Mil besos para morir Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Corrimos hacia la entrada principal mientras el enorme portón comenzaba a recibir los primeros golpes. Apenas cruzamos el umbral, él empujó una pesada estantería contra la puerta para ganar unos segundos.

—Busca las espadas —ordenó.

No hizo falta repetirlo.

Corrí hasta la armería. Allí seguían colgadas las armas con las que había entrenado durante décadas. Elegí una espada larga y una daga corta para la mano izquierda. El peso del acero me resultaba familiar.

El portón cedió con un estruendo y los primeros hombres irrumpieron en el gran salón.

Dracacio se lanzó sobre ellos con una velocidad imposible para cualquier ser humano.

Sus movimientos eran casi invisibles. Derribaba enemigos con una fuerza brutal, arrojándolos varios metros contra las columnas de piedra.

Yo avancé detrás de él. La espada describía arcos limpios aprendidos durante siglos de práctica.

Desarmé a uno, atravesé el hombro de otro y bloqueé el golpe de un tercero antes de hundir la daga en su muslo.

Durante unos minutos logramos contener el avance. Pero seguían entrando.

Las ventanas comenzaron a estallar cuando otros aldeanos irrumpieron desde el exterior. Las escaleras se llenaron de hombres armados. Desde el patio llegaban nuevos gritos. Algunos ya habían prendido fuego a las dependencias laterales del castillo.

Podíamos enfrentarnos a unos pocos hombres. Incluso a varias decenas. Pero no a un pueblo entero.

Un martillo golpeó mi espalda y me hizo caer de rodillas.

Antes de que pudiera incorporarme, varios hombres me inmovilizaron.

Intenté liberarme, lancé codazos y patadas, pero otros siguieron sujetándome.

Vi a Dracacio intentar abrirse paso hacia mí, derribando a cuantos encontraba delante.

Logró acercarse apenas unos metros antes de que una lluvia de redes, cadenas y lanzas lo hiciera caer también.

Seguimos luchando incluso desde el suelo. Hasta que simplemente dejaron de existir espacios por donde escapar.

Nos encerraron en jaulas de madera, tratándonos como animales peligrosos y nos bajaron en carruajes rechinantes hasta la plaza central del pueblo.

Allí nos ataron a un poste de madera y un hombre vestido como verdugo, con el rostro cubierto, empezó a leer un pergamino amarillento que nos sentenciaba a muerte al amanecer, por ser los asesinos de varios habitantes del pueblo.

Lo negamos, gritamos nuestra verdad sobre los hombres malvados que habíamos cazado, intentamos escapar de las ataduras, pero fue en vano. La histeria de la multitud era un muro infranqueable.

Miré a Dracacio con una tristeza que me inundó el alma.

Sabía que había llegado su hora. Su condena terrenal no podía soportar el juicio de la luz solar.

Él me miró con idéntica tristeza, pero sin miedo.

Me confesó que no temía desaparecer, que su único miedo era no poder seguir a mi lado.

También me habló de cuánto me amaba y lo feliz que esos años de tregua lo habían hecho.

Yo no supe qué responder. Estaba en shock. Había encontrado a un compañero, alguien que compartía mi oscuridad y mi secreto, ahora los humanos eran los encargados de llevarse esa alma atada a la tierra.

El amanecer comenzó a abrirse paso lentamente entre las montañas. Un primer rayo de sol atravesó la plaza y rozó apenas la punta de los dedos de Dracacio. Él cerró los ojos, como quien acepta un destino que lleva demasiado tiempo esperando.

Su piel empezó a oscurecerse poco a poco. Finas grietas recorrieron sus manos, extendiéndose por los brazos y el rostro como si estuvieran resquebrajando una antigua estatua de mármol. Del interior de aquellas fisuras comenzó a escapar un humo espeso y gris que ascendía lentamente hacia el cielo.

A pesar del dolor, buscó mi mirada y sonrió. No era una sonrisa de resignación, sino de gratitud. Quería que el último recuerdo que conservara de él no fuera el sufrimiento, sino los años de paz que habíamos compartido.

