Mil besos para morir Capítulo 20
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Capítulo 20

Mate dulce, mate amargo

Chaqueño Palavecino

El sol descendía, proyectando mi sombra alargada sobre la tierra fértil.

El horizonte era una línea difusa entre el cielo del atardecer y el trigo, una fusión de dorados, celestiales y terrenales.

Había en el aire un olor espeso a pasto, bosta y tierra fértil.

Esos campos tenían algo que dolía y sanaba al mismo tiempo.

Mi cabello suelto y rebelde me golpeaba el rostro con cada ráfaga de viento. La mochila me pesaba poco; lo que realmente me doblaba los hombros era la memoria. Llevaba puesta una camisa celeste de algodón, unos jeans anchos desgastados y un sombrero de paja.

Entonces lo vi, a lo lejos, cruzando el horizonte.

El gaucho montaba un caballo criollo, fuerte y ágil, de pelaje oscuro que se movía con elegancia salvaje mientras él lo guiaba sin esfuerzo aparente, como si fueran uno solo.

Llevaba bombacha de campo azul, una camisa amarilla sucia de barro y un pañuelo verde en el cuello.

Mientras se acercaba observé su rostro, curtido por el sol. Tenía la belleza imprecisa de los que no se miran al espejo, pero cargan con algo que los hace inolvidables.

Pero lo que realmente me detuvo fueron sus ojos.

Marrones, serenos, como el barro mientras se seca después de la lluvia.

No había prisa ni desconfianza en ellos.

Solo esa curiosidad tranquila de quien aún cree en las casualidades.

Me miró, y en esa mirada había algo tan simple como sagrado: la certeza de estar donde debía.

—¿Perdida, che? —me dijo, con voz ronca y amable.

Lo miré sin subir del todo la vista.

—Tal vez… encontrándome.

Su sonrisa fue sincera, pequeña.

—Soy Facundo. ¿Unos mates? A veces ayudan a acomodar el alma.

Asentí, pero sin mirarlo. Había ternura en él, y yo ya no sabía si aún quedaba algo de ternura en mí.

—Dale, vamos a tomar unos mates —acepté, notando cómo el "dale" se me escapaba ya con naturalidad.

—Subite —dijo, sin más.

Me subí al caballo, detrás de él, sintiendo el frío cuero de la montura bajo mis piernas y la rigidez de su espalda. Instintivamente, mis manos se apoyaron en su cintura, y el roce hizo que mi respiración se acelerara.

Apenas me acomodé, salimos al trote suave, dejando atrás el camino principal de tierra. El animal se movía con una cadencia cansina, acostumbrado a esas distancias interminables. El viento, que antes era solo polvo, ahora era una caricia fría y envolvente contra mi rostro.

El paisaje seguía siendo una línea horizontal inmensa, pero por primera vez, el horizonte no me parecía solitario. Su espalda se movía rítmicamente contra mi pecho. Solo existía el galope, el peso compartido sobre el caballo y el sol ocultándose.

El trote se hizo más lento hasta convertirse en un paso firme y final. El animal resopló, aliviado, mientras atravesábamos el portón de madera bajo y rústico.

La casa de la estancia, de ladrillo y tejado bajo, apareció.

Estaba rodeada por unos árboles altos que parecían un milagro en medio de la llanura.

La galería larga y sombreada se extendía al frente.

Una luz cálida y suave se escurría por las ventanas, dando una sensación de calidez que contrastaba con la inmensidad de la oscuridad del exterior.

Él detuvo el caballo justo al pie de la entrada. Su espalda se relajó bajo mis manos, y por un segundo, me quedé pegada a él, sin querer romper la cercanía que habíamos compartido en el camino.

El gaucho se bajó primero con un movimiento rápido y, sin soltar la rienda, me tendió las manos. Me ayudó a desmontar, y al tocar el suelo, sentí mis piernas extrañas, vibrando por el traqueteo.

—Bienvenida —me dijo, con la voz grave, señalando la casa.

Dejamos al caballo en el establo y nos dirigimos a su casa.

Al entrar, supe que, después de la odisea de tanto viaje, había llegado a un lugar donde al fin podría descansar.

Encendimos un fogón, mientras las estrellas ya empezaban a perforar el cielo.

La carne chispeaba sobre la parrilla: costillas, morcillas, chorizos, pan casero.

El humo olía a campo, asado, el aroma de algo que me hacía agua la boca.

Mientras la carne se cocía, Facundo cebaba mate con la paciencia de los que saben esperar, y me lo pasaba como quien ofrece consuelo.

—No sos de acá. Se nota.

—Estuve por todas partes.

—¿Y cuál es tu lugar en el mundo?

El mate tembló entre mis dedos.

—Todavía no lo encontré.

Él no respondió, me miró con esa calidez lenta que tienen los que saben dejar espacio.

—Podés quedarte acá si te gusta —dijo, casi en un susurro—. Hay lugar de sobra y gente buena.

—No puedo. A donde yo voy… algo siempre se rompe.

Y justo en ese momento, el viento cambió. Las llamas se agitaron, las brasas vibraron, la sombra que siempre me sigue se proyectó detrás del fuego.

—No le hagas perder el tiempo. Un alma noble, simple. ¿Todavía te conmueve un hombre así?

A la mañana siguiente, el rocío brillaba en los campos. Facundo me preparó bizcochos caseros. Nos sentamos en la galería, entre mates y bizcochos, él hablaba del pueblo, de la calma infinita y de la vida sin relojes ni preocupaciones.

