Mil besos para morir Capítulo 18
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Capítulo 18

Nebel - Niebla

Rammstein

Sobre Dresde, el cielo se había perdido por completo tras una densa cortina de humo gris mientras el estruendo incesante de las bombas rasgaba el aire. Las campanas de las iglesias ya no sonaban, sus bronces se habían derretido en el fuego.

Atravesaba la niebla como si nada, ajena al caos que me rodeaba. Ya había vivido muchas guerras, para mí, esta era una más. Era el lugar ideal para encontrar víctimas.

Dentro del hospital, el infierno era real. Sábanas ensangrentadas, gritos que se apagaban, cuerpos que temblaban como hojas. Caminaba entre camillas metálicas, enfermeras desbordadas y doctores con manos cansadas.

El olor fue lo primero que me golpeó. No era únicamente sangre.

Era éter, humo, carne quemada, desinfectante y miedo.

Los pasillos estaban cubiertos de camillas.

Algunas ruedas avanzaban con desesperación.

Otras permanecían inmóviles. Una enfermera lloraba mientras seguía cosiendo una herida.

Un médico sostenía con ambas manos el pecho abierto de un muchacho, intentando impedir que la vida escapara entre sus dedos.

En un rincón, un sacerdote rezaba sobre cinco cuerpos cubiertos por sábanas. Nadie tenía tiempo para llorarlos.

Otra explosión hizo temblar el edificio. Del techo cayó yeso. Las lámparas oscilaron. Nadie levantó la vista. Ya se habían acostumbrado.

Me infiltré en el hospital vestida de enfermera: robé un uniforme blanco, lo manché con tierra y carbón y recogí mi cabello bajo una cofia. Nadie me miraba más de lo necesario, nadie tenía el tiempo ni la energía para sospechar de mí.

Entre la multitud, lo vi. Era muy joven, no debía tener más de veinte años, y, sin embargo, yacía sobre la camilla como si ya hubiera vivido más batallas de las que un cuerpo puede soportar.

Su piel era de un blanco casi translúcido.

El cabello, rubio, le caía en mechones húmedos, enredados con sangre seca y tierra.

Tenía las mejillas hundidas y los labios entreabiertos.

Y sus ojos, cuando los abrió, eran de un azul lavado, claro.

Unos ojos que tendrían que estar admirando la belleza del mundo, pero que en ese momento me miraban con pena.

Tenía una herida abierta en el abdomen, mal vendada, supurando vida. Cada respiración era un temblor en su pecho, como si su cuerpo se aferrara a un hilo invisible que ya no sostenía nada.

En su hombro derecho, vi una pequeña insignia rasgada, cosida con torpeza, como si alguien hubiera querido devolverle un nombre a ese cuerpo anónimo.

Aun así, había algo llamativo en él. Una delicadeza que sobrevivía entre la sangre y el espanto.

Me lo imaginé en otro tiempo, en otra vida, como un muchacho con las manos limpias y las rodillas raspadas por correr en algún campo lejano.

Pero en ese instante estaba allí, quebrado, y todavía hermoso.

Le tomé la mano, y sentí que apretaba la mía, muy débil, pero real.

Solo necesitaba una última cosa: ser visto y recordado.

Me acerqué a su rostro. No forcé mi mirada.

La compasión hizo lo que el deseo ya no necesitaba hacer.

Mis ojos comenzaron a arder con aquel brillo dorado que nunca pude controlar.

Un fuego antiguo que nadie entendía ni podía evitar, pero que él contempló como si fuera una luz de esperanza.

—¿Eres un ángel? —susurró.

Negué despacio.

—No.

—Entonces... ¿por qué sonríes como uno?

No supe responder. Porque hacía siglos que nadie me confundía con algo bueno.

Él sonrió, una sonrisa frágil y confiada.

Le acaricié la frente. Su piel estaba ardiendo, y sus ojos, cansados, pero sin miedo, no me quitaban la mirada.

Él notó que seguía sosteniendo su mano.

—No la sueltes.

