Capítulo 16
Desert rose - Rosa del desierto
Sting
Hades me esperaba en medio del desierto, envuelto en sedas claras y cubierto de oro, parecía un espejismo suspendido bajo el sol. El aire vibraba alrededor de él como si incluso el calor dudara antes de tocarlo.
Al notar su presencia, oculté instintivamente el collar bajo mi camisa. El escarabajo descansó sobre mi pecho, frío, silencioso. Apreté los dedos contra él durante un instante.
Tenía que ganar tiempo. Tenía que lograr que un dios dejara de pensar como un dios.
Respiré hondo y avancé despacio, dejando que la arena amortiguara cada paso.
—No sé si es el calor del desierto... o eres tú... pero estoy ardiendo.
Una sonrisa apenas visible apareció en sus labios.
—Nunca me habías hablado así.
Me detuve a un solo paso de él. El viento levantó una parte de mi velo y dejó mi rostro al descubierto. No aparté la mirada. Durante siglos había huido de esos ojos; esta vez decidí sostenerlos.
Hades permanecía inmóvil, observándome con una mezcla de cautela y deseo. Era evidente que intentaba encontrar la trampa, pero también que una parte de él quería creer en aquel cambio inesperado.
—¿Por qué hoy? —preguntó en voz baja.
Sonreí con una melancolía cuidadosamente construida.
—Porque estoy cansada de pelear contigo.
Hades sostuvo mi mirada durante largos segundos.
No dio un paso hacia mí. Había aprendido demasiado sobre mí a lo largo de los siglos como para confiar con facilidad.
Vi cómo la desconfianza luchaba contra algo mucho más fuerte.
Quería creerme, pero su naturaleza le gritaba que aquello escondía una trampa.
—Eso es exactamente lo que dirías si estuvieras intentando engañarme —murmuró, sin apartar los ojos de los míos.
Sonreí apenas.
El silencio se extendió entre los dos mientras el viento movía lentamente la arena alrededor de nuestros pies. Por primera vez lo vi dudar. No como un dios que analiza un enemigo, sino como un hombre que intenta decidir si todavía puede confiar en la única mujer que jamás logró comprender del todo.
Me acerqué un poco más. Con lentitud levanté una mano y acomodé un mechón de su cabello detrás de la oreja. Mis dedos rozaron apenas su piel. Él cerró los ojos. Sus hombros ya no tenían la rigidez habitual. Poco a poco iba abandonando esa postura solemne que siempre imponía frente al mundo.
Deslicé la palma sobre su pecho, recorriendo apenas la tela que lo cubría.
—Siempre llevas demasiadas capas.
—La eternidad obliga a esconder muchas cosas.
Fui retirando uno a uno los adornos dorados que descansaban sobre su pecho. Los brazaletes. Los collares. Las telas livianas que el viento agitaba alrededor de su cuerpo. Cada movimiento era lento, casi ceremonial. Ninguno buscaba provocarlo; buscaban desarmarlo.
Él no opuso resistencia. Me observaba como si temiera que cualquier palabra rompiera aquel instante.
Cuando la última tela cayó sobre la arena, apoyé ambas manos sobre su pecho desnudo. La piel era perfecta, firme, pero carecía del calor que hace humano a un cuerpo.
Aun así continué. Besé con suavidad una de sus mejillas.
Luego la otra. Mi boca descendió lentamente hasta rozar la línea firme de su mandíbula y, por último, su cuello.
No era un beso apasionado. Era una promesa cuidadosamente fingida.
Sentí cómo su cuerpo comenzaba a relajarse bajo mis manos.
Nunca imaginé que un dios pudiera temblar.
—Elina... —susurró con la voz quebrada.
Le apoyé un dedo sobre los labios.
—Shhh... No hables. Solo por una vez... deja de pensar.
Él obedeció. Con una docilidad casi dolorosa. Tomé su mano y la guié lentamente hasta la mía.
—Arrodíllate.
Durante un instante vi cómo su orgullo se resistía.
No era miedo; era el peso de miles de años siendo obedecido por todos.
Su mirada buscó la mía como si todavía esperara descubrir el engaño oculto detrás de cada una de mis palabras.
Después sonrió con una resignación extraña, casi tierna.
Lentamente apoyó una rodilla sobre la arena caliente.
Ver al rey del Inframundo inclinando la cabeza frente a mí era una imagen que ningún mortal habría creído posible.
Comprendí entonces que el deseo también podía arrodillar a un dios.
Lo rodeé con los brazos. Apoyé mi frente contra la suya. Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que temía delatarme.
Él suspiró.
—No tienes idea de cuánto soñé este momento.
