Capítulo 26
Born to Be Wild - Nacida para ser salvaje
Steppenwolf
Regresé al taller para recuperar mi moto y para poder ver a Dean.
Él estaba de espaldas, limpiándose las manos con un trapo de franela.
Llevaba una camiseta roja, ajustada al torso, manchada de grasa y rota.
El pantalón cargo azul le caía bajo en la cadera, y cada músculo de su espalda se marcaba bajo la tela húmeda.
El cuerpo entero parecía esculpido en el cruce exacto entre la fuerza y la calma.
Lo observé unos segundos sin decir nada.
Las gafas ocultaban mis ojos y, por primera vez en siglos, no tuve que preocuparme por apartar la mirada.
Descubrí que existía un placer extraño en poder contemplar a alguien sin miedo a destruirlo.
No era únicamente su cuerpo. Era la tranquilidad con la que se movía, la concentración con la que limpiaba cada herramienta antes de guardarla, la forma casi distraída de acomodarse el cabello con el antebrazo para no ensuciarse la cara de grasa.
Me sorprendí pensando que habría podido quedarme toda la tarde mirándolo trabajar. Nunca me había detenido a observar a un hombre en algo tan simple. Antes siempre llegaban el deseo, la culpa o la muerte. Con Dean, por primera vez, solo existía la curiosidad.
Sentí un deseo que me dolía adentro y no podía liberar.
Una punzada suave, una herida sin sangre.
Mis ojos querían marcarlo; si no hubiera tenido las gafas puestas, lo habría marcado al instante.
Un rayo dorado directo al alma. Las gafas detenían mi maldición, pero no mis ganas de acercarme.
Era una sensación nueva y desconcertante.
Cuando se giró, su sonrisa fue la de alguien que ya sabía que iba a volver.
—Tu moto está lista —dijo.
Asentí, sin quitarme las gafas.
—Gracias.
—No quiero ser atrevido, pero ¿te molestaría que pruebe los ajustes contigo? Solo para asegurarme de que todo funcione perfecto. Además, nunca monté una moto como esa. No sé si alguna vez me volveré a cruzar con una belleza así.
—Está bien —dije.
El motor de la Harley encendió con un gruñido profundo, un sonido que me vibró en el pecho. Dean, con esa sonrisa que hacía juego con el brillo del cromo, me extendió la mano para ayudarme a subir al asiento trasero.
Al tomar la carretera principal, él torció el acelerador.
La moto reaccionó con una explosión de potencia pura, y el viento nos golpeó con una fuerza embriagadora.
Sentí que la presión me empujaba, yo lo abrazaba desde atrás con mis brazos envueltos en su cintura, mi rostro apoyado en su espalda.
La chaqueta de cuero que usaba olía a grasa de garaje, perfume intenso amaderado y a él.
La moto, a pesar de sus años, se sentía viva, vibrando entre mis piernas mientras el cielo se abría sobre nosotros. El viaje era la prueba, pero también era una excusa perfecta.
Rodamos por la costa cuando el sol empezaba a rendirse sobre el mar. La carretera bordeaba acantilados antiguos, rocas talladas por la sal, por el viento, por el tiempo.
—¿Todo bien? —preguntó, sin girarse del todo.
—Perfecto —dije.
Y seguimos, curva tras curva, como si no existiera el después, como si esa carretera nos llevara directo a un mundo diferente.
Regresamos al taller al anochecer. Mis botas estaban cubiertas de polvo, y el viento había dejado sal en mis labios. Me bajé lento, sentía que estaba despertando de un sueño.
Saqué dinero en efectivo y se lo entregué; él lo recibió sin mirarlo siquiera.
—¿Puedo tener tu número? —dijo con voz baja, casi incómoda.
No respondí enseguida. Cerré la mochila y acomodé el abrigo de cuero. Todo con una calma forzada, como si no sintiera el temblor adentro.
—No tengo teléfono —respondí.
Dean frunció el ceño. No por juicio, sino por genuina sorpresa. El silencio se alargó. Un espacio lleno de preguntas.
—¿Entonces cómo te encuentro?
Lo miré un instante. No me vio los ojos, no vio la verdad.
Dean se pasó una mano por la nuca, incómodo, como si estuviera buscando una forma menos torpe de insistir.
—Bueno... ¿y dónde vas ahora?
La pregunta parecía sencilla, pero me dejó inmóvil. Nunca nadie me preguntaba adónde iba. Siempre me preguntaban de dónde venía.
Miré la Harley. Después sonreí apenas.
—No tengo idea.
Él soltó una risa baja.
—Debe ser interesante vivir así, poder decidir tu destino cada mañana.
Lo miré unos segundos detrás de los cristales verdes.
—Si el destino quiere, nos volveremos a encontrar —dije mientras me alejaba.
Y me fui sin mirar atrás.
Mis botas golpeaban el suelo con un ritmo sereno, seco. A través del reflejo del vidrio de la puerta, vi cómo Dean quedó de pie, sin moverse. En sus ojos, una mezcla de desconcierto y algo más: esperanza.
Arranqué la Harley y el motor volvió a rugir bajo mí. Durante años había escapado para proteger a los demás. Esa tarde entendí que también escapaba para protegerme a mí. Porque quedarme significaba empezar a imaginar una vida posible.
Ya estaba en marcha; mi cuerpo quería quedarse, mi condena me gritaba que no y por una vez más... elegí huir.