Mil besos para morir Capítulo 28
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Capítulo 28

Road To Nowhere - Camino a ninguna parte

Ozzy Osbourne

El día no solo amaneció, se reveló, como si el sol, después de tanta oscuridad, hubiera decidido mirar el mundo otra vez.

El camino costero de Weston Beach serpenteaba entre árboles altos y delgados. A un costado, junto a un tronco inclinado cubierto de líquenes, quedó mi Harley con el motor aún tibio. Atrás quedaba el ruido, la velocidad y las voces del pasado.

Vestía ropa simple: una camiseta verde de algodón, una chaqueta de cuero marrón envejecido, mis jeans ajustados manchados de barro. El viento jugaba con mi cabello suelto como si intentara despegar pensamientos antiguos.

Avancé, sin miedo, sin prisa. El aire estaba lleno de sal y vegetación, el aroma de algo vivo que no necesitaba explicación. Respiré profundo, libre. No recordaba la última vez que lo había hecho sin una opresión afilada en el pecho.

Escuché el mar, una música grave y constante, como si el océano tuviera un corazón que late desde antes de la historia.

La casa que había alquilado estaba al final de un camino de tierra, justo donde el sendero costero se desplomaba hacia el mar. Era una antigua cabaña con vistas al Canal de la Mancha.

La construcción era de piedra local, con paredes gruesas que absorbían la humedad y el sonido.

No era elegante; era funcional y robusta, pensada para resistir las tormentas que azotaban el acantilado.

El techo era de pizarra gris oscura. Las ventanas, pequeñas y enmarcadas en madera, pintadas de un verde desgastado.

Lo mejor de todo era el pequeño jardín que daba a un barranco.

Había una cerca baja, más simbólica que útil, y luego nada más que el acantilado de arcilla roja y el mar.

Era el hogar para una persona que quería estar sola; un verdadero refugio entre la tierra y el agua.

Empujé la puerta despacio. Las bisagras protestaron con un chirrido seco que enseguida volvió a perderse entre el ruido del mar. Desde la cocina podía ver la inmensidad del agua, y el silencio solo era interrumpido por el viento constante y el graznido de las gaviotas que anidaban cerca.

Dejé la mochila junto a la entrada y permanecí inmóvil unos segundos, observando aquella casa vacía.

No había retratos sobre las paredes. No había voces.

Nadie me esperaba. Y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo esa ausencia no me pesó.

Era una soledad distinta, elegida. Después de pasar siglos huyendo de castillos incendiados, templos saqueados, guerras y ciudades que desaparecían bajo mis pies, aquella pequeña cabaña de piedra me pareció el lugar más estable que había conocido.

Sobre la mesa del salón convivían libros con lomos vencidos por el tiempo y mis cuadernos, esos que llevo arrastrando como cicatrices encuadernadas.

En ellos están escritos los 999 nombres de los hombres que besé hasta dejarlos sin aliento.

Algunos nombres llevan párrafos enteros, porque dolieron más, o porque aún laten en mis pensamientos cuando intento dormir.

También están las transcripciones de mis conversaciones con Hades, retazos de ese diálogo eterno entre condenada y carcelero.

Anoté los lugares por los que vagué durante siglos: ciudades que ya no existen, lenguas que el viento olvidó, pasiones que me rompieron el corazón.

Fui hasta la galería trasera. Me senté en el escalón de piedra y desde allí, el mar empezaba a hablar en su idioma. Ese día estaba teñido de azul profundo. Me quité las gafas y cerré los ojos por un momento mientras escuchaba las olas marcar su ritmo.

Pensé:

¿Cómo sería quedarme aquí para siempre?

Si el mundo pudiera olvidarme…

Si el eco de mis besos no reclamara más almas…

Y entonces, el mar, luego de la calma, me respondió. No con palabras, sino impactando contra la piedra, con un golpe sordo, un latido. Un recordatorio: la paz también tiene fecha de vencimiento.

Nada es para siempre.

Cerré los ojos un instante más, no por esperanza, sino porque la paz, cuando aparece, merece ser honrada.

Abrí los ojos y contemplé el horizonte. El mar seguía golpeando los acantilados con la paciencia de quien sabe que terminará venciendo incluso a la piedra. Pensé que quizá la eternidad no era permanecer para siempre, sino desgastarse lentamente hasta convertirse en otra cosa.

Respiré una vez más, llenando mis pulmones con el aire salado.

No sabía cuánto duraría aquella paz.

Tal vez un día.

Tal vez una semana.

Tal vez hasta que el destino volviera a llamar a mi puerta.

Pero, por primera vez desde que comenzó mi condena, dejé de preguntarme cuánto faltaba para el final. Solo quería disfrutar el silencio mientras todavía existiera.