El fuego del sol siguió avanzando por su cuerpo. Las grietas cubrieron su pecho, su cuello y finalmente su rostro. Sus facciones comenzaron a deshacerse en una lluvia silenciosa de cenizas que el viento fue levantando con una delicadeza cruel.

Intenté memorizar cada detalle antes de perderlo para siempre. Sus ojos fueron lo último en desaparecer.

Cuando el viento terminó de llevárselos, ya no quedaba nadie atado al poste. Solo un pequeño montón de cenizas oscuras descansaba sobre la madera carbonizada.

La gente esperaba mi muerte, el juicio final. Pero la muerte, obviamente, no vendría por mí. La luz solo calentaba mi piel. Ellos no sabían lo que era.

Al ver que el sol no tenía efecto sobre mí, la multitud entró en pánico. Fue entonces cuando un hombre, más audaz o más desesperado que el resto, se abalanzó. Me clavó una estaca de madera en el corazón, la misma que, según sus leyendas, debía inmovilizar a un vampiro.

Sentí el dolor agudo de la madera entrando en mi cuerpo, una punzada que me recordó la fragilidad de la carne. Pero a los pocos segundos, mi cuerpo inmortal la rechazó: los músculos se tensaron, la herida se selló, y la estaca fue expulsada con fuerza, cayendo al suelo embarrado.

Todos se quedaron en un silencio absoluto, con rostros descompuestos por el terror.

Probaron todos los métodos posibles que conocían para matar a un no-muerto.

Me quemaron con pequeñas antorchas; me rociaron con agua bendita; me hirieron con cuchillos de hierro.

Todo inútil. Yo seguía de pie junto al poste de cenizas de Dracacio.

Cuando ya estuve cansada de sus ataques patéticos y su absurdo juicio, levanté la voz y mi furia se derramó sobre ellos.

—No podrán matarme con nada —mi voz resonó en la plaza, llena del eco de los siglos—. No soy un vampiro; soy algo peor. Les conviene soltarme ahora y les perdonaré la vida. Si no lo hacen, los mataré a todos sin piedad.

Empezaron los murmullos y las charlas nerviosas entre los habitantes. La razón se impuso al miedo. Finalmente me soltaron. Caminé entre la multitud que se abría paso temblando. Les dije que al que se atreviera a seguirme, no volvería al pueblo para contarlo.

Subí a uno de los carruajes vacíos y lo hice galopar de vuelta al castillo de Dracacio.

Al llegar, la mitad del castillo estaba en llamas. Me dolía ver el que fue mi hogar por tantos años, consumiéndose por el fuego avivado de odio y la superstición humana. Me hubiera encantado seguir viviendo allí, en la quietud y la complicidad de esa sombra.

Me moví rápido, con la eficiencia de la urgencia.

Por suerte, la parte donde tenía guardados mis cuadernos y algunas pertenencias personales todavía estaba intacta.

Los rescaté y los cargué en el carruaje.

Luego regresé por el retrato de Dracacio.

Las llamas ya trepaban por el marco de madera.

Arranqué la tela de un tirón, la enrollé con cuidado y la abracé unos segundos contra mi pecho antes de subirla al carruaje.

Por último, recogí algunas joyas y oro que teníamos guardados en un cofre.

No sabía dónde iría, pero con eso podría seguir costeando mis viajes.

Cuando estaba por subir al carruaje para irme, apareció Hades.

Me acerqué a él lista para el enfrentamiento. Vi una sonrisa de satisfacción en su rostro. Mi tregua se había terminado y él había ganado, o eso creía.

—¿Tuviste algo que ver con esto? —le pregunté con la rabia contenida en mi voz.

—No, Elina. Esto fue obra de los humanos. Un simple pánico masivo.

La admisión me rompió. Si hubiera sido él, habría tenido a alguien a quien culpar. Al ser los humanos, el dolor era vacío. Se me cayeron algunas lágrimas por la pérdida de Dracacio, lágrimas de impotencia. Hades, por un instante, cambió su sonrisa y se puso serio.

—Es hora de seguir, Elina. Todavía te queda muchos caminos por recorrer y hombres por matar.

Me subí al carruaje y lo último que vi fue la silueta imponente del castillo consumiéndose por el fuego, el fin de mi paz.