Capítulo 15
The Nile Song - La canción del Nilo
Pink Floyd
El desierto nunca fue tierra para los débiles, cada grano de arena es un juicio. El mundo se reduce a ti y a la extensión brutal de la arena.
Mi velo se me pegaba a la boca, mientras avanzaba a camello bajo un sol que parecía querer arrancarme la piel.
Estaba volviendo a un lugar donde había amado y matado.
Mi destino era el templo donde Khaemhat, mi amante, el Guardián de los Misterios de Osiris, me había entregado un collar con un dije extraño, prometiéndome que su magia, algún día podría salvarme de la condena de Hades.
Lo dejé atrás en mi huida desesperada. Durante mucho tiempo intenté olvidar ese tesoro, pero los siglos me enseñaron que lo que uno intenta enterrar bajo la arena siempre vuelve a salir a la superficie.
Ahora lo necesitaba, porque aún quedaba una chispa de esperanza.
Entonces, apareció Qena. La ciudad estaba asentada en la ribera oriental del río Nilo, un milagro de vida verde que contrastaba violentamente con el desierto que había dejado atrás.
Al acercarme, el silencio dio paso a un clamor de vida.
Era, ante todo, un centro comercial polvoriento y ruidoso, con edificios de adobe y ladrillo secado al sol.
En las tiendas del zoco, el aire vibraba con el regateo, el chillido de los camellos y el bullicio de los mercaderes y viajeros que venían de todo el Alto Egipto.
Me permití unos días allí, no para descansar, sino para un estudio forzoso: debía descifrar y desenterrar mi propio pasado.
Mi guía eran unas antiguas hojas de papiro que había escondido hacía siglos en una cueva cercana.
Amarillentas y frágiles, contenían las rutas y anotaciones cifradas que ahora me obligaban a revivir aquella huida.
Llegué a Abydos, a los pies del Templo de Seti I, justo antes del amanecer. Delante de la gran entrada, un hombre inspeccionaba los jeroglíficos, con una libreta en mano y una brújula que parecía no ayudarlo demasiado. Tenía el porte de un aventurero que intentaba disfrazarse de académico.
Llevaba una camisa de lino beige y pantalones de sarga color caqui, metidos en unas botas de cuero marrón. Pero su rasgo más distintivo era el sombrero: un sombrero de ala ancha, de fieltro color arena.
Era guapo, sí, de una forma tosca y enérgica.
Su rostro estaba curtido por el sol y se notaban las líneas de expresión que no eran de risa, sino de fijar la mirada, probablemente buscando algo enterrado.
Un pañuelo de color rojo, atado a su cuello, le servía de escudo contra el polvo y la arena.
Colgando de su cinturón, una pequeña bolsa de herramientas a la derecha y una pistola envuelta en funda de cuero a la izquierda.
El hombre levantó la vista al oír el ruido de mis botas sobre la piedra.
Me estudió de pies a cabeza, con desconfianza, como si hubiera aparecido de la nada desde el horizonte del desierto.
Bajó la libreta y, antes de hablar, se acomodó el sombrero, un gesto que parecía parte de su carácter tanto como de su atuendo.
—Steven Canters —dijo con voz firme y acento estadounidense, mientras me extendía la mano.
—Elina —respondí a secas, estrechándosela.
No dije más, el resto lo completaba mi aspecto. Mi atuendo no era el de una dama ni el de una turista europea. Pantalón de montar marrón, botas altas de cuero color camel, camisa verde arremangada. Una mujer vestida así, no era común en esas tierras. Él lo notó enseguida.
—¿Saqueadora de tumbas? —preguntó con una media sonrisa, aunque en sus ojos había más interés que burla.
Lo dejé pensar lo que quisiera. Mi voz salió neutra, pero mi acento, como siempre, era un eco extraño, imposible de ubicar:
—Digamos que me gusta viajar, explorar y que me gano la vida de diferentes formas.
Su curiosidad se encendió de inmediato. Me sostuvo la mirada, como si tratara de arrancarme una verdad escondida.
—Yo soy arqueólogo —anunció, inflando el pecho, como si necesitara reafirmarlo—. He pasado años estudiando jeroglíficos, mitología egipcia, astronomía antigua. No es un lugar para aficionados.
No aclaré nada más. Él intentó preguntar más, pero yo ya había puesto la mano en las viejas piedras, sintiendo bajo mi piel las huellas de un pasado que él jamás podría imaginar.
—No creo que entienda dónde está —dijo mirándome como si ya me hubiera catalogado—. Esto no es un paseo turístico, y no tengo tiempo para rescatar damiselas en apuros.
Su sonrisa arrogante me arrancó una carcajada breve.
—Yo no necesito ni su tiempo ni sus cuidados —respondí, girando la cabeza con desdén.
Me aparté y sentí su mirada clavada en mi espalda, cargada de incredulidad.
—Pues tenga cuidado —replicó finalmente, con esa soberbia disfrazada de advertencia—. Los que entran aquí sin saber lo que hacen no suelen salir.
No contesté. Simplemente seguí caminando, midiendo con mis ojos el relieve de las piedras, los jeroglíficos que conocía de memoria, como viejos amigos que me esperaban para revelar secretos.
