Mil besos para morir Capítulo 21
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Capítulo 21

Cuando pase el temblor

Soda Stereo

Era otoño y estaba sentada en el Campo de Piedra Pómez, rodeada de kilómetros de rocas blancas que parecían olas gigantes congeladas en el tiempo.

Un paisaje que parecía de otro planeta, desierto y mudo.

Tenía puesto un poncho marrón de lana de llama que me llegaba hasta las rodillas y las manos apretadas alrededor del mate caliente, pero el frío lo tenía adentro.

Facundo. No me podía sacar sus ojos de la cabeza. No era un monstruo, no era un pecador. Era un hombre de La Pampa, pacífico, de manos tibias y risa fácil. Me había enamorado de verdad.

Una lágrima me cayó por la mejilla, cortando el polvo blanco en mi piel, y después otra. No podía parar de llorar.

El crujido de la piedra partida me avisó antes de que hablara.

Ni siquiera tuve que darme vuelta. Hades se sentó a mi lado en la roca blanca, estirando sus piernas largas.

Traía un poncho como el mío, pero en color.

Me miró en silencio un momento y, con una delicadeza inusual, apoyó una mano grande en mi rodilla.

Reaccioné por instinto. Le metí un empujón con el codo, sacándome su mano de encima como si me quemara.

—No me toques, dios de mierda —le escupí, con la voz rota por el llanto—. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué? Realmente me estaba enamorando de Facundo... ¿Por qué me hiciste matarlo?

Hades no se inmutó por el insulto. Su rostro pareció tallado en el mismo hielo que nos rodeaba.

—Tú los matas, Elina —dijo, con esa voz grave, pausada y cruelmente serena—. Con tu mirada asesina y tus labios de veneno. Yo solo puse la maldición; tú te encargas del resto.

Esa verdad me pegó más fuerte que un golpe. Escondí la cara entre las rodillas y el poncho, llorando con más fuerza, con una angustia que me ahogaba el pecho.

Un momento después, sentí algo suave rozándome la mano. Levanté la vista. Hades me estaba extendiendo un pañuelo de seda negra, tan fino que parecía hecho de sombras.

Lo agarré sin mirarlo a los ojos y me limpié la cara, respirando hondo, tragándome el nudo en la garganta.

—Estoy agotada, Hades —susurré, mirando el laberinto de piedras blancas—. Cortá esta maldición de una maldita vez. Te lo pido por favor.

Hades suspiró. Fue un sonido pesado, antiguo.

—Falta, Elina... —respondió en un murmullo suave, casi arrepentido—. Faltan unas cuantas almas todavía.

Me quedé en silencio. Chupé la bombilla del mate, tragando el agua caliente y, mirando hacia el horizonte donde el sol de otoño empezaba a teñir las piedras de color naranja y violeta. El silencio entre nosotros ya no era de guerra; era un cansancio compartido.

—¿Me das uno? —pidió él de repente, señalando el mate con la barbilla.

Lo miré de reojo, incrédula. ¿El dios del Inframundo tomando mate en Catamarca? Bufé, puse los ojos en blanco y, de muy mala gana, volví a cebar. Le tendí el mate sin decirle una palabra.

Hades lo agarró con sus dedos grandes, miró la bombilla un segundo con curiosidad y después tomó un sorbo largo. Se quedó saboreándolo, con la vista fija en el desierto blanco.

—Caliente y amargo... —murmuró, girando la cabeza para mirarme de frente, con un brillo pícaro en los ojos oscuros—. Como yo.

Y soltó una carcajada. Una risa grave, sincera, que resonó en medio de la nada.

Intenté morderme el labio. Intenté mantener la cara de velorio, la bronca, el dolor por Facundo... pero la estupidez de su chiste en un momento tan trágico me superó. Se me escapó una media sonrisa, y después una risa nerviosa que me aflojó los hombros.

—Sos un boludo —le dije, sacudiendo la cabeza, quitándole el mate de las manos.

Hades sonrió de costado, inclinándose apenas hacia mí, acortando el espacio entre nuestros hombros en el frío del atardecer.

—Si te gusta el mate, te tendría que gustar yo entonces, Elina —retrucó con voz baja y seductora—. Al final... somos iguales.

Puse los ojos en blanco y giré la cabeza negando.

Hades permaneció un momento en silencio, girando lentamente el mate entre sus manos.

—Hay algo que nunca me preguntaste.

Lo miré confundida.

—¿Qué cosa?

Bebió un sorbo antes de responder.

—Qué ocurre con los hombres que miras... cuando decides no besarlos.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Siempre pensé que, si escapaba antes...

