Capítulo 22
Puerto Pollensa
Sandra Mihanovich
El mar siempre tuvo algo de cuna y de tumba.
En ese año mi residencia era Puerto Pollensa, en el norte de Mallorca.
La bahía estaba abrazada y protegida por la Serra de Tramuntana.
Las montañas se alzaban detrás del pueblo, grises y rocosas, descendiendo casi hasta el mar.
Este telón de fondo no era solo escenografía; hacía que la paz del puerto se sintiera más intensa.
La zona del puerto estaba bordeada por un paseo marítimo tranquilo, con palmeras altas.
Las casas eran bajas, de piedra, con persianas azules que protegían del sol.
Todo allí era lento y apacible. Caminar por la orilla, con la mirada perdida en el paisaje y el calor de la arena cubriendo mis pies, se sentía como entrar en un paréntesis de paz.
Ese día, en la Cala Sant Vicenç, el mundo ardía de belleza.
Un paraíso costero de arena fina y aguas cristalinas.
El cielo estaba tan azul que dolía mirarlo fijo, las olas rompían con una cadencia que parecía ensayada, los cuerpos dorados brillaban entre risas.
El aire olía a una fragancia que aún extraño: protector solar, salitre y naranja sobre la arena caliente.
Desde mi torre de vigilancia, era apenas un punto rojo en la multitud, con mi trenza mojada pegada al cuello y el silbato colgando como una amenaza muda. Mis ojos, entornados por el sol, vigilaban el mar.
Detrás de una ola apareció un surfista. Su cuerpo, tallado por la sal y el viento, parecía esculpido por mareas antiguas. El cabello largo, rizado y rubio, aclarado por el sol, le daba un toque salvaje y natural.
—¡Ey, socorrista! ¿Quieres una clase? —gritó desde su tabla.
Negué con la cabeza. Sonreí apenas, sin mostrar los dientes.
—Trabajo —respondí con seriedad.
—Entonces cuando salgas, jefa. Me debes unas olas. Soy Luke.
Tenía la voz de quien grita entre las olas sin miedo a hundirse. Se alejó remando. Lo miré un poco, lo suficiente para saber que debía dejar de hacerlo.
Al caer la tarde, la playa se quedó casi vacía.
Las sombrillas rayadas se cerraban, los niños dormían en brazos.
Mi uniforme ya colgaba dentro de la casilla.
Caminé hacia la orilla. Él me esperaba con dos tablas y una sonrisa radiante; su mirada me derritió más que el sol de esa tarde.
Tenía los ojos de un azul celeste, tan idénticos al mar de aquella zona de la isla.
Era como si el mar mismo me estuviera observando.
—Respira y entrégate. El mar hace el resto —dijo, mientras ajustaba la correa en mi tobillo con delicadeza.
Entramos. Las olas eran suaves, cómplices.
Mientras remábamos, me contó que era de Australia y que había llegado a la isla con el pretexto de aprender español, pero en el fondo buscaba algo más: conquistar olas de otros mares, soles que le marcaran la piel y momentos compartidos con gente que parecía saber lo que era vivir sin culpa.
—Flexiona más las rodillas.
—¿Así?
—No tanto. Vas a parecer un canguro.
Me reí.
La ola me tiró de cabeza. Cuando salí a la superficie él ya estaba riéndose.
—Te dije.
Le lancé agua.
—Callate.
Me enseñó a pararme, a soltar, a reírme cuando las olas me revolcaban. Flotamos acostados y abrazados sobre su tabla, en medio del mar, hasta que el sol se ocultó. Sin darme cuenta, ese día fue el inicio de otra de mis tantas historias.
Una mañana salimos antes del amanecer. La playa todavía estaba desierta y el aire tenía ese frío suave que solo existe unos minutos antes de que salga el sol. Luke clavó las tablas en la arena y, sin decir demasiado, señaló el horizonte.
—Espera un momento.
Lo miré sin entender, pero obedecí. Permanecimos en silencio mientras el cielo comenzaba a cambiar lentamente de color. Primero apareció una franja anaranjada sobre el mar; después, el sol asomó despacio, iluminando la superficie del agua como si hubiera derramado oro líquido sobre las olas.
Luke sonrió sin apartar la vista del horizonte.
—¿Ves? Vale la pena madrugar por esto.
No pude evitar sonreír también. Me quedé contemplando aquella escena unos segundos más antes de responder.
—Siempre.