Aprovechando aquel abrazo, deslicé una mano bajo mi camisa. Mis dedos encontraron el escarabajo. Lo sujeté con fuerza. Una última respiración, una última oportunidad.
Saqué el collar con cuidado y, ocultándolo entre nuestros cuerpos, apoyé el dije directamente sobre el centro de su pecho.
Al principio no ocurrió nada. Solo el sonido del viento recorriendo las dunas.
Pensé que todo había sido otra mentira, otra esperanza construida sobre arena.
Pero entonces el escarabajo comenzó a vibrar con una intensidad creciente.
La luz roja atravesó el oro y el lapislázuli como si una corriente de sangre antigua despertara en su interior. Sentí el poder recorrer mis dedos.
Hades frunció el ceño.
Las dunas comenzaron a estremecerse. El aire se volvió pesado. Incluso el sol pareció perder fuerza sobre nuestras cabezas. Pequeñas grietas comenzaron a extenderse lentamente sobre la piel perfecta de su pecho, finas como el dibujo de un cristal a punto de romperse.
Retrocedí un paso sin poder apartar la vista.
—Funcionó... —susurré, incapaz de creerlo.
Sentí una emoción que llevaba siglos sin visitar mi corazón. Esperanza. Una esperanza tan intensa que dolía más que cualquier herida.
Sus manos golpearon la arena. Bajó lentamente la cabeza y dejó de moverse por completo.
No escuchaba el viento. No escuchaba mi respiración. Solo el silencio inmenso del desierto acompañando aquello que parecía el final de un dios.
Entonces Hades inhaló profundamente. Sus ojos se abrieron de golpe, ardían con un rojo incandescente.
Se incorporó despacio mientras observaba el escarabajo que aún brillaba débilmente sobre la arena y sonrió. No era una sonrisa de burla. Era la sonrisa de alguien que acababa de descubrir algo inesperado.
En un solo movimiento estuvo frente a mí. Sus dedos rodearon mi cuello y me levantó apenas unos centímetros del suelo. No apretaba lo suficiente para hacerme daño. Solo quería obligarme a mirarlo.
—Por un instante... tuve miedo.
Aquella confesión me desarmó mucho más que su fuerza.
—Creí que realmente habías encontrado la forma de acabar conmigo.
Su mirada recorrió mi rostro, después el collar y finalmente volvió a mis ojos.
—La astucia es un veneno lento, mortal para todos... menos para ti.
Su expresión se suavizó.
—Admiro tu inteligencia. Tus estrategias. Y admiro aún más tu desesperación por terminar con esta condena.
Me dejó nuevamente sobre la arena. Sus dedos abandonaron mi cuello y, en lugar de violencia, acariciaron con delicadeza la marca que habían dejado. Después se colocó detrás de mí y me envolvió en un abrazo tan frío como eterno.
—Debo reconocerlo... este momento me encendió más que mis propios infiernos. No tienes idea de lo que provocas en mí. Ninguna piel, ninguna boca me hace perder la razón como lo haces tú.
Hizo una pausa. Su voz se volvió apenas un susurro.
—Y, por un instante... olvidé incluso la cuenta de las almas.
No intenté apartarme. Estaba demasiado cansada para seguir luchando.
Sentía el peso de los siglos sobre los hombros, el fracaso latiendo bajo mi piel con la misma intensidad que la maldición.
Durante un instante cerré los ojos. Aquel abrazo no era consuelo ni prisión.
Era el recordatorio de que, mientras él siguiera existiendo, yo tampoco tendría un final.
Sentí su respiración caliente contra mi piel. Y entonces, sin más, su cuerpo se disolvió en miles de granos de arena, que se depositaron en mis manos. Cerré los puños, con rabia. Dejé caer la arena lentamente, como si fuera un reloj de arena, como si cada grano fuera tiempo.
Me dejé caer de rodillas y tomé el collar con desesperación. Lo observé durante largos segundos.
—¿Por qué...? —susurré con la voz quebrada—. Khaemhat... juraste que esto podía engañar incluso a los dioses.
Apreté el escarabajo con tanta fuerza que el metal dejó una marca en la palma de mi mano. Tal vez él había creído sinceramente en aquella promesa. Tal vez solo quiso regalarme esperanza antes de morir. Y comprendí que la esperanza, cuando fracasa, también puede convertirse en otra forma de condena.
El viento comenzó a borrar mis huellas sobre la arena. Me incorporé despacio, acaricié el cuello de mi camello y oculté nuevamente el collar bajo la camisa.
La condena seguía intacta y el desierto, indiferente como siempre, continuó devorando el horizonte.