Capítulo 14
My Immortal - Mi InmortalEvanescence
Lo nuestro nunca llegó a convertirse en un amor romántico.
Nunca me enamoré realmente de Dracacio. Pero aprendí a quererlo de una forma que jamás había conocido.
La pasábamos muy bien. Él me ofrecía la seguridad y la comprensión que nadie más en el mundo podía darme.
Podía besarlo, abrazarlo y compartir con él una intimidad que durante siglos creí imposible.
Era mi tregua, mi puerto seguro contra el Inframundo.
Los años comenzaron a perder importancia.
Dejé de contarlos cuando comprendí que junto a Dracacio el tiempo dejaba de sentirse como una condena y pasaba a ser simplemente una compañía silenciosa.
Algunas noches jugábamos ajedrez frente a la chimenea.
Él siempre movía las piezas con una paciencia infinita, analizando cada jugada como si estuviera resolviendo un misterio antiguo.
Yo terminaba haciendo movimientos impulsivos, solo para verlo sonreír cuando lograba sorprenderlo.
Otras veces permanecíamos horas enteras en la inmensa biblioteca del castillo.
Él buscaba viejos manuscritos sobre criaturas sobrenaturales mientras yo traducía textos escritos en idiomas que ya nadie recordaba.
Discutíamos teorías imposibles, comparábamos leyendas y tratábamos de encontrar alguna pista que explicara mi existencia.
Nunca encontrábamos respuestas, pero el simple hecho de buscarlas juntos hacía que la incertidumbre pesara menos.
Cuando el invierno cubría los Cárpatos de nieve, caminábamos por el bosque bajo la luz de la luna.
Él no dejaba huellas sobre la nieve; yo sí.
A veces nos deteníamos simplemente a contemplar el silencio del paisaje, sin necesidad de hablar.
Descubrí que existían seres cuya compañía podía llenar un silencio sin volverlo incómodo.
No hubo promesas eternas ni palabras grandilocuentes.
Tampoco un amor apasionado como los que tantas veces había visto nacer y morir.
Lo nuestro era diferente. Era una amistad construida durante medio siglo, sostenida por la confianza, la comprensión y una soledad compartida que solo nosotros podíamos entender.
Nuestra existencia se convirtió en una rutina oscura.
Salíamos a cazar juntos, una práctica que yo siempre había concebido sola.
Pero Dracacio había establecido un código: solo buscábamos a humanos que, por sus actos, sabíamos que no merecían estar en este mundo; ladrones, asesinos, la escoria que la justicia mortal ignoraba.
La dinámica era peculiar: yo primero los miraba con deseo, aunque era una mirada forzada y fría.
Luego los besaba. Morían al instante, y en ese breve, desgarrador segundo, Dracacio aprovechaba para beber su sangre.
Yo sumaba un alma, él recibía el sustento.
Era un intercambio simbiótico, una forma de convertir mi maldición en un acto de justicia sombría.
Cada tanto salíamos de viaje para conocer regiones más alejadas, siempre siguiendo el rastro de la noche. Vimos el nacimiento y la caída de pequeños reinos, siempre desde la periferia.
Hades, por supuesto, no podía tolerar esa paz. De vez en cuando me visitaba, siempre buscando el momento en que estaba sin Dracacio. Lo veía impaciente e irritado. Mi pequeña tranquilidad y la pausa de la condena lo mortificaban.
Cincuenta años transcurrieron en esa rutina silenciosa. Yo, la condenada, y él, el maldito de la Tierra, jugando a ser justicieros en la penumbra.
Una noche de verano, el calor aún permanecía atrapado entre las piedras del castillo.
Estábamos recostados sobre una manta de seda negra en el jardín, contemplando un cielo limpio, salpicado de estrellas.
Hablábamos de un viaje hacia el este cuando nuestros labios volvieron a encontrarse en un beso tranquilo, sin culpa ni miedo.
Me quedé mirándolo unos segundos. Habían pasado siglos desde que Hades me arrebató la posibilidad de elegir.
Recordé a Tore, aquella noche en el bosque de Noruega, cuando había deseado entregarme por completo y el miedo me obligó a detenerme.
No podía cargar con el peso de ofrecer mi cuerpo para después arrebatar una vida.
Con Dracacio era diferente. Él no iba a morir.
No habría culpa esperándome al amanecer.
Apoyé una mano sobre su mejilla y sonreí.
—Creo que llevo demasiado tiempo postergando este momento.
Él comprendió lo que quería decir antes de que terminara la frase.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Por primera vez... sí.
Nos abrazamos sin prisa. Dejamos que los besos hablaran antes que las palabras.
El resto ocurrió con la misma calma con la que habíamos construido nuestra amistad durante años.
No hubo desesperación ni urgencia, solo dos seres que, por primera vez, podían tocarse sin miedo a destruirse.
Descubrí que hacer el amor también podía ser una forma de dejar de sentirse rota.
Permanecimos un largo rato acostados sobre la manta, mirando el cielo.