Su voz era apenas un hilo.

Obedecí.

Durante unos segundos ninguno habló. Luego preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Elina.

Sonrió apenas.

—Bonito nombre. Hace tres días que nadie me pregunta el mío.

Bajé la mirada.

—¿Cuál es?

—Sigmund. Pero mi madre siempre me decía Sigi.

—Quiero que alguien lo recuerde cuando esto termine.

Tragué saliva.

—Lo recordaré.

Sonrió apenas, como si recordar también doliera.

—Mi madre me prometió que cuando terminara la guerra volveríamos a caminar junto al río que pasaba detrás de nuestra casa. Siempre decía que el agua seguía igual, aunque el mundo cambiara.

Guardó silencio unos segundos.

—No sé si el río seguirá allí... pero me gusta imaginar que sí.

Había aprendido que los moribundos nunca hablaban realmente del lugar al que querían volver. Hablaban de la paz que esperaban encontrar.

Nadie nos observaba. Y él, ya no tenía salvación. Pero sí podía evitarle el dolor que aún quedaba.

Le acaricié el cabello, apartando con cuidado un mechón pegado por la sangre seca. Él cerró los ojos.

—Gracias por quedarte.

No respondí. Solo acerqué mi frente a la suya.

Durante unos segundos escuché su respiración quebrada. Cada inspiración parecía una batalla. Cada exhalación, una despedida.

Lo besé despacio. Sin prisa. Sin deseo. Sin culpa. Un beso lento, nacido únicamente de la compasión. Fue el beso más silencioso que había dado en toda mi existencia.

Cuando me aparté, él seguía sonriendo. Su pecho dejó de moverse con una serenidad que jamás había visto en ninguno de los hombres que había condenado.

Parecía dormido. No muerto. Lo exhaló todo y murió como si se durmiera, con paz.

Sentí que había usado mi maldición para una buena causa.

Me quedé un instante más, con los labios apenas separados de los suyos, respirando lo último que quedaba de él.

Su alma abandonó el cuerpo despacio, deshaciéndose en la misma niebla gris que entraba por las ventanas rotas del hospital, hasta confundirse con ella por completo.

Caminaba por un pasillo, extrañamente vacío y tranquilo, buscando la salida.

Sentí cómo el hollín se colaba por las ventanas rotas y supe que no estaba sola.

Entre el polvo y los gritos apagados, una montaña de pólvora se elevó y se formó una figura: alta, elegante, vestida con el uniforme de un oficial sin insignias. Era Hades.

El abrigo ondeaba lento, aunque no hubiera viento. Sus guantes negros cubrían esas manos que me habían arrancado la libertad. Su voz rompió el silencio del pasillo:

—Creativa. Práctica. Letal. No esperaba menos de ti. Uno más para la colección… y ni siquiera te esforzaste.

—Ya iba a morir —respondí.

Se acercó, con el andar lento del que no tiene prisa. Alzó una mano, se quitó el guante y rozó mi barbilla, para después tapar mi boca.

—Novecientos setenta y cuatro, Elina. Estás tan cerca. ¿Sientes algo? ¿Redención? ¿O el vacío de saber que ya no te duele?

Sus palabras eran un bisturí que cortaba el aire. No respondí, no podía.

Se quedó en silencio unos segundos, algo extraño en él. Sus ojos recorrieron el pasillo lleno de heridos.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía disfrutar de la cuenta. Parecía... impaciente.

—Después de tantos siglos... ya casi puedo tocar el final.

Su voz sonó más baja. Más humana.

—Y eso debería alegrarme.

Pero cuanto más cerca estás de terminar tu condena... más miedo tengo de perderte.

Me abrazó por detrás, subiendo la temperatura de mi cuerpo hasta hacerme sudar. Me giré, pero su cuerpo se deshizo, como si fuera parte del incendio que nos devoraba afuera. Su risa quedó flotando en el aire, mezclada con el silbido de otra bomba.

Caminé de nuevo entre los cuerpos de las calles, una más entre los fantasmas.