Capítulo 24
Wherever I May Roam - Donde quiera que pueda vagar
Metallica
No sé cuánto tiempo estuve rodando por caminos menores, buscando evitar las carreteras principales, las que usan los que todavía tienen dirección o destino.
El cielo era un trapo húmedo tendido de gris sobre el sur de Inglaterra. Pálido, bajo y sin alma. La ruta se abría como una cicatriz en el paisaje, recta y sin consuelo. Los campos dormían a los costados, húmedos, ajenos, como si supieran que esta historia no era de ellos.
El rugido de la Harley-Davidson, mi Panhead, negra, cortaba el silencio como un lamento furioso. Una especie de grito de metal que me sostenía el cuerpo cuando el alma quería caerse. Conducía para no pensar, a veces ni siquiera sabía a dónde iba, solo aceleraba.
Iba vestida de luto funcional: botas, guantes gruesos, chaqueta de cuero cerrada hasta el cuello, todo en color negro. El viento me pegaba en el rostro, pero mi cuerpo ya se había acostumbrado a todo tipo de clima y dolor. Sentir miedo, frío o dolor era lo único que me mantenía humana.
Primero fue un sonido nuevo, mecánico, pero con algo orgánico, como un pulmón viejo, después, una vibración extraña.
Mi cuerpo la notó antes que mi mente; la máquina me habló y reduje la velocidad.
Miré a los costados, césped mojado, árboles sin hojas, nada más.
Ni un coche, ni un ruido, solo yo y la máquina que empezaba a traicionarme.
Avancé despacio, hacia el sur y apareció un pueblo detenido en el tiempo: Sidmouth.
Casas georgianas de ladrillo con marcos de ventanas blancos y cristales antiguos, con cortinas de encaje ondeando detrás.
Calles empedradas que no sabían de velocidad, solo de pasos lentos y recuerdos pesados, adornadas con faroles de hierro oxidados.
Vi el cartel colgando sobre una estructura de madera:
DEAN'S GARAGE
Entré despacio, la Harley gimiendo bajo mí como una bestia herida que aún se niega a caer. Agachado frente a una furgoneta, las mangas arremangadas, las manos hundidas en un motor que suspiraba por una segunda vida, estaba Dean.
Cuando se puso de pie, por un instante, el tiempo, el mío, el de siglos, se detuvo. Era, sin exagerar, el hombre más hermoso que había visto en toda mi existencia. O quizá no. Quizá solo era el primero al que miraba después de siglos sin querer volver a enamorarme.
La perfección tallada por el tiempo y la vida. Ya pasaba los cuarenta años, pero eso solo lo hacía más real, más completo. Alto y de presencia sólida. El cabello oscuro caía en mechones rebeldes sobre su frente.
Sus ojos, de un azul que me hacía recordar al mar Egeo en calma, al atardecer, cuando el mundo callaba y todo parecía sagrado.
Me imaginaba nadando en esos ojos. Su cuerpo no era solo músculo, sino un engranaje de fuerza y propósito.
Los hombros anchos y los brazos poderosos, con manchas de grasa que parecían garabatos, se movían con una precisión que demostraba la cantidad de horas que había dedicado a su oficio.
Una camiseta de algodón gris, pegada a su torso por la humedad y el trabajo, delineaba la forma de un cuerpo que era pura disciplina y dedicación.
La suciedad y el cansancio no hacían más que acentuar su atractivo, dándole un toque real, de hombre que se ganaba la vida con sus manos.
Era la combinación perfecta de un guerrero de la antigüedad y un héroe moderno de la clase trabajadora.
Llevaba jeans gastados y botas negras, polvorientas.
Todo en él era físico, tangible, elemental y, sin embargo… había algo más. Como si el universo por un instante breve y caprichoso se hubiese detenido para esculpirlo. Para tentarme o para castigarme.
Algo se movió dentro de mí, algo que nunca había sentido, un eco humano, una reacción antigua, una pregunta:
¿Y si pudiera simplemente quedarme para siempre así, y solo poder verlo de lejos?
Dean levantó la vista, me miró y sonrió. Como si ya supiera que yo iba a llegar.
—Hola. ¡Qué belleza esa Harley! Aunque suena como si pidiera auxilio a gritos.
—Lo noté —respondí sin desmontar—. ¿Puedes verla?
Asintió sin prisa, con esa calma que tienen los que entienden las máquinas como si fueran criaturas heridas.
—Claro. Puedo revisarla ahora.
Lo seguí hacia el interior del taller. Mientras caminaba delante de mí, no pude evitar mirarlo con más detalle: su andar, el cuello, sus manos, su espalda ancha, era una obra de arte pintada con grasa y aceite de motor.
Él inspeccionó la moto, sus manos se movían con precisión. Me hizo preguntas técnicas. Respondí con lo mínimo, sin adornos. Después levantó la vista.
—Nada grave, pero vas a tener que dejarla. Dos días, mínimo.
—¿Dos días sin ella?
—Puedes venir a visitarla si la extrañas —dijo, y sonrió.
Y por un segundo, esa sonrisa casi me hizo olvidar lo que soy. Le di la llave.
—Cuídala.
—Como si fuera mía.
Salí del garaje con las mejillas rojas y un calor interno que no entendía.
Caminé sin rumbo fijo. A mi espalda, el pueblo se encogía; adelante, solo viento y campo mojado. Un cuervo me miró desde un poste, no se movía, como si supiera que lo mío no era tránsito, era exilio.
Me repetía a mí misma que no lo iba a mirar, que no iba a besarlo, como si eso alguna vez hubiese servido.
Después de tantos siglos ya conocía demasiado bien el comienzo de todas mis tragedias.
Siempre empezaban igual: con un hombre, una casualidad...
y la estúpida esperanza de que esta vez sería diferente.