Capítulo 27
Highway to Hell - Carretera al infierno
AC/DC
Conducía durante horas sin detenerme. El rugido del motor ocupaba el lugar donde antes aparecían los pensamientos.
Mientras la Harley vibraba bajo mi cuerpo podía convencerme de que todavía existía un lugar al que escapar.
En cuanto el motor callaba, volvía su sonrisa, sus manos llenas de grasa y aquella pregunta tan simple que todavía me perseguía: "¿Entonces cómo te encuentro? "
La noche era una carretera interminable, oscura y silenciosa.
Se abría bajo mis ruedas como una cinta negra que no prometía destino.
El asfalto se perdía en la neblina, la luna, indiferente y pálida, apenas iluminaba los contornos.
Y yo, encima de mi moto, solo quería seguir moviéndome; el movimiento era la última forma de libertad que me quedaba.
Entonces lo sentí, primero fue una vibración diferente, luego un sonido metálico.
Una moto roja se acercó desde las sombras, parecía forjada con lava y metal brillante.
El motor rugía como una bestia con hambre.
Hades se alineó a mi lado sin esfuerzo, como si la oscuridad la hubiese parido.
Estaba vestido como un biker infernal: guantes de fuego, una chaqueta roja como la sangre y unos pantalones de cuero negro, adornados con tachas metálicas que despedían un fulgor sobrenatural, como si hubiera arrancado las estrellas de esa noche para adornarlo.
—Así que encontraste una forma de ocultar tu mirada maldita. Te felicito.
No contesté. Solo mantuve la vista al frente.
—Es algo que ni siquiera yo, cuando lancé esa maldición, podría haber imaginado. Los dioses solemos ser perfectos, pero a veces se nos escapan los detalles mínimos. Los humanos avanzan tan rápido con la tecnología y los inventos.
Avanzamos por un rato a la par, dos sombras sobre ruedas que devoraban la carretera. La noche tranquila era nuestra pista.
No quería escucharlo, así que aceleré a fondo, intentando desesperadamente perderlo en la negrura, pero fue en vano.
Su moto era una bestia, mucho más fuerte y veloz que la mía; no tenía ninguna oportunidad de escapatoria.
En un instante, el paisaje cambió drásticamente: el campo tranquilo se transformó en una tierra colorada y el cielo se tiñó de un púrpura sofocante.
La ruta ya no me llevaba a ningún destino; me arrastraba, sin remedio, a las profundidades del Inframundo.
Me hizo una seña breve. Me detuve a un costado del camino y apagué el motor; él hizo lo mismo. Caminó hacia mí y su sombra oscura e inmensa se alargó tras él.
—No puedes esconderte por siempre. Esto no te libra de lo inevitable.
Yo seguía sentada sobre la moto con mi cuerpo recto y mis ojos protegidos por los cristales.
—Solo te falta una víctima. Libertad. Mortalidad.
Me quité las gafas y bajé la mirada, el silencio se espesó. Él dio un paso más, estaba justo frente a mí. Pude olerlo: ceniza, violetas secas y algo metálico… como si llevara el perfume de guerras y muertes.
Descendí de la moto y, por un instante, el tiempo pareció rendirse. Yo no solía temblar, pero esa vez di un paso hacia él, sin poder controlarlo.
—Tengo miedo —dije.
Y fue la primera vez que lo dije en voz alta.
Él me miró, no con burla ni con frialdad, solo asintió como si entendiera más de lo que estaba dispuesto a confesar.
Se acercó y me rodeó con los brazos. Su abrazo no era tibio, pero tampoco helado; era real, casi humano.
Una mezcla de compasión y deseo contenido.
Su voz me rozó el oído, baja, sincera y con tono grave:
—No sé qué se siente tener miedo, Elina.
Pero... sé que esto, lo que compartimos, me va a doler de algún modo cuando termine.
Nunca compartí tanto con alguien y, aunque no debería, me acostumbré a ti.
A tu forma de mirar, a tu rabia, tus ocurrencias, incluso a tu silencio.
Todo esto terminó siendo más honesto que si te hubiera obligado a quedarte.
Y aunque no lo digas, sé que una parte de ti también lo siente.
Cuando todo esto acabe, va a quedar un vacío en mí.
Guardó silencio unos segundos.
Yo no supe qué contestar, solo lo miré y por primera vez entendí que la condena nunca había sido solo mía. Éramos dos condenados compartiendo un instante que no nos pertenecía.
Hades permaneció en silencio varios segundos. Bajó la vista, como si buscara las palabras sobre el asfalto resquebrajado.
—Los dioses nacemos siendo lo que somos y permanecemos así para siempre. Pero, si debo ser sincero... creo que empiezo a comprender otra clase de temor.
Levanté apenas la cabeza para mirarlo.
—El de acostumbrarse a alguien.
Sentí que mis manos dejaban de temblar.
Él sonrió apenas, con una tristeza que jamás le había visto.
—Al principio solo eras un castigo. Después te convertiste en una obligación. Más tarde empezaste a sorprenderme. Y ahora... después de tantos siglos... formas parte de mi existencia de una manera que nunca imaginé posible.
Su mirada se perdió unos segundos sobre la carretera.
—Cuando todo termine, el Inframundo seguirá existiendo. Yo seguiré juzgando almas. Los ríos seguirán corriendo. Todo continuará exactamente igual...
Hizo una pausa.
—...excepto yo.
Aquella frase me golpeó con una fuerza inesperada.
Él respiró despacio antes de continuar.
—Nunca esperé con ansiedad una discusión. Nunca disfruté tanto de que alguien me desafiara. Me acostumbré a tu rabia... a tus ocurrencias... a tus intentos absurdos de matarme... incluso a tus silencios.
Esbozó una sonrisa cansada.
—Lo que compartimos durante más de dos mil años fue más real que si me hubieras amado. Porque el amor puede durar unos años. Esto sobrevivió a imperios, religiones, guerras y continentes.
Bajó la vista.
—Y aunque nunca vayas a admitirlo... sé que una parte de ti también se acostumbró a mí.
No respondí.
Ambos sabíamos que deseábamos finales distintos. Pero ninguno de los dos estaba seguro de querer que la historia terminara.
Me tomó las manos con una delicadeza casi absurda y depositó un beso en cada una de mis muñecas. Nunca buscó mis labios. Tal vez porque sabía que esos nunca le pertenecerían.
Después se dio media vuelta y volvió a subir a su moto. Durante unos segundos permanecimos inmóviles, frente a frente, con los motores apagados y el mundo en silencio. Luego arrancó primero. Su luz roja se fue perdiendo en la oscuridad hasta desaparecer por completo.