Mil besos para morir Capítulo 17
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Capítulo 17

Autumn in New York – Otoño en New York

Frank Sinatra

Después de recorrer Canadá y matar a treinta y cuatro hombres, decidí bajar a Estados Unidos. Viajaba con mi cuaderno, donde apuntaba los nombres de cada alma. Podía despojarme de ropa, de oro, de cualquier cosa, pero nunca de esos papeles.

El humo espeso del bar clandestino flotaba entre lámparas doradas y copas de whisky.

En ese rincón oculto de la ciudad de Nueva York, la ley seca solo existía para los que no sabían buscar la puerta correcta.

El aire olía a licor de contrabando, a perfume caro y al aliento de cientos de vidas que huían de la Gran Depresión.

Los guantes largos trepaban hasta mis codos, como si intentaran contener algo. No era pudor, era peligro, mis manos ya sabían sellar destinos y ofrecían caricias que terminaban en despedida.

Mi vestido rojo no era solo una tela para cubrir mi cuerpo; era una llama que venía desde adentro, que ardía sin buscar ser vista.

Se ceñía a mi cuerpo para contener secretos y una sed de muerte que nunca se saciaba.

Mis labios, rojos a juego, no estaban allí para embellecer, sino como una advertencia: el deseo que despertaban no llevaba al paraíso, sino al infierno.

Mientras el humo de los cigarros ajenos flotaba entre luces tenues y jazz desgarrado, yo cantaba. No como una mujer rota, ni como una estrella. Cantaba como una maldición antigua: suave, inevitable. Cantaba sobre despedidas, besos y la soledad.

Mis ojos recorrían el salón mientras cantaba, hasta que lo vi caminando hacia una mesa. Un hombre joven, impecable, con un traje negro de raya diplomática y un sombrero fedora gris. Fumaba un habano con la calma de los que ya han brindado con la muerte.

Cuando se quitó el sombrero, su cabello oscuro y peinado hacia atrás con precisión, brillaba bajo la luz tenue del club. Sus ojos eran de un color único, como la miel salvaje, como aquella miel que yo robaba con mis manos manchadas de tierra en los bosques de Grecia, cuando aún era un alma libre.

Desde su mesa, me miraba con ese deseo contenido que arde por dentro, y yo ya no jugaba a esconder la mirada.

Lo miré de vuelta, mis ojos como dos luces doradas, cruzaron la distancia. En ese instante, él ya era mío. Sin saberlo, había pagado el precio por mirarme de más y por llamar mi atención. Su belleza y elegancia fueron su castigo.

Después de los aplausos, me deslicé entre las sombras. Salí por la puerta trasera, al callejón. Él ya estaba allí, apoyado contra un coche negro y brillante.

—Sube. Solo una vuelta, para celebrar tu voz. Soy Vito Dolcceli —dijo, sin moverse.

Lo miré en silencio, asentí sin hablar y me senté en el asiento del acompañante. Ya no le tenía miedo a nada ni a nadie. Por eso accedí a subirme al coche de ese desconocido.

El motor rugió con suavidad. Recorrimos las calles desiertas de la ciudad.

Los rascacielos se alzaban como sombras gigantescas, las luces de los carteles de neón parpadeaban en las esquinas y los taxis amarillos brillaban bajo las farolas.

La ciudad era una bestia de metal y sueños, y nosotros solo éramos dos sombras más en su garganta.

Él hablaba de futuro, de barcos rumbo a Europa, de dejar atrás ese país de máscaras y regresar a sus raíces.

Luego, sin que hicieran falta más palabras, paró el coche junto a un terreno vacío frente al puerto.

Me hizo una seña con la cabeza, y pasamos al asiento trasero.

Me senté sobre su regazo, con mis piernas a cada lado de sus caderas.

Me miraba con esos ojos salvajes, pidiendo rienda suelta.

—¿Sabes por qué vine a América? Porque mi padre decía que acá cualquiera podía empezar de nuevo.