Sentía el pecho extrañamente liviano, como si durante siglos hubiera cargado una piedra que acababa de desaparecer.
Dracacio acariciaba distraídamente mi cabello mientras yo seguía intentando comprender que acababa de vivir algo que había creído imposible.
—¿Y bien? —preguntó con una sonrisa apenas dibujada.
Reí por lo bajo.
—Ahora entiendo por qué los humanos hablan tanto de esto.
Él soltó una carcajada grave.
—¿Eso fue un cumplido?
Lo miré divertida.
—No te acostumbres.
Se incorporó despacio y estiró los brazos.
—Después de tanto esfuerzo creo que me gané una copa de sangre. No te muevas, vuelvo enseguida. Prometo no tardar... además, no todos los días una mujer decide pasar su primera noche con un vampiro.
Negué con la cabeza mientras lo veía alejarse riendo hacia el interior del castillo. Siempre encontraba una forma de quitarle solemnidad incluso a los momentos más importantes. Quizá por eso me hacía tanto bien su compañía.
Apenas desapareció tras el arco de piedra, el aire cambió. El viento dejó de moverse y el jardín entero pareció contener la respiración. Ya conocía esa sensación.
Hades.
Apareció entre las sombras de los árboles con una quietud inquietante. No caminaba; simplemente estaba allí. Durante unos segundos no dijo nada. Su mirada pasó de la manta desordenada a mi rostro, como si las respuestas que buscaba estuvieran escritas sobre mi piel.
Nunca lo había visto así. No era la furia serena del dios del Inframundo ni la paciencia de quien sabe que el tiempo siempre juega a su favor. Había algo mucho más desordenado. Más humano. Sus ojos reflejaban una mezcla de rabia, incredulidad y una herida que ni él mismo parecía comprender.
—De todos los seres que existen... —dijo finalmente con la voz baja—...elegiste entregarle tu primera vez a un vampiro.
No agaché la cabeza. Ya no tenía motivos para sentir vergüenza.
—No se la entregué a un vampiro. Se la entregué al único ser que podía abrazarme sin condenarse por ello.
Sus labios se tensaron apenas.
—Esa criatura bebe sangre.
No pude evitar sonreír.
—Y tú coleccionas almas.
El silencio que siguió fue pesado. Sentí que el propio bosque esperaba una reacción.
Se acercó lentamente hasta quedar frente a mí. Estaba tan cerca que podía sentir el calor sobrenatural que siempre lo acompañaba.
—Es injusto —murmuró, casi para sí mismo—. Fui yo quien te dio esos labios. Fui yo quien te convirtió en lo que eres. Y ahora resulta que otro disfruta de aquello que me pertenece.
Le sostuve la mirada.
—No, Hades. Tú nunca me diste estos labios. Me diste una condena. Él fue el primero que consiguió hacerme olvidar, aunque fuera por una noche, que los llevaba malditos.
Vi cómo apretaba la mandíbula. Aquellas palabras parecían haber encontrado un lugar donde incluso un dios podía sentir dolor.
—¿Sabes qué es lo peor? —continué con una calma que ni yo sabía que tenía—.
Ya no estoy sola. Durante siglos pensaste que siempre terminaría volviendo a hablar contigo porque no tenía a nadie más que pudiera entenderme.
Ahora sí lo tengo. Alguien que conoce la eternidad, la soledad y el peso de matar para seguir existiendo.
Mi condena sigue siendo la misma... pero ya no pesa igual.
Por primera vez desde que lo conocía, Hades no tuvo una respuesta inmediata. Bajó apenas la vista, como si estuviera intentando comprender una emoción que no había sido creada para un dios.
Sin decir una palabra más, dio un paso atrás. El aire volvió a enfriarse y su figura comenzó a desdibujarse entre las sombras del jardín. Antes de desaparecer por completo, levantó los ojos una última vez.
—No te acostumbres demasiado a la felicidad, Elina.
Después ya no estaba.
Unos segundos más tarde escuché la voz de Dracacio desde el interior del castillo.
—¡Espero que no hayas empezado otra discusión filosófica sin mí! Traje una botella de vino para ti y una copa de sangre para mí. Creo que ambos nos la ganamos.
No pude evitar reír. Miré hacia el lugar donde Hades había estado unos instantes antes y comprendí que, por primera vez desde que comenzó mi condena, había algo que el dios del Inframundo no podía arrebatarme.
No era un beso, ni una noche, ni siquiera una amistad.
Era la certeza de que ya no tenía que cargar con mi eternidad completamente sola.
Pero toda tregua termina.
Aquella noche de primavera escuchamos el primer grito. No provenía del bosque, sino del portón principal. Después llegó otro. Y otro más.
Las antorchas comenzaron a aparecer entre los árboles como un río de fuego que descendía por la montaña.
Más de un centenar de hombres y mujeres avanzaban hacia el castillo armados con espadas, hachas, horcas, martillos y antorchas.
Los gritos de "¡Monstruos!" y "¡Quemadlos! " retumbaban entre las murallas.
Dracacio fue el primero en reaccionar.
—Dentro. Ahora.