—...los salvabas.

Asintió apenas.

—Lo pensaste durante más de dos mil años.

Lo observé, esperando que negara lo que estaba imaginando. No lo hizo.

—Cada hombre al que marcas con tus ojos queda unido a ti de una forma que ni siquiera los mortales comprenden. Algunos consiguen seguir viviendo. Otros pasan meses buscándote. Y algunos... terminan rompiéndose.

El mate dejó de calentarme las manos.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Hades sostuvo mi mirada.

—Porque nunca me lo preguntaste.

Sentí una rabia insoportable.

—Eso no responde mi pregunta.

Él suspiró.

—No. Pero es la verdad.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—También pensé que algún día lo descubrirías sola.

Era una respuesta perfecta para un dios. Verdadera y cobarde.

Bajé la vista.

—¿Quiénes?

Hades miró el horizonte como si estuviera repasando una lista.

—¿Recuerdas a Gonzalo? Aquel muchacho argentino de Corrientes.

Asentí apenas.

—Meses después de que abandonaras el pueblo lo encontré pescando solo en el río. Ya casi no hablaba con nadie. Se pasaba los días mirando el agua mientras repetía tu nombre. Decía que, cada vez que cerraba los ojos, veía los tuyos. Dorados. Esperándolos del otro lado del río.

Sentí que el estómago se contraía.

—No...

—No hizo falta empujarlo demasiado. Solo unos susurros. Caminó hacia el agua convencido de que iba a encontrarte. Terminó llegando al Estigia.

Cerré los ojos.

—Y Murdo...

Hades asintió lentamente.

—Escocia. Más de doscientos años atrás. Lo miraste... te asustaste... y huiste antes de besarlo. Creíste que así lo habías salvado.

No pude responder.

—Durante semanas recorrió los acantilados preguntando por una mujer de ojos dorados. Cuando comprendió que no volverías, se lanzó al mar.

El viento levantó un poco de polvo entre nosotros.

—Llegó a mi reino convencido de que abajo lo estarías esperando.

Las lágrimas volvieron sin permiso.

Hades me devolvió el mate.

—Por eso siempre te repetía que siguieras caminando.

Levanté la vista.

—¿Para que no me enamorara?

Negó despacio.

—No.

Hizo una pausa.

—Para que nunca llegaras a mirarlos con deseo.

Durante un largo rato ninguno de los dos habló. Solo se escuchaba el viento recorriendo las piedras blancas. Hades sostuvo el mate entre las manos, observándolo con curiosidad. Pasó lentamente un dedo por la yerba húmeda antes de romper otra vez el silencio.

—Te veo diferente últimamente, desde la Antártida para ser concretos. No sé qué te pasó, pero te veo más rebelde, tu forma de hablar, de expresarte, de rebelarte ya era desafiante pero ahora estás más brava.

—Sí, puede ser. Aquí aprendí muchas expresiones nuevas y palabras, sobre todo malas palabras —le respondí, y me empecé a reír sola, sacudiendo la cabeza.

Pero la sonrisa se me desarmó rápido. Miré el paisaje infinito, sintiendo que el frío me volvía al cuerpo y apreté el mate entre las manos como si fuera un ancla.

—Pero me voy a ir de este lugar, Hades —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—. Me voy a ir de este país.

Él frunció apenas el ceño, mirándome de reojo.

—¿Por qué? —preguntó, confundido—. Acabas de decir que aprendiste su idioma, que te adaptaste. Pareces cómoda.

—Exactamente por eso. Su gente es demasiado cálida, ¿entendés? Tienen algo... una chispa, una cercanía que te abraza sin que te des cuenta. Por primera vez en siglos, me hacen sentir que pertenezco a un lugar. Y ese es el problema.

Lo miré a los ojos, dejando que viera todo el cansancio de mi alma.

—Si me quedo, me voy a terminar encariñando de nuevo. Y no soporto la idea de tener que clavarle mi veneno a otro Facundo, a otro hombre bueno de por acá. Prefiero irme ahora, ser una extraña en otra tierra fría, antes de que este país me rompa el corazón del todo.

Hades permaneció mirando el horizonte unos segundos más. Después dejó el mate sobre la piedra, se puso de pie y acomodó el poncho sobre sus hombros.

—Es curioso... llevas siglos buscando un lugar al que pertenecer... y cuando por fin lo encuentras... eres tú quien decide abandonarlo.

Hades no intentó convencerme de nada. Entendiendo por primera vez que la verdadera maldición para mí no era matar, sino tener que renunciar a la vida que me gustaba para no seguir matando.