Capítulo 25
The reflex - El reflejo
Duran Duran
Dejé la ruta principal y el camino se estrechó, volviéndose empinado y tortuoso.
Caminé por más de tres horas bajo la lluvia.
Al final, apareció Beer, encajado en un hueco de la costa.
Estaba flanqueado por altos acantilados de roca blanca calcárea, que descendían abruptamente hacia la bahía, actuando como una barrera natural.
La luz del sol que se filtraba entre los acantilados le daba un brillo particular, un ambiente silencioso y resguardado.
El pueblo en sí parecía hecho de piedra.
Las calles eran estrechas, y una acequia de agua corría a cielo abierto junto a la carretera principal, llevando el sonido del agua hasta el mar.
Al final del pueblo estaba la playa de guijarros, con su flota de pequeños y coloridos barcos de pesca alineados en la orilla.
La vida se sentía auténtica, dura, marcada por el ritmo del mar y oculta del mundo.
Horas más tarde, la lluvia cesó. El cielo seguía pálido, como si aún no se decidiera a despejarse del todo. Cada casa, cada escalón, cada farol parecía formar parte de una maqueta detenida en otra época.
Caminé sin rumbo por la calle principal. Las piedras irregulares crujían bajo mis botas. Los negocios eran pequeños, antiguos, con vitrinas polvorientas y cortinas amarillentas. Había algo irreal en todo... como si el tiempo allí también caminara lento o cansado.
Me detuve, sin saber por qué, frente a una óptica. En la vidriera, un par de gafas espejadas con cristales verdes devolvía la luz del sol. Era un destello suave, persistente, como una invitación.
Al entrar, el aroma de la tienda me envolvió. Tenía una fragancia a madera encerada, rosas y tela vieja. La mujer que atendía, con rostro amable, se acercó con pasos serenos.
—Buenos días, ¿puedo ayudarte? —preguntó con voz suave, como si no quisiera perturbar el aire.
—Buenos días, quiero probar esas —señalé las gafas—. Las verdes.
Sin decir nada, fue hasta la vidriera y las tomó con delicadeza. Me las ofreció con ambas manos.
Las sostuve frente a mí. Eran livianas, la montura plateada parecía flotar entre mis dedos. Me las puse y entonces pasó algo que no esperaba. Mi rostro seguía ahí, pero mis ojos... no. Desde afuera, no podían verse. Desde adentro, yo veía todo. Era como llevar un escudo en los ojos.
La mujer habló sin saber lo que acababa de darme.
—Son especiales —dijo, sonriendo con dulzura—. Se ve perfecto desde adentro, pero nadie puede ver tus ojos desde afuera. Ideal para dormir en el trabajo y que nadie se dé cuenta.
Yo levanté la cabeza, cruzamos miradas. Ella lo dijo como un chiste, pero yo lo sentí como una revelación.
—¿Hay otros colores?
—Sí. ¿Quieres que te los enseñe?
—Dame uno de cada color, por favor.
Ella parpadeó, sorprendida, pero sonrió, feliz de vender. Ajena a todo lo que ese gesto implicaba. Me las dio en color rojo, negro, marrón y azul. Metió cada una en un estuche rígido y luego me las entregó en una bolsa de papel. Pagué sin decir palabra y guardé la bolsa en mi mochila.
Salí de la tienda con paso lento, gafas verdes sobre el rostro, y una nueva estrategia. No eran moda: era una defensa, una forma más de desaparecer.
Al cruzar la calle, choqué de frente con un joven que venía en dirección contraria.
Reboté en la firmeza de su pecho. Atractivo, de esos que parecen existir solo cuando uno los inventa.
Cabello castaño, rizado y sonrisa encantadora.
Chaqueta de gamuza marrón que combinaba con sus ojos.
Proyectaba una mirada curiosa... de esas que antes me habrían condenado.
Me miró directo a la cara. Lo miré con deseo, le sostuve la mirada y por dentro, esperé el temblor, la señal, el inicio del fin.
Pero no pasó nada. Él sonrió, un saludo leve con la cabeza, me pidió perdón y siguió su camino.
Sin condena, hechizo ni muerte. Solo un cruce de caminos entre dos extraños.
Me detuve incrédula, cerré los ojos por un segundo, inspiré hondo.
Las gafas funcionaban y por primera vez, no sentí miedo de mirar.
Una felicidad eléctrica me recorrió todo el cuerpo.
Tantos años y nunca se me había ocurrido eso.
Había intentado arrancarme los ojos con un cuchillo, pero volvían a salir como malas hierbas.
Había intentado tantas cosas para romper o bloquear esta maldición, pero nunca había pensado esta opción. Esto lo cambiaba todo en este juego.
Una risa escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerla.
Al principio fue apenas una exhalación incrédula, casi un suspiro, pero enseguida llegó otra, y después otra más, hasta que terminé riéndome de verdad, sola, en mitad de aquella calle.
No era una risa provocada por otra persona, ni una máscara para ocultar el dolor, ni una ironía dirigida a Hades.
Era una risa limpia, espontánea, nacida del alivio.
Sentía que una parte de mí, esa que había vivido encorvada por el miedo durante más de dos mil años, acababa de aflojar los hombros.
Di una vuelta sobre mí misma sin importarme que alguien pudiera verme.
Me sentía ridícula y, al mismo tiempo, inmensamente liviana.
Levanté la cabeza y empecé a mirar a las personas que caminaban por la calle.
Una anciana acomodaba unas flores frente a su casa.
Un pescador descargaba redes húmedas sobre un carro de madera.
Una pareja discutía en voz baja mientras paseaba de la mano.
Un niño corría detrás de una pelota, riéndose con esa despreocupación que solo tienen quienes todavía no conocen el peso de la tragedia.
Los observé a todos con atención. Ya no necesitaba bajar la vista por miedo a cruzarme con unos ojos.
Ya no calculaba cuántos pasos me separaban de cada hombre, ni imaginaba cuánto tardaría en convertirse en otra víctima de mi condena.
Simplemente podía mirar. Parecía una libertad insignificante, casi absurda, pero para mí era el mayor regalo que había recibido desde el día en que Hades me arrebató la vida.
Mis ojos dejaban de ser un arma. Durante siglos había aprendido a sobrevivir sin mirar a nadie.
Aquella tarde descubrí que la verdadera libertad no era dejar de matar.
Era poder levantar la vista sin miedo. Ya no eran una trampa tendida para cualquiera que se cruzara en mi camino.
Eran solo eso: unos ojos. Y descubrí que algo tan sencillo podía sentirse tan extraordinario como volver a respirar después de haber pasado una eternidad bajo el agua.