—¿Y pudiste?

Vito permaneció unos segundos mirando el parabrisas empañado antes de responder.

—Creía que América podía borrar el apellido, las deudas, la sangre... —dijo con una sonrisa cansada—. Pero descubrí que uno puede cruzar un océano entero y seguir llevando la misma persona adentro.

Lo observé en silencio.

Había conocido emperadores, guerreros, reyes y campesinos. Todos terminaban diciendo exactamente lo mismo con palabras diferentes. Nadie escapa realmente de sí mismo.

Le aflojé la corbata con lentitud, como si desatar un nudo pudiera liberar otra cosa.

Él, sin decir nada, comenzó a quitarme los guantes.

Sus manos, cálidas, ascendieron por mis brazos.

Sus labios encontraron mi cuello, besos lentos y medidos.

Cerré los ojos, solo un instante. Me sentí en un limbo entre el deseo y la resignación.

Me acomodé sobre su regazo y apoyé la frente contra la suya.

Sus manos descansaban en mi cintura, podía sentir el calor que atravesaba la tela del vestido. Él comenzó a acariciar lentamente mi espalda, sin prisa, como si temiera romper algo que llevaba demasiado tiempo roto.

—Pensé que ibas a besarme desde que entraste al coche.

Cerré los ojos. Yo también lo había pensado. Pero cuanto más cerca estaba de él, menos quería convertirlo en otro nombre escrito en mi cuaderno.

Apoyé una mano sobre su pecho. Su corazón latía tranquilo, demasiado tranquilo.

Todavía podía salvarlo.

Todavía podía bajarme del coche.

Todavía podía irme.

Pero no lo hice. Una parte de mí quería seguir disfrutando de ese momento, de su calor. Pero sabía que eso sería peor. Ya no quería encariñarme ni generar sentimientos, era en vano. Me incliné hacia él y lo besé apasionadamente, lo justo para que su vida se detuviera.

Su cuerpo se tensó y luego, se rindió. No hubo sobresalto, solo ese momento eterno donde el alma se escapa.

—¡No! —grité, golpeando el respaldo del asiento con rabia contenida y la respiración entrecortada.

No había sangre ni gritos, solo el peso de otra alma robada.

Me bajé del coche con el abrigo de Vito sobre los hombros. Caminé hasta la barandilla, observando las luces que titilaban a lo lejos como una ciudad cansada de esperar.

La niebla comenzó a deslizarse entre los adoquines.

De ella emergió un hombre impecablemente vestido con un traje negro de tres piezas, zapatos brillantes y un abrigo largo que parecía hecho de brea brillante.

Llevaba un bastón de plata rematado por una calavera y un sombrero fedora inclinado apenas sobre la frente.

Durante un instante cualquiera habría jurado que era el dueño de toda la ciudad.

Y, de algún modo, lo era. Un gánster del inframundo.

Se quitó el sombrero con una cortesía antigua y aplaudió lentamente mientras me susurró al oído:

—Novecientos veintiocho, Elina… faltan pocos.

—¿Vienes a contar muertos o a festejar? —dije.

—Vengo a ofrecerte un trato. Bésame con deseo, dame lo que me corresponde desde el primer día... y todo esto termina.

Contuve el aliento. No por miedo, sino por el agotamiento de ese juego macabro.

—Nunca te daré lo que buscas. Nunca.

—Cada hombre que matas es uno menos para este mundo. Pero también uno más para mí, sus almas me pertenecen.

Levanté la mano y lo empujé. Su cuerpo se deshizo en humo negro y su risa se fundió con el murmullo del río, una carcajada que ya conocía de memoria.

Horas después caminaba sola por un callejón húmedo de Manhattan. La lluvia comenzaba a borrar las huellas sobre el pavimento, igual que el tiempo borraba los rostros de los hombres que había amado, besado o condenado.

Abrí mi cuaderno. Escribí un nombre más: Vito Dolcceli. Cerré la tapa despacio. Todavía quedaban setenta y dos.