Mil besos para morir Capítulo 19
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Capítulo 19

Pasajera en Trance

Charly García

Después de meses trabajando como traductora y profesora de idiomas en la Base Antártica Orcadas, de la Argentina, supe que era hora de cambiar de aires.

La vida allí tenía algo extrañamente cálido y frío a la vez.

Éramos pocos, apenas un puñado de almas en medio de un desierto blanco, y eso me obligaba a un cuidado que me estaba costando cada vez más.

Mi trabajo consistía en descifrar y traducir manuales científicos y documentos navales, un ejercicio mental que me mantenía ocupada.

Pero también daba clases de idiomas a los militares y científicos, y fue ahí donde encontré un respiro inesperado.

La mayoría eran argentinos, hombres rudos que soportaban el viento helado con una sonrisa y un humor que me pareció una especie de magia.

Fueron ellos quienes me enseñaron a tomar mate, una costumbre tan simple y tan íntima que se convirtió en mi ritual de resistencia.

Su amabilidad me rodeaba en cada gesto. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de mirar a nadie con deseo ni con amenaza.

Sabía que si me dejaba llevar, si cometía un error, me descubrirían. No había anonimato, éramos pocos y nos conocíamos todos. El silencio de la base era un juez constante. Por eso, aprendí a mantener una distancia sagrada.

Una tarde terminé la clase de inglés más temprano de lo habitual. Mientras guardaba los cuadernos, uno de los científicos apareció con un termo bajo el brazo.

—Che, profesora.

Levanté la vista.

—¿Sí?

—¿Va a probar el mate o piensa seguir haciéndose la europea?

Me reí por lo bajo.

—No sé cómo se toma.

—No importa. Acá se aprende tomando. No mirando.

Se sentó frente a mí. Preparó el mate con una ceremonia que no tenía nada de solemne y todo de costumbre.

—Despacio. Que quema.

Tomé un sorbo. Hice una mueca de asco. Todos estallaron en carcajadas.

—¡Viste!

—No chupés tan fuerte.

—Dale, otro.

—¿Y todos toman de la misma bombilla?

Los cuatro me miraron como si hubiera hecho la pregunta más absurda del mundo.

—Obvio.

Miré la bombilla con desconfianza.

—¿No les parece... poco higiénico?

Estallaron en carcajadas.

El científico volvió a cebarlo.

—Tomá.

Lo hice otra vez. Esa vez no me pareció tan desagradable, ya le estaba encontrando el punto, el gusto.

Él levantó el pulgar.

—Ahora sí.

—Ya sos argentina.

Por un instante olvidé quién era. No era una condenada. No era una inmortal. Solo era una mujer riéndose con desconocidos en el lugar más frío del planeta. Y esa sensación... hacía siglos que no la conocía.

Entendí también que el mate no se trataba de una infusión.

Por esa bombilla no solo corría agua con yerba; corrían historias, sueños, silencios, valores.

Era un ritual de unión, sin importar de dónde venimos ni adónde vamos.

No importa cuánta yerba le cambies al mate, siempre se puede empezar uno nuevo.

Me di cuenta de que yo también era como un mate vacío, que se iba llenando y vaciando en cada lugar que visitaba.

Mi español, que hasta entonces había sido tan neutro y pulcro, comenzó a modificarse sin darme cuenta.

El dialecto rioplatense se me metió en el habla de una forma inevitable.

Se me incorporaron palabras como "che" para llamar la atención, y el "dale" se había convertido en mi forma natural de asentir.

Era inevitable: el idioma es como la piel, absorbe la temperatura de quienes te rodean.

Una tarde, mientras corregía unos apuntes, uno de los soldados dejó caer una pila de carpetas sobre el piso.

—¡La concha de la lora! —protestó mientras intentaba recogerlas.

Sin pensarlo me agaché para ayudarlo.

—Dale... no pasa nada.

El silencio fue inmediato.

Los cuatro hombres que estaban en la sala levantaron la cabeza al mismo tiempo. Uno sonrió. Otro soltó una carcajada.

—¿Qué?

—Nada...

El mecánico negó con la cabeza divertido.

—Ya hablás como nosotros.

Fruncí el ceño.

—¿Qué dije?

—"Dale."

Me quedé pensando unos segundos. Ni siquiera recordaba haber elegido esa palabra. Simplemente había salido. Como si llevara años esperándome.

No entendí por qué todos empezaron a reírse. Pero terminé riéndome con ellos.

Sin embargo, nunca logré sentirme libre. Ese paisaje blanco infinito empezó a pesarme como un témpano en el alma. El frío se me metía en los huesos, en la sangre, hasta en los sueños. Yo, que siempre fui hija del sol, me sentía encerrada en una cárcel blanca.

