Mil besos para morir Capítulo 23
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Capítulo 23

One - Uno

La lluvia irlandesa no moja como en otros lugares; allí cae con una melancolía que se siente antigua, fina, constante y fría en su indiferencia. Mi vida en Irlanda era una rutina: huir, conocer pueblos, evitar hombres y buscar castillos para explorar.

Esa noche, me encontraba en las afueras del castillo de Menlo, a orillas del río Corrib.

Era una ruina silenciosa que el tiempo había reclamado.

Sus muros, cubiertos de enredaderas y musgo, se levantaban como un fantasma de piedra contra el cielo oscuro.

No era una fortaleza imponente, sino un símbolo de una belleza decadente, un lugar donde el pasado y la naturaleza se habían fusionado.

Sus grandes ventanales, ahora vacíos, eran como ojos que miraban hacia un río tranquilo, y su torre principal, sin techo, era un recordatorio de toda la gloria que alguna vez reinó en ese lugar.

Los árboles estaban desnudos, retorcidos por el invierno. Las hojas muertas se acumulaban en las raíces y crujían bajo mis botas como si susurraran en un idioma vegetal.

Para combatir el frío, llevaba una bufanda oscura enroscada al cuello, una chaqueta de cuero gris vieja y pesada, que me caía como una armadura vencida.

Me senté en un banco de piedra húmeda, bajo un viejo nogal que se inclinaba apenas hacia el camino.

No levanté la vista cuando sentí que el aire cambiaba.

Fue un cambio leve, como cuando se acerca una tormenta.

Entonces vi a un niño, no tendría más de diez años.

Llevaba una chaqueta roja, con la capucha puesta y las manos en los bolsillos.

Se acercó sin prisa; sus zapatos no hacían ruido, ni una hoja crujió.

El silencio, no uno común, sino uno absoluto, artificial y forzado, fue lo más inquietante.

Se sentó a mi lado, pero no me miró. Yo tampoco lo miré del todo, no hacía falta.

—No te molestes —dije, con voz seca y sin adornos—. Cambia a tu forma. No me das ternura ni pena en ese cuerpo de niño.

Él se quitó la capucha, y sus ojos se metieron hacia adentro, ahora pozos vacíos, negros, inhumanos.

La piel comenzó a estirarse, a cambiar de color, los huesos se alargaron y la ropa se derritió sobre él como tinta líquida.

En segundos, ya no era un niño, era Hades.

Con una túnica negra y larga, impecable.

Su piel pálida brillaba bajo la luna y la llovizna.

Su cabello estaba perfectamente peinado hacia un costado.

—Te falta uno...

Bajó la vista unos segundos, como quien repasa un libro demasiado largo.

—Recuerdo cuando todavía llorabas después de cada beso.

Cuando creías que podías esconderte de mí en una cueva de Turquía.

Cuando llegaste a China y pensabas que me podías matar con pólvora.

Cuando intentaste matarte arrojándote a las vías de un tren en Rusia.

Cuando les rezabas a otros dioses para que te libraran de mí.

Hizo una pausa.

—Dos mil años observándote... y todavía logras sorprenderme.

Hades permaneció inmóvil, observándome con una tranquilidad que me irritaba.

La lluvia resbalaba por su túnica sin llegar nunca a empaparla, como si el agua también respetara su naturaleza divina.

Durante unos segundos ninguno habló. Ya no era necesario llenar todos los silencios.

Después de tantos siglos, ambos sabíamos exactamente qué pensaba el otro.

—Nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí —dijo finalmente.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sus ojos permanecieron fijos en los míos.

—Creí que abandonarías mucho antes. Pensé que la culpa terminaría quebrándote. Que algún rey te haría perder la razón, que alguna guerra acabaría contigo o que simplemente decidirías dejar de matar y aceptar una eternidad vacía.

Esbocé una sonrisa amarga.

—Yo también lo creí muchas veces.

Hades bajó apenas la cabeza, como si repasara una historia que solo él había contemplado desde el principio.

—Mataste emperadores, campesinos, piratas, soldados, nobles y asesinos.

Cruzaste imperios que ya no existen, sobreviviste a pestes, revoluciones y guerras que cambiaron el mundo.

Vi cómo amaste, cómo huiste y cómo enterraste a cada uno de los hombres que alguna vez significaron algo para ti.

Sin embargo, después de todo ese tiempo...

todavía me sigues mirando con el mismo odio que el primer día.

No respondí. Porque, por más que quisiera negarlo, tenía razón.

—¿Y? ¿Terminamos con esto? ¿Lista para el mil?

Me puse de pie, él también. Era mucho más alto que yo, parecía más imponente que nunca. No por tamaño, sino por la presencia opresiva que desprendía. Lo miré a los ojos, desafiante.