Los amaneceres se transformaron en charlas junto al mar; los atardeceres, en horas sobre las tablas; y mis días libres, en viajes por la isla, descubriendo castillos, calas ocultas y los caminos de las sierras.
Así pasó el verano, entre el mar y su compañía.
No sé cómo me aguanté tanto tiempo sin mirarlo, sin besarlo. Él me lo pedía, una y otra vez.
—Muero porque me beses, y me mires a los ojos.
Lo sentí como una frase literal. Algo que sabía que tarde o temprano iba a pasar.
Y pasó. Era principios de noviembre y mi último día de trabajo. Colgué el uniforme y me puse el traje de neopreno. Nos fuimos en su coche en busca de buenas olas y llegamos a la playa de Alcudia.
El cielo viraba del oro al rosa. Comenzamos a movernos con las tablas, hasta alejarnos lo suficiente de la orilla.
Luke me acariciaba el cabello mojado, sus dedos jugaban con mis mechones.
Entonces, el viento cambió, las olas se volvieron más erráticas, la corriente nos arrastró sutilmente.
La costa se había vuelto una línea borrosa, lejana.
—Luke... estamos lejos.
—Tranquila. Tú eres socorrista y yo surfista, somos los dioses del mar —dijo con una sonrisa burlona.
Pero ya no era calma ni miedo lo que latía en mí, era deseo, era un deseo antiguo, ese borde donde lo humano se asoma, solo para romperlo todo.
Me alejé unos centímetros y respiré hondo.
Todavía podía volver remando a la orilla y marcharme. Pero no lo hice.
Lo miré como tantas veces había mirado a otros, con mis ojos dorados que lo atravesaron como un rayo de sol.
Él creyó ver deseo, y era cierto, pero no el que une, sino el que arrastra, como la marea.
Me acerqué, nuestros cuerpos mojados se buscaron sin palabras.
Él me abrazó como quien confía en el mar sin saber que viene una ola gigante.
Mi boca, como un canto de sirena, lo llamó a las profundidades y él fue, sin miedo, como van todos.
Y yo, temblando, lo besé. Un beso salado con la sed de su alma.
Su cuerpo se arqueó, como una ola que se rompe en la orilla, luego se aflojó, como espuma al retirarse. Sus brazos me soltaron, su pecho dejó de moverse. Yo me quedé allí, mojada de sal y de culpa, con el sabor de Luke y del mar en la boca.
Desde lo profundo del mar emergió con una sonrisa letal y seductora. Habló, y fue como si el fondo del océano escupiera una verdad antigua. Tenía el torso desnudo y, debajo, una cola como de tritón.
—Cinco almas más y serás libre para ser mortal.
Antes de que pudiera decir algo, me empujó de la tabla con una carcajada y caí al agua de espaldas.
Cuando emergí, tosiendo, él ya me esperaba, a apenas unos centímetros.
Hades me miraba como si ya supiera todas mis respuestas.
Puso su mano sobre mi pecho, con lentitud, como quien busca una verdad bajo la piel.
—¿Aún te queda algo de amor para dar o el deseo se lo llevó todo?
Por un instante, el pensamiento me quebró: rendirme, soltar todo, dejar de matar. Él leyó mi mente como si fuera un libro que había escrito.
—Todavía puedes elegir el camino al Inframundo conmigo.
Me besó la mano, sus labios fríos como el fondo del mar.
Pero esa frialdad no me asustó. Decidí tocarlo, no por ira, sino con una extraña mezcla de miedo y curiosidad.
Su rostro, por un instante, se suavizó, pareció humano y vulnerable.
Intenté entonces lo imposible, algo que hasta ese momento no se me había ocurrido: lo miré intentando desearlo, pero mis ojos no respondían.
Me acerqué con la intención de besarlo, de probar si podía hechizarlo, matarlo, acabar con todo.
Lo miré fijamente. No había deseo en mis ojos, sino una necesidad desesperada.
Si él era el origen de toda mi condena, quizá también pudiera convertirse en su final.
Por primera vez no buscaba acercarme a Hades por odio ni por desafío, sino por la absurda esperanza de descubrir una grieta en el destino que él mismo había escrito para mí.
Apoyé una mano sobre su rostro. Su piel seguía siendo fría, tan fría que parecía absorber el calor de la mía. Cerré los ojos un instante. Pensé en todos los hombres que habían muerto bajo mis labios.
