Capítulo 15 #2
Él obedeció, con torpeza al principio, imitando mis movimientos como si se tratara de una danza precisa.
Cada salto, cada pisada, era vital. Finalmente, llegamos al otro extremo.
Pisé la última baldosa y un mecanismo oculto se activó.
Con un gemido de piedra antigua, una compuerta se deslizó hacia el lado izquierdo, revelando unas escaleras que descendían hacia la oscuridad. Steven me sujetó del brazo, impaciente.
—Basta de juegos. ¿Cómo sabías qué baldosas eran seguras? ¿Cómo sabías abrir la puerta de la entrada, los espejos?
Lo miré con calma y le respondí:
—Te lo diré cuando lleguemos al tesoro. Hasta entonces, confía en mí.
—¿Y si no quiero confiar? —insistió, con un brillo desafiante en la mirada.
—Entonces ya estarías muerto.
Comencé a bajar las escaleras sin esperar respuesta. El eco de nuestros pasos fue lo único que nos acompañó hacia las profundidades.
La última sala se abrió ante nosotros con un gemido profundo, como si el templo mismo exhalara tras siglos de silencio.
La antorcha iluminó el resplandor de montañas de oro: cofres abiertos derramando monedas, estatuillas de oro de dioses olvidados, muebles con incrustaciones de piedras preciosas, vasijas intactas que guardaban perfumes extintos.
Pero lo que me detuvo no fue la riqueza.
En el centro, sobre un pedestal, descansaba el sarcófago de piedra negra de aquel que había sido mi amante siglos atrás.
Un guardián cuyo nombre apenas se susurraba en los papiros: Khaemhat.
Mi maldición también lo alcanzó. Solo estuvimos juntos unos meses, hasta que murió por mi beso, como todos.
Nunca olvidé cómo se apagaron sus ojos en mis brazos.
Regresaba a esa sala por una sola razón: el collar con un dije en forma de escarabajo con incrustaciones de lapislázuli y oro, que Khaemhat me había entregado en secreto.
Juraba que podía romper mi maldición, que en él residía un poder capaz de engañar incluso a los dioses.
Cuando murió, lo dejé atrás en mi huida desesperada de Egipto.
No tuve tiempo de volver, hasta ese día.
Me lancé a revolver entre los tesoros con las manos temblorosas, ignorando el oro o las joyas. Steven, en cambio, estaba arrojándose sobre los cofres como un niño enloquecido.
—No seas avaricioso —le advertí sin levantar la vista—. No podrás salir de aquí con todo.
Él no escuchó. Su respiración se aceleraba con cada puñado de monedas que caía dentro de su bolso de tela. El tintinear del metal lo enloquecía.
El collar brillaba diferente, resaltando entre las joyas, como si el sol hubiera decidido ocultarse en él.
Lo tomé con reverencia, sintiendo que algo dentro de mí volvía a encajar, y me lo colgué al cuello.
Una punzada recorrió mi piel, como si el objeto me hubiese reconocido, y una vibración cálida se instaló en mi pecho.
Giré la cabeza para compartir esa revelación con Steven, pero lo encontré con un revólver apuntándome al pecho.
—Dámelo —dijo con voz fría, que nada tenía ya de fascinación—. Ese collar es mío. Con él, el oro y el descubrimiento, el mundo me recordará. No permitiré que una mujer se quede con el crédito.
Lo miré en silencio. La decepción pesaba más que el miedo. Podría haberle dado el oro, la gloria, todo. A mí nada de eso me importaba. Pero su avaricia lo convertía en un peligro. Para mí. Para cualquiera.
—Steven... todavía estás a tiempo de bajar el arma. El oro puede ser tuyo. El templo también. Yo solo vine por este collar.
Negó con una sonrisa torcida.
—No. Si sales viva de aquí, nadie me creerá. Tú eres el único problema.
Apreté los labios y suspiré con cansancio.
Su dedo apretó el gatillo. El disparo retumbó por toda la cámara funeraria.
Sentí el impacto en el pecho, seco y brutal. Mi cuerpo dio apenas un paso hacia atrás. Bajé la vista. La bala había atravesado la tela de mi camisa y se había incrustado bajo mi piel.
Steven sonrió. Solo durante un segundo.
Porque la herida comenzó a cerrarse delante de sus ojos. La piel se unió lentamente, como si unas manos invisibles estuvieran cosiéndome desde dentro. El plomo fue empujado hacia afuera por mi propio cuerpo hasta caer al suelo con un pequeño sonido metálico.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué...?
No le di tiempo a terminar la pregunta.
Volvió a disparar. Después otra vez. Y otra. El eco de los disparos golpeó las paredes del templo una y otra vez. Cada bala encontraba mi cuerpo. Algunas atravesaban mi hombro, otras el abdomen. Todas terminaban expulsadas lentamente por mi propia carne, cayendo sobre el suelo.
Steven comenzó a retroceder. Ya no disparaba con rabia. Disparaba con miedo. Vació el tambor completo. Cuando el último disparo hizo apenas un clic seco, el silencio volvió a llenar la cámara.
Lo miré de arriba abajo.
—¿Ya terminaste?
Su rostro había perdido todo el color.
—No... no puede ser...
Di un paso hacia él. Él intentó retroceder, pero tropezó con uno de los cofres abiertos. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, levanté la rodilla y le di una patada seca entre las piernas.
El golpe lo dobló por la mitad. Cayó de rodillas con un gemido ahogado, sujetándose como podía mientras intentaba recuperar el aire.
Le agarré el cabello con fuerza y obligué a levantar la cabeza. Su respiración era entrecortada. Intentaba apartar la mirada, pero ya era tarde.
—Mírame.
Negó desesperadamente.
—No... por favor...
Apreté con más fuerza.
—Mírame.
Cuando nuestros ojos por fin se encontraron, sentí cómo el collar vibraba sobre mi pecho. El poder antiguo que guardaba parecía responder al mismo hechizo que vivía dentro de mí. Mi presencia llenó la sala, volviéndose casi insoportable.
La chispa dorada brotó de mis ojos y se reflejó en los suyos. Vi el instante exacto en que su voluntad se quebró. Su respiración cambió. El arma resbaló de sus dedos. Toda la ambición desapareció de su rostro, reemplazada por un deseo absoluto, artificial y enfermizo.
—No me importa todo este oro... —susurró, completamente hechizado—. Ahora solo te quiero a ti.
Sabía que esas palabras eran mentira. No nacían de su corazón, sino de mi condena.
Ya estaba sentenciado.
Lo acerqué despacio hasta mí y lo besé. Fue un beso simple, sin amor ni ternura. El deseo solo había existido al principio, cuando lo vi aparecer frente al templo. Después conocí su verdadera naturaleza, y cualquier interés murió mucho antes que él.
Su cuerpo cayó sobre la montaña de monedas con un estruendo seco. El oro tintineó bajo su peso mientras el silencio volvía a apoderarse de la tumba.
Me volví hacia el sarcófago y acaricié su piedra fría. Recuerdos de momentos compartidos con ese hombre invadieron mi mente.
Guardé en mi bolso algo de oro y piedras preciosas, lo suficiente para sobrevivir un tiempo. Me ajusté el collar al cuello y el resto lo dejé atrás.