Él, en cambio, decidió probar suerte. Rodeó el templo y encontró lo que creyó era una entrada.
Avanzó con la seguridad del que cree tener todas las respuestas.
Un bloque enorme se desprendió del dintel, cayéndole a pocos centímetros.
El estruendo retumbó por todo el valle, levantando una nube de polvo que lo envolvió mientras retrocedía a los tropiezos.
Lo vi correr hacia mí, tragando saliva, la arrogancia disuelta en ese instante de miedo puro. No dijo nada, simplemente me siguió, como si su orgullo no pudiera admitir lo que acababa de pasar. No le dije nada, solo sonreí para mí misma.
Avanzamos en silencio por el costado del templo, sorteando muros derruidos. Yo recordaba cada grieta, cada sombra de esa fachada. Me detuve frente a un muro inclinado, sin nada que pareciera una puerta. Steven bufó, cruzando los brazos.
—Déjeme adivinar. ¿Aquí? —dijo con ironía.
No respondí. Acerqué mis manos al relieve gastado de cinco jeroglíficos específicos: la flor de loto, el halcón de Horus, el sol naciente, la pluma de Maat y la figura de Anubis. Mis dedos presionaron con calma hasta que se escuchó un clic sordo, seguido de un crujido profundo.
Los ojos de Steven se abrieron como platos cuando la pared entera vibró y comenzó a desplazarse hacia dentro, revelando una puerta de piedra alta y pesada.
—Imposible —murmuró.
Lo miré de reojo.
—Nada es imposible. Solo hace falta saber dónde poner las manos.
Fue una frase con doble sentido. Él la captó, se relamió los labios y frotó sus manos.
Entre los dos empujamos la puerta y la piedra cedió con un estruendo. El aire que salió de adentro era denso, revelando un pasillo oscuro. La arrogancia de Steven se disolvió en un instante de asombro.
Avanzamos por un pasillo que parecía devorar la luz. Solo la antorcha de Steven y mi lámpara de aceite se atrevían a desafiar la oscuridad. En el suelo reposaban espejos de cobre ennegrecido, algunos torcidos, otros partidos, pero ninguno reflejaba nada.
Steven se adelantó, con esa mezcla de emoción y terquedad que parecía definirlo. Pasó casi media hora revisando cada espejo, girándolos, inclinando la antorcha en diferentes ángulos.
—Debe de haber una abertura, un hueco por donde entraba la luz del sol. Es un rompecabezas solar, lo sé —refunfuñaba, frustrado.
Yo lo observaba en silencio. Esa impaciencia suya me resultaba familiar; había visto a muchos hombres romperse contra paredes antiguas, creyendo que la fuerza y el estudio eran suficientes.
Me acerqué al centro del pasillo.
—Ayúdame a subir —le pedí.
Él me miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza, pero obedeció.
Sus manos firmes rodearon mi cintura y me alzó sobre sus hombros.
Desde allí, más cerca del techo, lo vi: una argolla metálica oculta entre jeroglíficos.
Tiré de ella con fuerza. Un rugido de piedra y arena respondió.
Una cascada dorada nos cubrió por completo, cayendo sobre nuestros cabellos y nuestros atuendos.
La arena se deslizó hasta el suelo, revelando grietas en el techo por donde comenzaron a filtrarse rayos de sol.
Steven limpió sus ojos, jadeando, y de pronto se echó a reír. Cuando nuestras miradas se encontraron, noté algo en él: fascinación. Como si acabara de descubrir un tesoro, pero no en las paredes… sino en mí.
Giré los espejos, uno por uno, guiando el reflejo del sol hasta que el último rayo impactó sobre un mecanismo oculto. Con un golpe seco, una reja comenzó a descender, revelando el acceso a un nuevo pasillo.
Las antorchas apenas alcanzaban a iluminarlo, revelando un suelo dividido en cinco baldosas de ancho y diez de largo.
Algunas estaban agrietadas, otras parecían sólidas.
Yo sabía que era un engaño. Ya me habían advertido como cruzar por ese camino siglos atrás.
Steven avanzó primero, con gesto calculador.
—Debe de haber un patrón —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Quizá tenga que ver con la simetría o con las constelaciones grabadas en el techo.
Antes de que pudiera detenerlo, pisó una baldosa equivocada.
El bloque se desplomó bajo sus pies en un rugido seco, y su cuerpo se precipitó al vacío.
Lo agarré de la muñeca con todas mis fuerzas justo antes de que cayera.
Abajo, las sombras escondían un suelo cubierto de lanzas de hierro oxidado que aguardaban como bocas abiertas con los dientes expuestos.
Steven me miró con los ojos desorbitados.
Lo sostuve, tensando los músculos hasta lograr impulsarlo de nuevo hacia arriba.
Ambos quedamos jadeando, cubiertos de sudor frío.
—Por todos los dioses —balbuceó, con la voz rota.
—Sígueme —ordené sin girarme.
Avancé, con pasos firmes, recorriendo el camino exacto de baldosas seguras. Una tras otra, como si mis pies recordaran lo que mi mente ya sabía.