Respiré hondo y me acerqué despacio. Él no hizo ningún movimiento para recibirme ni para detenerme. Permaneció inmóvil, observándome con una mezcla de sorpresa y cautela, como si no quisiera romper aquel instante imposible.
Mis labios encontraron los suyos.
El beso comenzó torpe, casi tímido. No había deseo ni ternura. Solo una necesidad desesperada de comprobar si el destino podía cambiar. Permanecí allí unos segundos, esperando sentir el ardor en mis ojos, el brillo dorado, esa fuerza maldita que siempre despertaba al tocar a un mortal.
No ocurrió nada.
Entonces fue él quien respondió al beso.
Muy despacio. Como si hubiera esperado ese instante durante siglos y temiera espantarlo con un solo movimiento brusco.
Una de sus manos subió hasta mi mejilla con una delicadeza que jamás le había conocido.
La otra descansó apenas sobre mi cintura.
No intentó dominarme ni retenerme. Simplemente permaneció allí, correspondiendo aquel beso con una calma que me desconcertó.
El tiempo pareció detenerse.
Por un momento olvidé quién era él y quién era yo. Solo existía el sonido del mar alrededor, el vaivén de las olas empujando las tablas y aquel silencio extraño que compartíamos con los labios unidos.
Fui yo quien terminó separándose primero.
Abrí los ojos de inmediato. Esperé ver una grieta, un gesto de dolor, cualquier señal de que la maldición hubiera encontrado por fin a su creador.
Nada. Hades seguía allí. Exactamente igual.
Me observaba con una expresión completamente distinta a la habitual. Ya no había ironía ni arrogancia. Había algo mucho más peligroso: felicidad.
Sonrió despacio, casi incrédulo.
—¿Sabes qué fue lo más hermoso de todo esto?
No respondí.
Él apoyó apenas la frente contra la mía.
—Que podrías haber intentado hechizarme, obligarme o tenderme una trampa como tantas otras veces. Pero no lo hiciste.
Sus dedos acariciaron lentamente mi mejilla.
—Viniste por voluntad propia.
Su voz había perdido toda la dureza.
—Llevo más de dos mil años imaginando cómo sería un beso tuyo... y nunca pensé que tendría este sabor.
Lo miré confundida.
Él sonrió apenas.
—Tiene gusto a esperanza.
Sentí un escalofrío.
—Y también a desesperación.
Suspiró, todavía muy cerca de mí.
—Por un instante solo fui un hombre al que la mujer que ama decidió besar.
Mis manos se cerraron con fuerza.
—¿Funcionó?
Hades negó lentamente con la cabeza, sin borrar la sonrisa.
—No.
Esperé unos segundos más. Mi respiración seguía acelerada. No había cambiado absolutamente nada.
Él inclinó apenas la cabeza, con una expresión traviesa que conocía demasiado bien.
—¿Me das otro?
Lo miré con una mezcla de incredulidad y furia.
Con las dos manos le lancé una ola de agua directamente a la cara.
Hades soltó una carcajada tan sincera que retumbó sobre el mar. Se pasó una mano por el rostro, apartándose el cabello mojado hacia atrás.
—Definitivamente... valió la pena. Debo reconocer que a veces tienes buenas ideas para librarte de mí, pero no va a funcionar. Me gustó sentir tus manos y tu intento de dulzura, ese beso solo sirvió para alimentar el fuego interno que siento por ti.
Luego se volvió de nuevo ese dios cruel, inevitable.
—Ahora basta de juegos. Me llevaré esta alma. Y tú, sigue buscando las que te faltan. Hasta que esta condena termine o te termine.
Con un gesto casi perezoso, alzó la mano.
El cuerpo de Luke, aún tibio, se estremeció sobre la tabla, tironeó de su pecho.
Su alma, hecha de luz y sal, fue absorbida en un remolino oscuro que se desvaneció en las profundidades.
Hades descendió con ella como un rey regresando a su reino silencioso con un trofeo, mientras el cuerpo de Luke quedó flotando sobre la tabla, bello y quieto.
Permanecí horas sobre aquella tabla, dejándome llevar por la corriente.
La costa volvió a aparecer lentamente, pero ya no era el mismo Puerto Pollensa que me había recibido meses atrás.
Comprendí que no existen lugares malditos; solo personas que llevan la maldición consigo.
El mar seguía siendo hermoso. Era yo quien ya no podía mirarlo igual.
Quedé a la deriva mientras la corriente me arrastraba, en ese limbo, entre espuma y culpa, mirando un horizonte que ya no prometía nada.