—A veces me siento el último hombre del mundo. Pero en este rincón, se puede respirar y estar tranquilo.

Yo escuchaba, callada, aferrada a ese instante.

Pasaron días, semanas. Viví en su mundo: ordeñábamos vacas al amanecer, recogíamos verduras de la huerta, cabalgábamos al atardecer. Dormía sin pesadillas ni miedos envuelta en sus brazos.

Una tarde arreglábamos un alambrado que el viento había tirado durante la noche.

Yo sostenía los postes mientras Facundo martillaba los alambres.

—Nunca pensé que terminaría arreglando un campo.

—¿Y qué pensabas hacer con tu vida?

Sonreí.

—Ser libre.

Él soltó una carcajada.

—Bueno... acá sos libre de hacer lo que quieras.

Lo miré trabajar. Tenía las manos llenas de tierra. Y por primera vez en siglos... pensé que quizá podía acostumbrarme a esa vida.

Me imaginaba al fin tranquila, con la persona indicada y en un lugar alejado de todo y todos. Solo con su compañía ya era suficiente. Realmente quería quedarme a vivir en ese lugar. Disfrutaba de la comida, de las costumbres, de la calidez de la gente del pueblo.

El gallo todavía no había cantado cuando escuché unos golpes suaves en la puerta.

—Che...

Abrí un ojo.

—¿Qué pasa?

—Las vacas no se ordeñan solas.

Gruñí por lo bajo.

—Cinco minutos más.

—Eso dijiste hace diez.

Suspiré.

—Qué pesado que sos.

Él soltó una risa.

—Y vos bastante dormilona.

Era inevitable no desearlo o enamorarme de él, pocas veces en tantos años había conocido un alma tan calma y buena como la de él.

Una tarde, cabalgábamos cerca de un arroyo.

El sol estaba bajo, el aire era denso, tibio.

Me alejé un poco de Facundo. De la nada, Hades apareció con un látigo de sombras, lo golpeó contra el suelo con una fuerza que hizo vibrar la tierra, y desapareció en segundos.

Mi yegua se asustó con un relincho de pánico.

Caí y rodé por el pasto, golpeando el hombro y la cadera.

Facundo tardó unos minutos en llegar, bajó de su caballo y corrió hacia mí.

—¿Estás bien? —gritó.

Cuando abrí los ojos y comenzaron a encenderse en deseo, di un paso hacia atrás. Me cubrí el rostro con las manos y retrocedí un paso.

—¿Qué pasa?

Retrocedí otro paso.

—No te acerques.

—¿Te golpeaste?

—¡No te acerques!

No pude evitarlo. Mi mirada se encendió, dorada como el trigo que me rodeaba, con un deseo que llevaba contenido por semanas.

Facundo se acercó, hipnotizado por el brillo de mis ojos.

Se quedó quieto, con la respiración temblando y me miraba sin entender qué pasaba.

Las lágrimas corrían por mi rostro, quería quedarme, ahí con él para siempre.

Lo abracé, sentía su corazón latiendo contra mi pecho, un corazón que sabía que iba a detenerse en minutos.

Cuando el abrazo terminó lo miré y le pedí perdón.

Con mis manos lo acerqué lentamente a mi rostro, a solo unos centímetros de mis labios.

Sentía su respiración agitada, el aire caliente que salía de su boca.

Lo besé, como se besa una bombilla de mate cuando sabes que el agua está muy caliente: con los labios justos, casi sin tocarla, pero queriendo saborear algo que te gusta, con la certeza de que puede lastimarte.

Así le succioné el alma, sin prisa, como si fuera un sorbo más de esta condena que no termina.

Su cuerpo se aflojó, se desplomó como un saco de arpillera.

Ahí quedó, tendido junto al arroyo, con la sonrisa serena de quien nunca sospechó su final.

Me arrodillé, lo abracé y lloré como una mujer rota que no quiere seguir sufriendo por desear ni amar.

Desde el horizonte, una silueta emergía a galope tendido, abriéndose paso como una tormenta silenciosa.

El caballo, una bestia enorme, negra como el carbón y ojos de fuego enterrados, levantaba la tierra a su paso, sobre él, Hades.

Montaba erguido, vestido como un gaucho.

El poncho oscuro con detalles rojos ondeaba tras su espalda.

Solo me quedé de pie, viendo cómo se acercaba, sintiendo cómo el mundo se estrechaba alrededor de ese instante. Ya sabía a qué venía.

—Te faltan once, amor mío. Todavía lloras como si no supieras lo que hacen tus besos.

No eres la víctima, Elina. Eres la asesina que finge no entender.

Los eliges. Los deseas. Los ves con esos ojos que brillan como un tesoro maldito, y los besas como si el amor salvara.

Pero tus besos no salvan, querida. Matan.

Y tú lo sabes. No fue la maldición quien mató a Facundo.

Fuiste tú. Pudiste marcharte semanas atrás.

Elegiste quedarte. Elegiste quererlo. Y cuando uno ama... inevitablemente termina besando.

Me levanté y lo miré con rabia. Pero bajé la cabeza.

Quise decirle que estaba equivocado.

Que la culpa era de su maldición.

Que él había escrito mi destino.

Pero ninguna de esas palabras salió. Porque, por primera vez... no estaba completamente segura de que mintiera.

Él se perdió de nuevo en el horizonte. Yo solo pude seguir caminando, con el gusto a mate y muerte pegado en la lengua.