había visto jamás.
—¿Y ahora qué vas a hacer, Elina? ¿Escribir? ¿Seguir viajando? ¿Ser feliz con un mortal que no sabe cuántas veces moriste por dentro?
Me acerqué un paso. No por valentía, sino por dignidad.
—¿Viniste a detenerme?
Él negó con una mueca.
—No. Vine a cerrarlo. A sellarlo. A terminarlo como corresponde. El espectáculo se acabó. El ciclo se cierra.
Y entonces lo hizo. Me acarició el rostro, sus dedos eran fuego contenido. Su piel parecía humana, irreal y cálida. Se inclinó y me besó. No con violencia ni con pasión. Un beso que no quería marcarme, sino liberarme.
Al separarse, su aliento aún ardía en mi boca. Sentí el cambio, algo se despegó de mi interior. Algo viejo, largo, ancestral. La inmortalidad, la maldición, el lazo. Todo se quebró con un suspiro.
Vi sus ojos, llenos, desbordados. De uno de ellos, como un hilo que no podía detener, brotó una lágrima roja, densa, como lava. La dejó caer. No la ocultó.
—Ahora eres mortal, Elina. Disfruta esta vida. Cuídala. Y cuando llegue el día de tu muerte... vendré por ti. Pero esa vez, será sin juegos.
Hades me miró por última vez. Como quien contempla un paisaje que sabe que jamás volverá a ver igual.
Se giró. Subió a su moto y sin más palabras, el fuego de su motor estalló en un rugido infernal y desapareció.
El tiempo recuperó su pulso habitual, la oscuridad se desvaneció, dejando que el mundo se tiñera una vez más, con sus colores.
—¡Dean! —grité.
Lo toqué, lo sacudí y entonces, se movió.
Abrió los ojos, lento, desorientado, como si regresara desde un lugar sin nombre.
—Bueno, eso fue raro —murmuró—. ¿Siempre besas así?
La risa me brotó entre lágrimas.
—Pensé que te morías.
Se incorporó, sonriendo con esa calma que siempre me desarmaba.
—Entonces ¿ya puedes besarme sin matarme?
Lo miré y me quité las gafas. Por primera vez, mis ojos, desnudos, libres. Y él, no cayó, no se deshizo, solo me miró.
—Creo que sí —susurré.
Y lo besé, esa vez sin culpa, sin miedo, sin sombra, con pasión contenida. Después de siglos besando la muerte, sintiendo el temblor del final en cada aliento... ese día, por fin, besé la vida.