Una tarde, durante mi paseo habitual, me alejé de la base. El silencio era total, solo el crujir de mis botas en la nieve y el viento constante. Me detuve en medio de la nada. El horizonte era una línea perfecta donde el blanco de las nubes y la nieve se fundían.

A lo lejos, una figura se formó como un muñeco de nieve.

Avanzaba sin esfuerzo, como si el hielo fuera su hogar.

Hades, vestido completamente de blanco. Su abrigo y guantes inmaculados, como si fuera un emperador de la nieve.

Nunca lo había visto vestido de un color tan puro.

Era curioso que el dios del inframundo pudiera parecer un ángel cuando le convenía.

—¿Te gusta este lugar? Tienes las manos limpias. Más de lo que las has tenido en los últimos años.

—Necesito un respiro —respondí, mientras el vaho de mi aliento desaparecía en el aire helado.

—¿Un respiro de la vida? Puedo dártelo.

Hizo un chasquido de dedos. De un instante a otro, el mundo se desdibujó. El aire helado fue reemplazado por un calor abrasador, una temperatura que me quemaba. El hielo y la nieve se transformaron en arena ardiente, y el cielo azul en un rojo anaranjado. Estábamos en el Inframundo.

Me quité el abrigo de un tirón, sintiendo el sudor correr por mi espalda.

—Puedes tener este calor. Esta tranquilidad. El resto de la eternidad. Solo quédate conmigo.

—El juego de siempre, Hades —dije, sintiéndome cansada de su oferta—. Y la respuesta es la misma. ¡No!

Me miró, una mezcla de resignación y frustración en sus ojos. Hizo otro chasquido. El calor se desvaneció, el rojo se volvió azul. Volvimos al frío inmenso de la Antártida.

—Como quieras. No tardaré en volver a verte.

Sin más, su cuerpo se deshizo en copos de nieve.

No podía explicarlo. Después de atravesar imperios, guerras, dioses y continentes... por primera vez en siglos no tenía ganas de seguir avanzando.

Pero incluso los lugares donde uno empieza a echar raíces pueden convertirse en una cárcel. El frío me estaba apagando por dentro. No quería abandonar a esa gente; quería abandonar ese invierno interminable.

Cuando llegó el momento de renovar mi contrato, lo supe sin dudar: debía irme. Ya había cumplido un ciclo en ese lugar. El frío y la monotonía se me hacían insoportables. Quería seguir rodeada de esa gente, pero en un lugar más cálido.

Crucé en un enorme barco, enfrentando once días de tormenta en el Pasaje de Drake.

El barco cabeceaba con fuerza, golpeando contra olas gigantes que eran a la vez hermosas y aterradoras.

El cielo, gris y pesado, se fusionaba con el mar.

Pero incluso en medio de la furia del océano, hubo belleza.

Ballenas jorobadas emergían majestuosas, levantando columnas de agua que brillaban bajo el sol.

Era como si la naturaleza me recordara que aún quedaban destellos de vida.

El barco llegó a Ushuaia. La mañana era fría y gris; la ciudad, recostada contra las montañas, se sentía como el fin del mapa, un puerto de madera y hierro que era a la vez refugio y punto de partida.

Ya estaba cansada del frío, así que subí al primer colectivo que vi. Su destino: La Pampa. No sabía ni dónde quedaba, pero me dijeron que allá no hacía tanto frío. Después de tantos siglos aprendí que a veces los caminos me eligen a mí.

El murmullo de conversaciones sobre fútbol y política fue un momento tan simple y humano.

Me acomodé junto a la ventana, observando cómo el paisaje se abría.

La cordillera quedó atrás y la ruta, poco a poco, dejó los rastros blancos de la nieve.

No sabía qué me esperaba en La Pampa, pero sí sabía una cosa: de algo, o de alguien, siempre estaba huyendo.

Siempre en constante movimiento, sin un lugar fijo al cual pertenecer.

Mientras el colectivo avanzaba por la ruta interminable, apoyé la frente contra el vidrio. Observaba un paisaje completamente distinto a todos los que había recorrido durante más de dos mil años.

No había templos.

No había castillos.

No había emperadores.

Solo campo, horizonte y un cielo inmenso.

Sin saber por qué, tuve una sensación extraña. No era felicidad, tampoco paz. Era algo más simple. La impresión absurda de que, si alguna vez existía un lugar capaz de hacerme bajar la guardia... tal vez estuviera en ese rincón perdido del mundo.