Mil besos para morir Capítulo 29
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Capítulo 29

Somebody to Love - Alguien a quien amar

Queen

Fui hasta el pueblo donde había conocido a Dean.

Algo dentro de mí necesitaba volver a verlo, aunque fuera de lejos, aunque solo fuera una silueta contra la luz de la tarde.

No para tocarlo, no para poseerlo, solo para admirarlo, como quien mira una flor sabiendo que arrancarla sería romper su belleza.

El deseo me consumía como ese fuego interno que nunca termina de apagarse.

Detuve la motocicleta frente a un pequeño mercado con la fachada verde descascarada. El motor aún vibraba, como un animal que se resiste al descanso. Lo apagué con un giro leve de muñeca.

Con la bolsa de tela colgando del brazo crucé la entrada. Adentro, todo era lento y silencioso. Personas mayores, cestas pequeñas, pasos arrastrados. Una conversación entre murmullos, risas contenidas, suspiros flotando en pasillos estrechos.

Tomates, pan, café y chocolates. Comía por placer, no por necesidad. Podría haber dejado de comer después de la maldición; total, no iba a morir de hambre. Pero comer calmaba mi ansiedad. Siempre me gustaba descubrir nuevos sabores en cada lugar que visitaba.

Entonces lo sentí. Primero fue el aroma. Después la presencia detrás de mí. Tan cercana. Tan masculina. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Hola, Elina.

Me detuve, no giré enseguida. Dejé que la vibración me atravesara. Luego, despacio, me volví.

Ahí estaba Dean, con jeans negros gastados, chaqueta de cuero roja. Una mezcla entre rockero y motero. Tan humano que dolía, tan hermoso que parecía fuera de lugar. No pude evitarlo: me puse colorada como su chaqueta. Por dentro algo se dobló, una fisura.

—Hola, Dean —dije con voz neutra.

Pagué con rapidez y me alejé. No quería vínculos ni esa sensación de peligro dulce. Solo quería verlo de lejos; tenerlo cerca se volvía una tortura.

—¿Por qué huyes de mí? —preguntó, dejando su cesta sobre el mostrador y corriendo tras de mí—. Solo quiero invitarte a comer. Conocer un poco más a la misteriosa Elina.

«Invitarte a comer » palabras simples, inofensivas. Pero en mi mundo, cada gesto amable podía ser una trampa.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

—No me interesas, Dean.

Ni bien las pronuncié sentí el gusto amargo de la mentira. Había aprendido a mentir durante siglos para sobrevivir. Pero pocas veces una mentira me había dolido tanto como aquella.

Dean soltó una carcajada baja, limpia y genuina.

—No te estoy proponiendo un pacto de sangre —bromeó—. Solo compartir una comida. No muerdo, salvo que me lo pidas.

Tuve que contener la risa y me detuve. Una parte de mí, anhelaba simplemente estar. Soñaba con sentarse en una mesa sin miedo, comer sin prisa, mirar a alguien sin calcular las salidas de emergencia. Lo miré a través de mis gafas y, como quien lanza una moneda al vacío, dije:

—Está bien. Pero solo si el lugar tiene buena música.

—Conozco el lugar indicado.

Dean sonrió como si acabara de ganar algo sin haber jugado.

Nos montamos en las motos sin mediar palabra.

Él se acomodó en su Triumph Bonneville, de color verde oscuro, que parecía una pieza de museo que cobraba vida.

El motor de su moto despertó primero: con un estruendo seco, rasposo y grave.

Cuando encendí la mía, el silencio que envolvía al pueblo se hizo añicos.

No fue un simple ruido; fue el rugido áspero y metálico de nuestras bestias con ruedas que se tragó la paz de la tarde.

El restaurante parecía detenido en el tiempo.

Paredes cubiertas de vinilos y fotos en sepia.

La rocola era un monstruo cromado que emitía destellos de neón morado y azul bajo su gruesa cubierta de cristal.

Escuché el clac-clac mecánico, mientras un brazo robótico seleccionaba un vinilo de Queen.

El bar siguió siendo un caos de voces, pero yo dejé de oírlas.

En cuanto la aguja encontró la voz de Freddie Mercury y empezó a entonar Who Wants To Live Forever, todo el entorno se silenció.

Me quedé petrificada, concentrada en cada palabra de esa canción; era la primera vez que la escuchaba y sentí cómo cada nota me atravesaba las fibras del alma.

Era como si Freddie hubiera logrado ponerle voz a los siglos de soledad que yo cargaba en silencio.

Era la primera vez que escuchaba a alguien hacer esa pregunta: ¿Quién quiere vivir para siempre?

Durante siglos todos habían deseado vivir más.

Ser recordados. Vencer al tiempo. Nadie parecía preguntarse si la eternidad podía convertirse en un castigo.

Yo sí conocía la respuesta. Y habría dado cualquier cosa por no conocerla.

Cuando la canción terminó, nos sentamos en la mesa junto a una ventana. La luz del atardecer dibujaba reflejos sobre la mesa. Yo seguía con las gafas puestas mientras Dean me observaba, no con juicio, solo con esa curiosidad que no exige nada.

—¿Por qué usas tanto esas gafas? —dijo, tranquilo.

Mentí nuevamente.

—Tengo sensibilidad a la luz.

Él asintió. No insistió.

—Espero que te gusten los espaguetis —agregó—. En este lugar los hacen como en ningún otro lado.

Él hablaba con esa paz de los que no saben que el otro puede destruir sin toca. Y yo fingía ser una mujer común, una más.

Cuando terminamos de comer Dean bajó la voz.

—Hay algo en ti, Elina. Algo que te pesa. No sé qué es, pero, se siente. Como si llevaras un mapa en la piel. Y no me refiero a uno que se recorre en moto, me refiero a uno interno.

Tragué saliva y respiré. El silencio se apoderó de mí. Parecía leerme, percibir mi pesar.

Dean siguió hablando de motos, de rutas, de música. Yo respondía poco. Más escuchaba que hablaba. Y, sin embargo, hacía mucho tiempo que no disfrutaba simplemente escuchar a alguien.

El rock seguía flotando en el aire.

—¿Un café? —preguntó para cortar el silencio entre nosotros.

Lo miré. No respondí, solo asentí.