—¿Y si no lo hago? ¿Si elijo no matar a nadie más? —pregunté, y la voz me tembló apenas. No por miedo, sino por desgaste.

—Vivirás eternamente. Pero sin besar, sin sentir. En soledad perpetua.

Las ramas se agitaron con una violencia repentina mientras una ráfaga nos rodeaba. Una farola parpadeó y él dio un paso hacia mí. Una mano me tembló y la escondí en el bolsillo, comencé a caminar hacia atrás.

Después volvió a acercarse despacio, con calma.

—Ya no queda casi nada, Elina. Un solo hombre. Una sola alma. Después de eso no tendrás que volver a esconderte ni a huir de nadie. No habrá más despedidas, ni más ciudades abandonadas a la madrugada. No volverás a mirar a un hombre preguntándote cuánto tardará en morir si decides besarlo.

Su voz había perdido la dureza de otras veces. Era extrañamente serena.

—Podrías terminar con todo ahora mismo. Ven conmigo. En mi reino no existe el hambre, ni el miedo, ni la culpa. Nadie volverá a morir por tus labios. Nadie volverá a romperte el corazón. Descansarás para siempre.

Mientras hablaba, extendió lentamente la mano hacia mí, con una quietud ritual, perfecta, pálida, tan hermosa como letal. No era una orden. Era una invitación; y quizás por eso resultaba mucho más peligrosa.

—Ven conmigo. No como una condenada... sino como mi igual. Reina del abismo. Reina mía.

Dudé unos segundos antes de levantar la mano. Mis dedos rozaron los suyos con una cautela absurda, como si temiera que un simple contacto pudiera cambiar el curso de mi existencia.

En el instante en que nuestras pieles se tocaron, la lluvia dejó de escucharse, el viento desapareció y también el frío.

Abrí los ojos y comprendí que ya no estaba del todo en Irlanda.

El castillo, el río y los árboles parecían haberse disuelto alrededor de nosotros.

No era oscuridad. Era algo mucho más inquietante: la ausencia absoluta de cualquier sensación.

No había dolor. No había tristeza. Tampoco alegría.

Era un descanso tan profundo que por un instante entendí por qué los muertos dejaban de luchar cuando llegaban al Inframundo.

Descansar era tentador. Muchísimo más de lo que yo había estado dispuesta a admitir durante siglos. El silencio comenzó a vaciarme.

Ya no recordaba el rostro de Facundo. Después dejó de importarme el de Dracacio. Luego olvidé el nombre de mi madre.

Era maravilloso. Porque donde no existe el dolor... tampoco existe la memoria.

Mi respiración comenzó a acelerarse. Sentí miedo. No de Hades, sino de mí misma.

Retiré la mano con brusquedad, como quien despierta de un sueño demasiado agradable para ser real. El mundo volvió de golpe. Otra vez escuché la lluvia golpeando las hojas, el río corriendo entre las piedras y el viento helado atravesando mi ropa.

Llevé una mano al pecho, intentando recuperar el aire.

—No —dije en voz baja, pero firme.

Él sonrió, como si mi negativa fuera solo parte de su juego eterno.

—No hace falta que respondas.

Sonrió con esa calma insoportable.

—Siempre terminas rechazándome.

Dio un paso hacia atrás.

—Pero piensa un segundo, Elina... ¿De quién hablaste más durante estos dos mil años?

No respondí. Fue él quien contestó su propia pregunta.

—De mí. Cada hombre que conociste terminó comparándose conmigo sin saberlo. Cada ciudad donde huiste... también era una forma de escapar de mí.

Bajó apenas la voz.

—Has pasado más tiempo odiándome... que amando a cualquier mortal.

Hades sonrió con una tranquilidad desesperante. Después comenzó a desvanecerse entre la niebla, hasta confundirse por completo con el paisaje. Solo quedó el olor húmedo del musgo y la tierra después de la lluvia.

Permanecí inmóvil durante varios minutos, observando las ruinas del castillo mientras el agua empapaba lentamente mi ropa. Pensé en todos los hombres que había amado y perdido, en todos los caminos que había recorrido creyendo que el final de la maldición resolvería mi vida.

Y entonces comprendí algo que nunca antes me había atrevido a pensar.

Durante más de dos mil años había vivido con un único propósito: terminar aquella condena.

Ahora solo faltaba un hombre. Después... no sabía quién sería.

Y por primera vez desde que Hades me había condenado, comprendí que el verdadero miedo nunca había sido morir.

Era descubrir quién sería cuando, por fin, pudiera vivir.

Ya no era aquella joven griega que corría libre entre los bosques creyendo que el mundo era eterno.

Conservaba el mismo cuerpo, pero mi alma había vivido demasiadas vidas.

Tantas... que ya no sabía cuál de todas seguía siendo yo.